lunes, 24 de octubre de 2011

Decisión

Tomen asiento señores. Esta vez me van a escuchar, lo harán como si de ésto dependiera el futuro. Es probable que así lo sea.

Todos, sin excepción, siendo de rostros tan diversos, han invadido mi terreno virgen.

Hace años se han pegado a mi sombra, se adentraron en la oscuridad de mis refugios, se apoderaron del temblor de mis palabras y la palidez de mi vergüenza.

Violaron mis sueños, boicotearon mis proyectos, crecieron alimentándose de mis entrañas vulnerables. Hablaron por sobre mi silencio, hicieron de mi murmullo átono su discurso soberbio.

Los conozco. Se sienten invencibles, dueños absolutos, creyentes engreídos que suponen manejar a su antojo personas y destinos.

Los veo actuar hora a hora, día tras día, noche a noche. Incansables y sostenidos.

Señores, hacedores del fracaso y la fatiga, escuchen bien porque hoy es el día que les arrebato su poder, los dejaré tan débiles que ni el aire podrán atravesar.

Se esfumarán para siempre las máscaras perversas de cada uno de ustedes porque a partir de hoy los desplazo de mi vida señores miedos.

Recuerdos

La economía del país toma otra vez su filosa guadaña y sesga los jóvenes sueños. Escucho con octogenaria mansedumbre la decisión de mis nietos. Partirán a sembrar sus quimeras en tierras que prometen fertilidad y cosecha. Se despiden con el abrazo cargado de anhelos y el silencio se hace dueño de mis recuerdos.

Sesenta años me separan de aquel mar que atravesara en pos de una vida de esfuerzo y de progreso. La memoria vuelve a las calles empedradas de aquel pueblo, sombrías y húmedas, empapadas de la miseria que sólo pisa el extranjero.

Allá fui con la promesa a barrer la mugre de los que la hacen pero no quieren recogerla, a curvar la espalda bajo cargas ajenas, a llorar cansancios en una pensión oscura y maloliente.

Los años yermos me trajeron de regreso con el alma tan vacía como el vientre y la boca tan seca como la aridez de la arena.

Volví con los harapos del hambre recostados en el bolso, aquel que partiera rebosante de milagros, ahora escondido en la sordidez de un navío sin escrúpulos donde el sonido de los pistones embadurnados de aceites y combustible se escurría en la oscuridad bajo una sábana sucia, único límite entre mi piel y los dientes de las ratas dueñas de los caños y pasillos.

El agua contaminada del puerto de mi tierra fue la madre que me abrazó al retornar a su seno. Ahora, descanso en su regazo.

Miro las espaldas que se marchan a través de la ventana, no tengo palabras para ellos, que aún no tienen recuerdos que olvidar, ni memorias que elegir.

sábado, 15 de octubre de 2011

Penumbra

Donde la luz es evasora
y la oscuridad esquiva
todo se nota
y nada se ve.
Alli, el color es cobarde,
la linea se ignora
cada sombra es algo
y todo algo es casi nada.