De repente el frío se coló por la ventana entreabierta después de varios días de una humedad cálida que impedía respirar.
Se levantó a cerrarla reconociendo la proximidad de una tormenta venidera del sur, para luego ir a abrigarse los hombros con el poncho de su abuelo, color rojo sangre como el salteño, pero de guardas claras.
Acababa de tomar su vaso de aguardiente, el de todas las tardes, justo antes del anochecer, momento para olvidar los desaires del día y aplacar las lágrimas de la nostalgia nocturna..
Se sentó en el sillón frente al televisor, se apoyó en el respaldo raído y dejó entrar a la soledad para que lo acompañara.
Se jugaba la final del mundial de fútbol, el único partido que veía cada cuatro años no tanto por el deporte, que en sí mucho no le interesaba, sino por la fiesta, el cierre, el espectáculo, la multitud y la algarabía que llenaba su habitación de ruido, de gritos, haciendo sonar las cuatro paredes de su casa monoambiente, único testigo en la extensa planicia pampeana.
La pantalla se llenó de colores vivos que se reflejaban en los pocos muebles y en la palidez de su piel de invierno.
Por unas horas el resto del mundo se instaló en el sillón con sus banderas, banderines y caras pintadas. La pasión lo tomaba por sorpresa y le agitaba el corazón tan acostumbrado a la melancolía.
El partido se alargó lo suficiente. Hubo un ganador, el campeón del mundo, y el perdedor. Entonces sólo algunos colores se intensificaron, aquellos que representaban a los que se llevaban la copa de oro por cuatro años.
Se preguntó: " ¿Será de oro macizo la copa? La alzan y agitan como si fuera de cartón dorado. Vaya uno a saber" - quedando así la inquietud sin ninguna necesidad.
Vino la fiesta, los fuegos artificiales cubriendo el cielo, humos de colores jugando en el aire, apretón de manos, abrazos, lágrimas.
Todo eso ocurrió entre sus cuatro paredes.
Se fue apagando la algarabía de todos para dar lugar a las palabras detrás de los micrófonos de sólo algunos.
Se fueron yendo los colores, las banderas, los gritos, los cantos y las caras pintadas.
Al final, se fueron todos, sin despedirse, excepto la soledad que, generosamente, se quedó para acompañarlo.
Buenos Aires, 19 de julio de 2026