jueves, 30 de abril de 2026

A tu nombre

 Te hiciste flor y color para alegrar la ventana,

te hiciste zorzal y benteveo para cantar en el jardín a viva voz,

luna para iluminar la noche y proteger el sueño, 

brisa para abrazar de nuevo,

hoguera para avivar recuerdos, ,

huella para marcar camino,

No fue pérdida,

no es ausencia.

Es amor siendo eternidad.



Buenos Aires, 30 de abril de 2026



martes, 28 de abril de 2026

La madre

 La miro. No distingo los detalles de su rostro ni de su vestido. Siento que me mira mucho más allá de lo que aparenta su figura.

Cuando detengo mis ojos en ella, me cuesta abandonarlos, me atrae, me acompaña, me conoce. Sin darme cuenta empiezo a hablarle, a contarle, a pedirle tanto como agradecerle aún cuando sabe cada una de mis palabras antes de que las pronuncie.

Recuerdo el día que llegó a casa.

Una tarde soleada y fresca del mes de mayo te dio la bienvenida y quisiste quedarte allí, en el lugar desde donde nos verías siempre y desde donde nosotros pudiéramos verte.

Fueron las manos diestras de un hombre sencillo y generoso las que prepararon el lugar, y con la delicadeza de un artesano te dejó para siempre protegida e iluminada en un gesto de gratitud por tu protección y tu luz en nuestras vidas.

 Aquí estoy, frente a vos, mirándote, hablándote, como siempre Madre, como siempre Virgencita de Luján.



Buenos Aires, 28 de abril de 2026

jueves, 23 de abril de 2026

Una tarde cualquiera

 Sobre la mesita de hierro de la galería descansa el mate, el termo y la cámara de fotos ansiosa de preservar un  momento único, un color especial, algo que la memoria sea capaz de agradecer. A lo lejos un  molino descabezado se alza sobre el cielo de una tarde indefinida, color celeste pálido con manchas.

Se escucha un motor andando. Contra el horizonte avanza el viejo tractor llevando la tolva que desparrama las semillas en surcos bien marcados y hambrientos de cosecha.

Las vacas inmutables siguen mordisqueando el poco pasto que les dejó la última sequía. La única yegua de lomo hundido y ancas flacas anda sin molestarse entre la hacienda.


Cualquiera diría que es una tarde cualquiera; y como cualquier tarde, se va yendo detrás de un sol que apenas ha aparecido.

El ruido del motor se escucha cada vez más lejos, se va haciendo silencio y cae la noche, como una noche cualquiera.

También se oscurece la tierra y  se empareja a la luz de las estrellas;  pero para ella no es una noche cualquiera. Ella conoce donde están los surcos que acuna la esperanza, se hincha el germen de lo que tal vez sea una abundante cosecha, donde se abrazan juntas las fe, la entrega y la espera a la luz de las estrellas.

No, no fue una tarde cualquiera, fue una tarde de siembra.



Saladillo, Los Laureles, 17 de abril de 2026

Un largo camino hacia el milagro

 Una mañana, las piernas respondieron sin necesidad del bastón. Se dió cuenta cuando llegó de la cama hasta la hornalla de la cocina donde apoyó la pava para calentar el agua, y haciendo el ademán acostumbrado para tomar nuevamente el bastón...bastón que había quedado apoyado en el respaldo de la cama.

¿Cómo lo había hecho? De repente sintió temor, dio un paso hacia atrás, luego otro, giró lentamente buscando un punto de apoyo a su alrededor. Se dirigió a la mesada para buscar la yerba y el mate. Se apoyó primero para luego soltarse. La fuerza de la pierna sostuvo erguido su cuerpo sin titubear. Miró a través de la ventana a los árboles de la calle iluminándose por el sol de una mañana fresca. Y recordó...

Había sido un camino muy largo, un camino iniciado hace demasiado tiempo en la cama de un hospital, inmóvil por semanas, luego fueron tantos los enfermeros que alzaron con sus brazos su cuerpo para dar unos primeros pasos que no parecían ser suyos, hasta aferrarse a un andador que se hizo parte de sí durante otras tantas semanas ( ¿o fueron meses?)

Cuando permitieron que el bastón se aferrara a su mano  como una tercer pierna, creía haber alcanzado el tope, ya podía moverse en forma medianamente libre e independiente. Y así fueron los días,    medianamente libres,  pretenciosamente independientes y supuestamente felices.

Pero lo de esa mañana le supo a milagro a pesar de que los milagros son difíciles de aceptar, más aún de reconocer.

Esa mañana una puerta se abrió, un camino nuevo se adelantó a sus pasos. Quedan atrás el miedo, la inseguridad y la impotencia de una libertad a medias y de una presunta independencia.

Los milagros existen - pensó sin creer lo que pensaba - existen - se repitió - cuando se los deja ocurrir aún después de un largo andar.

Así fue que esa mañana, volvió a caminar. Libre, independiente, y feliz. Un milagro.



Saladillo, Los laureles, 15 de abril de 2026






martes, 7 de abril de 2026

El pájaro herido

 Barrio de casas bajas, tejas rojas y cielo azul. Veredas arboladas, verdes testigos de juegos y romances, refugio y canto de zorzales y calandrias.

Contra el cielo se alza un campanario, vigía de los hogares y los peregrinos. Una iglesia enorme de ladrillos por fuera y blanca por dentro. En los fines de semana se llena del bullicio de una juventud alegre y decidida a vivir inequívocamente la Civilización del Amor de la que habló Paulo VI.

Los zorzales, las calandrias y torcazas junto a las guitarras llenaban el aire mientras grupos misioneros partían desde sus calles a pueblos y comunidades, algunas lejanas en distancia y todas en estilo de vida, vida color tierra, mate dulce y pies descalzos.

Así el barrio...

Una mañana de frío y cielo gris los árboles tiesos fueron refugio de zorzales escondidos. Fue una madrugada de palomas asustadas refugiadas en lo alto del campanario.

Un pájaro herido se acurrucó trastabillando debajo de una planta de rosa china roja en el jardín de la casa parroquial.

Se guardaron las guitarras, el tiempo se detuvo, la vereda se colmó de murmullos y horror.

El pájaro herido no supo llorar.

La planta fue perdiendo las flores cayendo una a una como alfombra roja rodeando al pájaro curando la herida.

Barrio de casas bajas, tejas rojas y cielo gris. Veredas en silencio, recorridas por gestos genuinos de  dolor y otras, disimuladas muecas cómplices de un tenebroso deber cumplido.

El pájaro herido es testigo.



Buenos Aires, 07 de abril de 2026

lunes, 6 de abril de 2026

El aguaribay de mi jardín

Fue un domingo de octubre de hace más de veinte años cuando regalaban semillas de aguaribay a quienes nos acercábamos con flores a las tumbas de nuestras madres ( en mi caso, rosas del jardín que ella misma había plantado.).

Guardé el sobrecito con las semillas en un cajón que abrí mucho tiempo después, como generalmente ocurre con los cajones de los muebles que ocupan un espacio sin utilidad.

Tomé el sobre y decidí poner las semillas en una maceta intuyendo lo inútil de mi gesto ya que seguramente estaban vencidas.

Habrán sido unas seis u ocho, muy pequeñas, de las cuales para mi sorpresa, una germinó.

La iba mudando de maceta como si fuera un muchacho creciendo que cambia el talle de sus pantalones, hasta llegar a una de más de veinte litros que creí definitiva.

Allí fue creciendo, allí sus raíces ahondaron en lo profundo, se fortalecieron y se rebelaron ante el límite impuesto perforando las lajas en busca de más alimento.

Me hice cargo de su reclamo. Con la única pala disponible, brazos fuertes y una voluntad tan férrea como generosa, mi marido hizo el pozo donde elegimos plantarlo. 

¡Parecía tan pequeño!- como si el jardín le quedara grande y la maceta chica.

Sin que me diera cuenta, su cuerpo tragó la guía que le habíamos puesto. Sencillamente la hizo suya.

Hoy su altura es de varios metros y su tronco nos permite abrazarlo.

Sus hojas son delicadas, y caen confiadas de las ramas que las sostienen. Se dejan atravesar por la luz, por el sol, por el gris de las nubes y las gotas de las tormentas.

Se dejan atravesar. Quedo prendida en esa idea.

Caen formando un velo que permite ver más allá de ellas.

Se dejan mecer por la brisa sin miedo, y aceptan su desprendimiento ante la voracidad de una tormenta, del hambre ardiente de una sequía o sencillamente mueren para que otras vivan.

Es un árbol perenne. Aún así hubo etapas de ramas ralas, follaje escaso, casi una agonía. Una fuerza desde sus entrañas le devolvió su porte. No pregunto el secreto pero acepto su misterio.

Hoy, su delicado y abundante follaje me acaricia cuando paso debajo de su copa que ocupa casi la mitad del jardín. En sus ramas descansan y cantan zorzales, benteveos, calandrias y ratonas. Algunas veces se acercan colibríes. 

Sus semillas se plantan en el mes de octubre. Cuando lo contemplo y lo abrazo siento el espíritu de mi madre,  el alma de la tierra, la paz que se alimenta en la profundidad y la misteriosa sabiduría de la vida.



Buenos Aires, 06 de abril 2026