Barrio de casas bajas, tejas rojas y cielo azul. Veredas arboladas, verdes testigos de juegos y romances, refugio y canto de zorzales y calandrias.
Contra el cielo se alza un campanario, vigía de los hogares y los peregrinos. Una iglesia enorme de ladrillos por fuera y blanca por dentro. En los fines de semana se llena del bullicio de una juventud alegre y decidida a vivir inequívocamente la Civilización del Amor de la que habló Paulo VI.
Los zorzales, las calandrias y torcazas junto a las guitarras llenaban el aire mientras grupos misioneros partían desde sus calles a pueblos y comunidades, algunas lejanas en distancia y todas en estilo de vida, vida color tierra, mate dulce y pies descalzos.
Así el barrio...
Una mañana de frío y cielo gris los árboles tiesos fueron refugio de zorzales escondidos. Fue una madrugada de palomas asustadas refugiadas en lo alto del campanario.
Un pájaro herido se acurrucó trastabillando debajo de una planta de rosa china roja en el jardín de la casa parroquial.
Se guardaron las guitarras, el tiempo se detuvo, la vereda se colmó de murmullos y horror.
El pájaro herido no supo llorar.
La planta fue perdiendo las flores cayendo una a una como alfombra roja rodeando al pájaro curando la herida.
Barrio de casas bajas, tejas rojas y cielo gris. Veredas en silencio, recorridas por gestos genuinos de dolor y otras, disimuladas muecas cómplices de un tenebroso deber cumplido.
El pájaro herido es testigo.
Buenos Aires, 07 de abril de 2026
