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sábado, 24 de enero de 2026

Fynn y yo

Duerme. Sólo se escucha el tic tac del reloj y de tanto en tanto el agua cayendo sobre la yerba en el mate. Un silencio corto es roto por el quejido mustio que pide cebar de nuevo.

Eso es todo, además de la ventana que da al jardín donde las hojas de la dama de noche, los malvones y el aguaribay están tan quietas como el aire de la tarde grisácea y calurosa.

El mueve apenas las orejas como si escuchara algo que no alcanzo a percibir. Se relaja, no ha de ser importante.

Mientras, pareciera que el sol se niega a desaparecer y de repente atraviesa las persianas dibujando renglones de luz sobre la mesa. Las nubes son rápidas y ganan la carrera; la mesa vuelve a la penumbra.

El humo del sahumerio no encuentra dirección. ¿Serán nuestros alientos los que empujan su fragilidad de un lado para otro? Eso sí, allí donde los suspiros lo lleven, el aroma invade y se queda.

Alzo la mirada y me sorprende no verlo. Supongo que sin que me diera cuenta se escapó por el pedazo de ventana abierta. Lo busco con los ojos, atenta a dos zorzales que picotean migas, y me asomo alerta por si se despierta su instinto de cazador. Sin embargo, lo encuentro acurrucado dentro de la caja sobre la mesa junto al ventanal, como un ovillo dirían muchos. Lo observo y me completa su ternura.

Una brisa acaricia mi espalda. Vuelvo al mate y él se desacomoda para buscar comida. Da unos mordiscos y se va al jardín. Ahora sí me asomo dando palmadas ahuyentando a los zorzales. El instinto es siempre instinto.

Lo perdí de vista. Entré y quedé acompañada por el tic tac del reloj.

Espero su regreso cuando las estrellas asomen, él buscará su comida para luego hacerse ovillo entre mis brazos bajo las sábanas limpias de otra noche de verano. 


Buenos Aires,24 de enero 2026 

viernes, 31 de octubre de 2025

La piel

Todo lo abarca, absolutamente todo, todo lo que somos.

Toma lo que se le ofrece y lo hace suyo, el polvo del albañil, la grasa del mecánico, la harina del panadero, la tierra del agricultor, la tiza del maestro. Cada oportunidad la incorpora porque sabe que de cada una de ellas nos vamos construyendo. Como un manto sagrado, todo lo cubre, lo sana, lo atesora.

Cicatriza las heridas pero no las olvida, las deja marcar una huella, porque de esa huella se abren caminos.

Es el vínculo más genuino entre la vida y quien la vive, se estremece en el amor, se nutre en la ternura, es tibia en la caricia y también es la que sufre el ardor del odio, de la intolerancia y la violencia. Se ciñe con fuerza a los huesos del hambre y se aja en la desnudez del abandono.

Es mapa y camino de nuestras vidas. Basta recorrer los surcos, atravesar sus grietas, algunas apenas perceptibles, otras profundas en las que se hunden historias y misterios.

Si pienso en la tuya, que ahora descansa en la oscuridad, la mía se estremece, te busca, se entrega para que la hagas tuya, y así sentir tu calidez  y el trazo de tus dedos dibujando ternura en mi mejilla,  mis manos, mi vientre. Despertar la memoria de tus pasos en la mía, donde quedaron enredados los hilos de nuestros abrazos.

La piel es el manto que nos cubre, nos protege, es contacto y tesoro , es lo que queda de nosotros enredado en el otro.


Los laureles, Saladillo, 31 de octubre 2025

 ( para Silvia Rodriguez que disparó el título)