Duerme. Sólo se escucha el tic tac del reloj y de tanto en tanto el agua cayendo sobre la yerba en el mate. Un silencio corto es roto por el quejido mustio que pide cebar de nuevo.
Eso es todo, además de la ventana que da al jardín donde las hojas de la dama de noche, los malvones y el aguaribay están tan quietas como el aire de la tarde grisácea y calurosa.
El mueve apenas las orejas como si escuchara algo que no alcanzo a percibir. Se relaja, no ha de ser importante.
Mientras, pareciera que el sol se niega a desaparecer y de repente atraviesa las persianas dibujando renglones de luz sobre la mesa. Las nubes son rápidas y ganan la carrera; la mesa vuelve a la penumbra.
El humo del sahumerio no encuentra dirección. ¿Serán nuestros alientos los que empujan su fragilidad de un lado para otro? Eso sí, allí donde los suspiros lo lleven, el aroma invade y se queda.
Alzo la mirada y me sorprende no verlo. Supongo que sin que me diera cuenta se escapó por el pedazo de ventana abierta. Lo busco con los ojos, atenta a dos zorzales que picotean migas, y me asomo alerta por si se despierta su instinto de cazador. Sin embargo, lo encuentro acurrucado dentro de la caja sobre la mesa junto al ventanal, como un ovillo dirían muchos. Lo observo y me completa su ternura.
Una brisa acaricia mi espalda. Vuelvo al mate y él se desacomoda para buscar comida. Da unos mordiscos y se va al jardín. Ahora sí me asomo dando palmadas ahuyentando a los zorzales. El instinto es siempre instinto.
Lo perdí de vista. Entré y quedé acompañada por el tic tac del reloj.
Espero su regreso cuando las estrellas asomen, él buscará su comida para luego hacerse ovillo entre mis brazos bajo las sábanas limpias de otra noche de verano.
Buenos Aires,24 de enero 2026