miércoles, 14 de octubre de 2026

Cuentos para Alex - El sapito en primavera

El sapito Tito pegaba saltitos por todo el jardín, con tanta fuerza y alegría que las lombrices se asomaron para ver qué pasaba.

Ellas viven y trabajan debajo de la tierra haciéndola blandita como algodón para que las semillas puedan germinar y crecer.

Cuando el sapito Tito vio aparecer a las lombrices llamó a la rana Juana y dando una señal como los directores de orquesta se pusieron a cantar.

Estaban muy alegres porque llegó la primavera y les trajo de regalo un solcito tibio, un cielo celeste hermoso y un montón de flores perfumadas de tantos colores como los del arco iris.

Al sapito, la rana y las lombrices se sumaron los grillos, las mariposas y las abejas para cantar todos juntos a la primavera, que de tan feliz que se puso, se quedó con ellos.


Buenos Aires, 26 de septiembre de 2026


Cuentos para Alex - La luna y el sol

 Hoy la luna se levantó muy temprano; tan temprano que parecía una manchita blanca en el cielo azul.

El sol, que estaba preparándose para ir a dormir, la saludó moviendo sus brazos amarillos desde la otra punta del cielo.

Como son pocas las veces que se encuentran, se pusieron a charlar. El sol le contaba cómo había iluminado a los chicos jugando en la plaza, como abrigó a los zorzales que cantaban en las ramas de los árboles y cuanto hizo brillar los colores de las flores, el rojo de los malvones, el blanco de los jazmines, el azul de las violetas.

Después la luna le contó todo lo que tenía preparado para cuando él se fuera a acostar detrás del horizonte.

Llamó a todas las estrellas para que llenaran de brillo la noche oscura. Ellas dibujaron en el cielo y hasta hicieron un camino para que nadie se perdiera.

La luna se vistió con su mejor vestido para acunar a todos los niños y que durmieran iluminados por ella.

Así pasó. El sol se fue y la luna está sonriendo mientras nos cuida en esta noche tan bella.



Buenos Aires, 30 de septiembre de 2026


Uno más

 

Bajé del colectivo y empecé a caminar hacia mi casa. Él iba adelante mío. Flaco, con las manos en el bolsillo y hablando fuerte.

De repente se para, mira las baldosas de la calle como si algo lo detuviera. Da un paso y avanza. Por momentos recordé una escena de la película “Despertares”, y en ese instante me doy cuenta de que habla solo. Está enojado, o mejor dicho, le pide a ese interlocutor imaginario que no se enoje, casi le grita.

Me quedo caminando detrás, despacio, para no acercarme demasiado cuando él, nuevamente, se detiene ante algunas baldosas. Llegado a la esquina, cruza la calle de adoquines. Yo giro sin quitar la mirada de su espalda y mil preguntas en mi mente sin tener claro lo que está pasando.

Se aleja. Solo, con las manos en el bolsillo vacío, hablando fuerte sin quien lo escuche. Nadie lo detiene, todos lo esquivan,  abandonada locura vagando por las calles.



Buenos Aires, 14 de octubre de 2026

jueves, 1 de octubre de 2026

Recuerdo infantil

En la memoria viajo al barrio de Belgrano en la década del 50, cuando las casas eran bajas con tejas rojas, tenían jardines grandes, las calles eran todas de adoquines, los vecinos se conocían y los chicos jugábamos en la vereda. Yo tendría unos cuatro años y mi hermano mayor, no llegaría a los seis.

A veces, bajo la mirada atenta de mamá, o de Tata, la señora que trabajaba en casa y que hacía un puré suave y delicioso, podíamos jugar un rato en la vereda, que también era un lugar de encuentro de vecinos.

La calle era silenciosa, apenas pasaba algún auto, muy pocos, pero sí lo hacían carros tirados por caballos: el del lechero, el del vendedor de cosas de mimbre en el que colgaban y se mecían canastos, palmetas, abanicos, cosas raras, bandejas, o lo que yo creía que eran bandejas, pero el carro que más me entusiasmaba que pasara era el del sodero, que lo hacía cada dos días. En ese entonces, la soda venía en sifones de vidrio en cajones de madera acomodados en el cuerpo del carro.

Los días que pasaba el sodero para llevarse el cajón con los sifones vacíos y dejar los cajones con los sifones llenos, eran los más emocionantes de la semana. Desde la primera vez que nos dijo de llevarnos a dar una vuelta, y mamá, que confiaba mucho en él lo permitió, nos hacía subir  y sentarnos con él en el pescante. Con un movimiento de las riendas, el caballo empezaba a andar y el sonido de las ruedas de madera y el clap clap de los cascos del caballo sobre los adoquines era el principio de la aventura.

¡Nos llevaba a dar una vuelta manzana completa! ¡Todo un mundo por descubrir más allá de nuestra vereda! El carro y nosotros nos movíamos con el vaivén propio del andar sobre adoquines, haciendo sonar los sifones entre sí. Algunos vecinos al vernos se reían y nos saludaban. Nos sentíamos reyes devolviendo el saludo. 

El viaje más allá del portón de casa y la vereda, en el carro con el sodero y su caballo está intacto en mi memoria. 



Buenos Aires, 01 de octubre de 2026

La dieta

A Laura se le ha dado por el veganismo o no se qué otra cosa. Cada vez limita más lo que come. ¡El otro día tampoco quiso comer una ensalada de lechuga que le preparé especialmente cuando nos reunimos en casa! Con las chicas comentamos que desde que dijo que no iba a comer más carne, siguió con los huevos, hasta ahora que apenas come, está cada vez más irascible, nerviosa, flaca y hasta se la nota triste.

La verdad es que esta moda de empezar a comer “sano”, de la cual Laura parece ser una acérrima seguidora nos está hartando a todas y si le decimos algo se enoja o se queda callada, lo que nos fastidia aún más.

La vemos pálida, desganada, le insistimos de buena manera a que modifique este estilo de alimentación que vemos no le hace nada bien. Es una muy buena amiga. Crecimos juntas, la queremos mucho, pero su actitud cada vez nos aleja más. Las últimas veces que organizamos una salida, no la llamamos. No me siento bien por lo que hicimos, pero no puedo dejar de sentir que es un alivio, que sin ella la salida es más divertida.

Así fue como poco a poco la fuimos viendo menos, de vez en cuando un mensaje por whatsapp, y muy de vez en cuando, compartíamos un té.

La última vez, se levantó apurada después de tomar sólo agua diciendo que tenía un compromiso. Nada más raro en Laura.

Se fue caminando como si fuera un espejismo. Las chicas se quedaron pidiendo una porción de torta Sacher, toda una tentación en esa confitería, pero yo no pude. Me levanté, y sin decir nada la seguí a Laura hasta el Hospital Militar, a la sala de quimioterapia. 



Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026

La voz de Ofelia

 

En cuanto apagó la luz se largó la tormenta. Sólo se dio cuenta de que se había cortado la electricidad cuando Francisco y Ofelia, sus vecinos, casi tiran la puerta a los golpes.

Las chapas del techo de la casa de al lado estaban tan perforadas como un colador de fideos, no pasaban ramas ni hojas, pero el agua caía a raudales, hasta que una rama del plátano de la vereda cayó sobre él hundiéndolo; de colador pasó a ser un embudo que acumuló suficiente agua como para vencer el techo. El ruido aquel fue el que creyó sería de un trueno.

Ofelia tenía los brazos cargados de un enmarañado ovillo de ropa, una colcha, la cartera, un paquete de yerba, el mate, un enredo de todo lo que fue encontrando a su paso en tanto la lluvia le empapaba el cuerpo y le ahogaba el alma.

Francisco quiso salvar el colchón y como un pulpo de brazos desordenados traía en ellos la pava eléctrica, el cargador del celular, el viejo farol de noche y una botella de gaseosa que parecía despedirlo sobre la mesa cerca de la puerta.

Antonio les abrió, tanteó en el cajón un par de velas Ranchera, trajo sus dos únicas toallas, una para Ofelia, otra para Francisco que iba dejando las cosas donde pudiera.

Al rato, estaban los tres sentados sorbiendo la penumbra en un mate, en silencio, sin mediar palabra hasta poder recuperar el aliento.

Ofelia fue la primera en sacar al aire lo que mantenía en la punta de la lengua.

- ¡Otra vez! – la síntesis de una situación multiplicada a lo largo y ancho del barrio.

No era necesario decir más. Las miradas bajas fueron suficientes.

Se reconocieron hartos de las palabras vacías y los oídos sordos en innumerables asambleas de vecinos, de la intendencia distante, de la desidia y el desinterés, de la precariedad del esfuerzo individual…

Así pasaron la noche, pasó la tormenta.

Aún en el silencio que reconoce que ya no tiene sentido la denuncia, levantaron la mirada, se encontraron y se dijeron todo, lo que hacía falta, ni una palabra más.

 Hicieron de sus manos una férrea voluntad, de  sus brazos una decisión, del tiempo un camino, ataron nudos, tejieron redes

Nació la cooperativa. Techos nuevos en casas nuevas.

Fue otra vez la voz de Ofelia la que habló:

- ¡Ahora sí. Ya, no más! – y se escucharon los aplausos bajo la tormenta.




Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026




domingo, 20 de septiembre de 2026

Lenguas

 Si el zorzal hablara mi lengua, me sería sencillo comprender su mensaje.

Si la brisa susurrara palabras podría entablar conversación con ella.

Si el roce de las hojas sonara como letras, podría enhebrar sus secretos.

Como todo analfabeto que quiere aprender, necesito de un maestro que me enseñe esas otras lenguas.

Lo busqué en libros, revistas y videos. Entendí la morfología de las plantas, la causa de los vientos y el vibrar de la siringe de las aves, pero seguí sin comprenderlos.

No pude entonces más que hacer silencio, y en él, encontré al maestro.




Buenos Aires, 20 de septiembre 2026

sábado, 19 de septiembre de 2026

Estaciones

 El invierno se le encarnó en el alma; persiste aún cuando el sol anuncia a la primavera.

¿Cómo hace el árbol desnudo para brotar de nuevo?

¿Qué poder misterioso es capaz de agitar la tierra reseca para vestirla de verde?

¿Cuál es el secreto que esconden las yemas para abrirse en un sin fin de colores y aromas?

¿Puede entrar la primavera en el alma y arrebatarle el poder al invierno que no se aleja?

¿Puede la primavera hacer de la mañana la promesa de una flor y de la noche la dulzura de su fruto?

Tal vez, o tal vez necesite la mano cariñosa del jardinero.


Buenos Aires, 19 de septiembre de 2026

Ojos y miradas

 La mirada azul reflejo de la luz del celular, la mirada perdida que atraviesa la ventana; la mirada de persianas bajas, la que busca entre sus únicas pertenencias un paquete de galletitas abierto, miradas desafiando al tiempo, ojos en distintas direcciones que llevan la mirada a sus propias historias, paisajes grises llenos de nostalgia, mañanas sin luz ni sombra, futuro incierto, miradas que sueñan apenas, ojos cargados de demoras .

Tantas miradas como ojos viajan conmigo en el colectivo esta tardecita de fin de mes.    


Buenos Aires, 31 de agosto de 2026                         

Día del profesor

 

Un día te despediste de las aulas de secundario y entraste en otras aulas, con otros compañeros, tal vez bastante menos. Allí transitaste varios años hasta que un día, cerraste la puerta y entraste a otra nueva.

Tu banco está al frente y de espaldas al pizarrón. Apoyás el bolso, la cartera, el maletín o simplemente una carpeta o un libro mientras sesenta ojos, algunos más, algunos menos, se apoyan en tu figura, escudriñan tus movimientos, investigan tu mirada y cada uno de tus gestos. La memoria te sorprende y recordás…por un instante te sentís como cada uno de ellos, los alumnos frente al profesor nuevo.

Comienza el camino que transitarás durante toda tu vida, incluso cuando abandones las aulas porque nunca se deja de ser docente, maestro, profesor.

Habrá días de entusiasmo, otros de apatía, en algún momento deberás dejar sobre el banco el libro de poemas, el mapa, las fórmulas, la cronología de los hechos y hasta el papel de dibujo, porque esos días el pizarrón quedará vacío mientras se desgrana la vida que algo sacudió, hoy hay temas más importantes que poner en el centro del aula, y la clase no se siente perdida, es la siembra que toma forma de otra semilla.

Y habrá algún café en la sala de profesores que se perderá en el recreo, en algún rincón, donde alguien necesita de tus palabras, de tu silencio, de tu compañía.

Serás el más querido, el más temido, simplemente serás alguien en la vida de ese alguien que compartió horas de su vida contigo.

Verás a muchos de ellos en un escenario con un rollito de cartulina en sus manos, con la algarabía de una etapa concluida, y verás en sus ojos también la incertidumbre de un futuro, en tu sonrisa y tu abrazo encontrarán la certeza y la confianza para seguir su camino.

Y tal vez, los encontrarás años más tarde de la mano de sus hijos, y en sus ojos brillará una luz de gratitud y te abrazará de nuevo. Vos recordarás su primera mirada, aquella que te escudriñaba sin vergüenza.

Se multiplican las semillas, y se recogen los frutos.

De cada profesor tenemos una parte, hoy soy gracias a cada uno de ellos. 

Feliz día queridos profesores.

¡Gracias queridos alumnos por dejarme ser parte de sus vidas!


Buenos Aires, 17 de septiembre de 2026

 

martes, 8 de septiembre de 2026

Desolación

- ¡Muere! - le dijo la muerte- Muere tú dentro del cuerpo que seguirá vivo hasta que yo lo determine. Tu alma se irá apagando mientras transites tu húmeda soledad. 

El papel fue el espejo donde grabó con palabras la verdadera imagen de su mirada profundamente triste y de la mueca de un silencio sostenido. Allí dibujó con letras las arrugas que ocultan tanto disimulo, tanta negación en la búsqueda de encajar. El papel fue el gran interlocutor que no juzgó, que escuchó sin hablar, que aceptó, que la recibió y abrazó con la blancura que su voz fue ensuciando. La hoja en blanco fue la puerta que le permitió vaciarse de mentiras, dolor y vergüenza.

En la capilla blanca se arrodilla frente al crucifijo  que la vio crecer. Recuerda su primera comunión vestida de blanco con su mano pequeña sobre su pecho y sus ojos oscuros, piadosos ante el enorme crucifijo que cuelga sobre el altar. 

Ante él buscó la justicia, la solidaridad, el compromiso, la alegría, los miedos, la comunidad, respuestas para una juventud inquieta.

Bajo ese Cristo doliente bendijo su matrimonio y bautizó a sus hijos.

Hoy vuelve con el mandato de la muerte que le deparó la soledad, o la soledad que le deparó la agonía del alma.

Con los ojos  desesperados, empapados en el tormento que la aqueja, grita:

- ¡Cristo, baja de la cruz, y abrázame!



Buenos Aires, 04 de septiembre 2026



martes, 1 de septiembre de 2026

Heridas y perdones

 Hay un silencio lleno de palabras, en tanto el alma enmudece habitada por reclamos propios y ajenos. La piel se crispa ante el.menor contacto y los oídos callan ante la posible herida.

Entonces el perdón se permite una pregunta y apela a si es posible adentrarse en la diferencia y llevar a cada agravio bajo la luz del dolor profundo y verdadero que le dió grito.

Se pregunta si podrá el silencio volver a serlo pleno de experiencias; o si el alma volverá a hablar desde la empatía y el agradecimiento; si la piel podrá entibiarse nuevamente o si los oídos estén prestos a escuchar y ser puente de nuevo encuentro.

El perdón llama al tiempo; el tiempo todavía piensa.


Buenos Aires, 01 de septiembre de 2026

sábado, 29 de agosto de 2026

Familia

 

Es tarde. Ella prepara la cena, él, corta leña.

Luisa, de diecisiete años y mirada baja pone la mesa.

Con las manos aún sucias, guarda el hacha y entra sin palabras. Se enjuaga las manos y empieza a cortar el pan después de llenar el vaso de vino del cual bebe con avidez. Luisa levanta la mirada, sólo de reojo para que no se note que los ojos se le llenan de miedo y la mueca en sus labios que tiemblan.

La mujer apoya la olla caliente sobre una tabla en la mesa, sirve los platos y los alcanza, a él frente a ella, a su hija con la cabeza gacha.

Todos miran al guisado comiendo de a cucharas y como si ninguno de los otros estuviera.

La jarra de agua se va vaciando entre dos vasos, y la damajuana se inclina sobre el tercero hasta quedar sedienta.

Los ojos de las mujeres apenas se animan a dejar la mesa.

Él, limpia su boca con el repasador, se levanta, y sin mirar a Luisa le dice:

-    - Nena, ¡vení!

La madre queda sola levantando la mesa, lavando los platos y llorando impotencia.



Los laureles, Saladillo, 29 de agosto 2026

viernes, 28 de agosto de 2026

Mate y algo más

 Un sorbo, silencio;

otro sorbo, gritan las cotorras;

cebar de nuevo, vuela el chimango;

amargo lento, muge la hacienda a lo lejos;

calabaza llena, eucalipto erecto;

hojitas secas, verde vibrante la pradera;

pancita tibia, alma plena,



Los Laureles, Saladillo, 28 de agosto 2026

sábado, 22 de agosto de 2026

Los habitantes del jardín

 La luz se apoya sobre los malvones rojos, acaricia las hojas del perejil y abraza la redondez de los limones.

La lavanda y el romero soplan sus esencias ni bien el roce de la brisa las alcanza.

Las camelias visten al invierno sobre la pared blanca bajo el farol de hierro.

En tanto el aguaribay cobija la sombra con la delicadeza de su copa tenue y aromática.

La dama de noche brota anticipando su perfume en primavera mientras la reina de la noche se alza haciendo caso omiso de la maceta de donde se alimenta para acompañar a las estrellas con su flor blanca y efímera.

Un poco más allá, junto a la puerta, el olivo, aún pequeño pero tenaz en su crecimiento, prepara su porte para honrar el silencio de la oración y la riqueza de sus frutos.

Protegido por la imagen de la Virgen de Luján, a sus pies va queriendo hacerse árbol  el joven níspero.

Silenciosos, aún desnudos por la poda, los rosales se preparan para entregar perfume, color y belleza a este pedacito de tierra.

Honrando la imagen del Sagrado Corazón, tomó lugar el ginkgo biloba, uniéndose como vencedores de la muerte y la desolación.

Las azaleas blancas y rosadas hacen alarde de exuberante presencia en primavera para dejar grabada en el jardín la belleza de su ausencia.

Entre todos ellos, las clivias, los geranios, la glicina, el césped es bendecido por el paso callado de los ángeles y la mano amorosa del Creador.



Buenos Aires, 22 de agosto de 2026

De repente...

 Una imagen, un papel, una firma, una epicrisis...una fecha o un sonido bastan para que el dolor vuelva, las lágrimas se derramen más allá de la aceptación inevitable dada la realidad de cada mañana sin mirada, cada instante sin caricia, frío sin abrazo. 
Es el dolor de una ausencia de piel y es la serenidad de la presencia que prescinde de los sentidos, que late y se acomoda en sintonía con el amor que aún, y por siempre, vive y seguirá viviendo.



Buenos Aires, 22 de agosto de 2026

jueves, 30 de julio de 2026

Los de la calle

 Dentro de la capucha de la campera y detrás del bulto de su mano contraída se sugiere el cabello seco, enmarañado, el rostro hundido en lo que parece una cueva que lo protege de la indiferencia. Su cuerpo está cubierto por dos o tres trapos del tamaño de una manta que no alcanza. En el otro extremo se asoman lo que otrora fueran zapatos.

Está en la vereda, pegadito a la pared como único reparo, absolutamente inmóvil, como una piedra, como un muerto, sumido quizá en un sueño obligado porque duele la vigilia de quien perdió su derecho a ser. 

Como él, habitan en otras veredas, o bajo los puentes, donde haya un rincón que los proteja.

Son las caras sin nombre, los pies sin destino, las manos vacías, el silencio del hambre acurrucado, es el paisaje acostumbrado de una ciudad cruel.


Buenos Aires, 30 de julio de 2026

martes, 28 de julio de 2026

El día que busqué la respuesta...

 La taza de mate cocida y dos galletas de avena son mis compañeras en esta tarde de invierno, no tan fría, pero sí nublada.

¡El campo está tan quieto! Como si la humedad y el aire lo aplastaran y no pudiera escaparse porque las nubes pesan. No parece venir una tormenta, aunque acaso llueva, capricho de un clima terco.

Las cotorras no dejan de sonar, impidiendo el silencio tan ansiado para esta hora que desea ser apacible, a la espera de que caiga el velo del anochecer.

Caminando las alambradas encontré la serenidad que las paredes me negaban, pero no la respuesta que ando buscando y espero.

Si acaso mi lógica no la encontrara, pido a la tierra que la siembre en mi alma, tan profundamente que sea imposible que no madure y crezca.

Deseo que el camino venidero, la senda que he de transitar, arda en mí como el fuego en la hoguera.

Que sea Dios quien me hable al corazón sobre esta tierra.


Los Laureles, Saladillo, 28 de julio de 2026


Caleidoscopio

 1

Sacó una bolsa de plástico con varias cajas de medicamentos. Buscó en el surtidor un vaso de agua y se lo alcanzó. El estaba sentado esperando a que lo llamaran del consultorio para realizarse el estudio, la espalda encorvada, el pelo gris. Ella, de pestañas postizas y cabello largo negro tintura. Las sienes de ambos les emparejaban la edad.  El entró al consultorio, ella esperó. Salieron tomados de la mano con una sonrisa en los labios y la siempre esperanza en el corazón.


2

Van por la calle prestando mucha atención a los baldosones desparejos de la vereda para evitar que se trabe el bastón de tres pies donde ella se apoya con una mano mientras con la otra se sostiene del brazo de él. Atentos y tiernos sonríen y comentan vidrieras y fachadas mientras realizan el paseo de cada tarde, antes de que caiga el sol.


3

Piden dos cafés con leche con las medialunas de la promoción, de grasa como siempre para él, de manteca para ella. Son las seis de una tarde soleada. Después de hacer las compras en el mercado decidieron sentarse a descansar antes de volver a casa. Esa noche cuidarían a su nieta.


4

La cocina huele a sopa de verduras que sus manos arrugadas revuelven de vez en cuando ajustando la sal, el toque de pimienta y su secreto, cucharadita de pimentón dulce. En otro rincón de la cocina, sobre una tabla de madera hundida como sus espaldas, él corta un trozo de queso Mar del Plata, unas rodajas de salamín picado fino mientras bebe de una de las dos copas servidas de vino tinto, que beberán juntos compartiendo charla y picadita antes de la cena.


5

El sol del atardecer da de pleno en el jardín. Con la tijera corta las rosas que pondrá en el vasito junto a la imagen de la Virgen de Lujan, costumbre que lleva ya más de los años que pudiera contar. Despunta el romero cuyas ramitas pondrá a secar. En la mesa debajo del techo del quincho, las herramientas desparramadas entre los dedos gruesos y ya algo temblorosos de él, se conjugan para arreglar lo roto, siempre un desafío.


Imágenes que el caleidoscopio de una vida entrañablemente compartida nos regala, cuando el camino ya se hace mirada cómplice, silencios llenos de presencia, pelo cano, surcos imborrables, cuando el amor es sencillamente ternura.


Caleidoscopio roto.



Los laureles, Saladillo, 28 de julio de 2026

miércoles, 22 de julio de 2026

El baile de las flores

 La tierra rica las alimentó hasta que rasgaron su piel para echar raíces. Se alzaron lentamente hasta derrotar a la superficie y sorprenderse bajo el sol tibio de primavera.

Uno engrosó su cuerpo y extendió sus raíces con la avidez del hambriento; la otra, decidida en su fragilidad, lucía un verde suave e intenso, esbelta, abría sus raíces con la delicadeza de quien sabe a donde va.

En las noches frescas hacían bullir cada uno lo que el día les había ofrecido poniendo todas sus fuerzas en el desarrollo que las hizo madurar y verse por primera vez bajo un sol radiante de una mañana de octubre.

El tiene unos brazos largos y fuertes, cara redonda oscura como la tierra  y ella, delicada, de mirada más clara, casi del color del sol, con su cabello blanco enmarcando la redondez perfecta de su rostro.

Se observaron con admiración. La luz sombreó una sonrisa en cada uno. Con la brisa como aliada, movieron sus cuerpos con vaivenes seductores hasta que el anochecer los sorprendió.

Entonces él, bastante más alto, inclinó su cabeza hacia ella como un acto de admiración y entrega, ella se mantuvo erguida aceptando la ofrenda.

La tierra recibió la luz de las estrellas y ellos quedaron quietos, amándose en silencio; en tanto sus raíces siguieron avanzando a oscuras animadas por la riqueza. Se tocaron allí en lo profundo. La savia se agitó hasta estremecer sus cuerpos.

Las raíces se enredaron de tal forma que si uno de ellos fuera arrancado, el otro moriría sin remedio.

Y aunque para el aire y el sol sigan siendo dos flores distintas, diferentes, en la profunda oscuridad son un solo amor eterno.



Buenos Aires, 23 de julio de 2026