En cuanto apagó la luz se largó la tormenta. Sólo se dio
cuenta de que se había cortado la electricidad cuando Francisco y Ofelia, sus
vecinos, casi tiran la puerta a los golpes.
Las chapas del techo de la casa de al lado estaban tan
perforadas como un colador de fideos, no pasaban ramas ni hojas, pero el agua caía
a raudales, hasta que una rama del plátano de la vereda cayó sobre él
hundiéndolo; de colador pasó a ser un embudo que acumuló suficiente agua como
para vencer el techo. El ruido aquel fue el que creyó sería de un trueno.
Ofelia tenía los brazos cargados de un enmarañado ovillo de
ropa, una colcha, la cartera, un paquete de yerba, el mate, un enredo de todo
lo que fue encontrando a su paso en tanto la lluvia le empapaba el cuerpo y le
ahogaba el alma.
Francisco quiso salvar el colchón y como un pulpo de brazos
desordenados traía en ellos la pava eléctrica, el cargador del celular, el
viejo farol de noche y una botella de gaseosa que parecía despedirlo sobre la
mesa cerca de la puerta.
Antonio les abrió, tanteó en el cajón un par de velas
Ranchera, trajo sus dos únicas toallas, una para Ofelia, otra para Francisco
que iba dejando las cosas donde pudiera.
Al rato, estaban los tres sentados sorbiendo la penumbra en
un mate, en silencio, sin mediar palabra hasta poder recuperar el aliento.
Ofelia fue la primera en sacar al aire lo que mantenía en la
punta de la lengua.
- ¡Otra vez! – la síntesis de una situación multiplicada a lo
largo y ancho del barrio.
No era necesario decir más. Las miradas bajas fueron
suficientes.
Se reconocieron hartos de las palabras vacías y los oídos
sordos en innumerables asambleas de vecinos, de la intendencia distante, de la
desidia y el desinterés, de la precariedad del esfuerzo individual…
Así pasaron la noche, pasó la tormenta.
Aún en el silencio que reconoce que ya no tiene sentido la
denuncia, levantaron la mirada, se encontraron y se dijeron todo, lo que hacía
falta, ni una palabra más.
Hicieron de sus manos una
férrea voluntad, de sus brazos una
decisión, del tiempo un camino, ataron nudos, tejieron redes
Nació la cooperativa. Techos nuevos en casas nuevas.
Fue otra vez la voz de Ofelia la que habló:
- ¡Ahora sí. Ya, no más! – y se escucharon los aplausos bajo
la tormenta.
Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026