En la memoria viajo al barrio de Belgrano en la década del 50, cuando las casas eran bajas con tejas rojas, tenían jardines grandes, las calles eran todas de adoquines, los vecinos se conocían y los chicos jugábamos en la vereda. Yo tendría unos cuatro años y mi hermano mayor, no llegaría a los seis.
A veces, bajo
la mirada atenta de mamá, o de Tata, la señora que trabajaba en casa y que
hacía un puré suave y delicioso, podíamos jugar un rato en la vereda, que
también era un lugar de encuentro de vecinos.
La calle era
silenciosa, apenas pasaba algún auto, muy pocos, pero sí lo hacían carros tirados
por caballos: el del lechero, el del vendedor de cosas de mimbre en el que
colgaban y se mecían canastos, palmetas, abanicos, cosas raras, bandejas, o lo
que yo creía que eran bandejas, pero el carro que más me entusiasmaba que
pasara era el del sodero, que lo hacía cada dos días. En ese entonces, la soda
venía en sifones de vidrio en cajones de
madera acomodados en el cuerpo del carro.
Los días que
pasaba el sodero para llevarse el cajón con los sifones vacíos y dejar los
cajones con los sifones llenos, eran los más emocionantes
de la semana. Desde la primera vez que nos dijo de llevarnos a dar una vuelta,
y mamá, que confiaba mucho en él lo permitió, nos hacía subir y sentarnos con él en el pescante. Con un
movimiento de las riendas, el caballo empezaba a andar y el sonido de las
ruedas de madera y el clap clap de los cascos del caballo sobre los adoquines
era el principio de la aventura.
¡Nos llevaba a dar una vuelta manzana completa! ¡Todo un mundo por descubrir más allá de nuestra vereda! El carro y nosotros nos movíamos con el vaivén propio del andar sobre adoquines, haciendo sonar los sifones entre sí. Algunos vecinos al vernos se reían y nos saludaban. Nos sentíamos reyes devolviendo el saludo.
El viaje más allá del portón de casa y la vereda, en el carro con el sodero y su caballo está intacto en mi memoria.
Buenos Aires, 01 de octubre de 2026