martes, 8 de septiembre de 2026

Desolación

- ¡Muere! - le dijo la muerte- Muere tú dentro del cuerpo que seguirá vivo hasta que yo lo determine. Tu alma se irá apagando mientras transites tu húmeda soledad. 

El papel fue el espejo donde grabó con palabras la verdadera imagen de su mirada profundamente triste y de la mueca de un silencio sostenido. Allí dibujó con letras las arrugas que ocultan tanto disimulo, tanta negación en la búsqueda de encajar. El papel fue el gran interlocutor que no juzgó, que escuchó sin hablar, que aceptó, que la recibió y abrazó con la blancura que su voz fue ensuciando. La hoja en blanco fue la puerta que le permitió vaciarse de mentiras, dolor y vergüenza.

En la capilla blanca se arrodilla frente al crucifijo  que la vio crecer. Recuerda su primera comunión vestida de blanco con su mano pequeña sobre su pecho y sus ojos oscuros, piadosos ante el enorme crucifijo que cuelga sobre el altar. 

Ante él buscó la justicia, la solidaridad, el compromiso, la alegría, los miedos, la comunidad, respuestas para una juventud inquieta.

Bajo ese Cristo doliente bendijo su matrimonio y bautizó a sus hijos.

Hoy vuelve con el mandato de la muerte que le deparó la soledad, o la soledad que le deparó la agonía del alma.

Con los ojos  desesperados, empapados en el tormento que la aqueja, grita:

- ¡Baja de la Cruz Cristo! ¡Baja y sálvame! ¡Baja y habítame!



Buenos Aires, 04 de septiembre 2026



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