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viernes, 28 de agosto de 2026

Mate y algo más

 Un sorbo, silencio;

otro sorbo, gritan las cotorras;

cebar de nuevo, vuela el chimango;

amargo lento, muge la hacienda a lo lejos;

calabaza llena, eucalipto erecto;

hojitas secas, verde vibrante la pradera;

pancita tibia, alma plena,



Los Laureles, Saladillo, 28 de agosto 2026

lunes, 20 de julio de 2026

Tardecita de mundial

 De repente el frío se coló por la ventana entreabierta después de varios días de una humedad cálida que impedía respirar.

Se levantó a cerrarla reconociendo la proximidad de una tormenta venidera del sur, para luego ir a abrigarse los hombros con el poncho de su abuelo, color rojo sangre como el salteño, pero de guardas claras.

Acababa de tomar su vaso de aguardiente, el de todas las tardes, justo antes del anochecer, momento para olvidar los desaires del día y aplacar las lágrimas de la  nostalgia nocturna..

Se sentó en el sillón frente al televisor, se apoyó en el respaldo raído y dejó entrar a la soledad para que lo acompañara.

Se jugaba la final del mundial de fútbol, el único partido que veía cada cuatro años  no tanto por el deporte, que en sí mucho no le interesaba, sino por la fiesta, el cierre, el espectáculo, la multitud y la algarabía que llenaba su habitación de ruido, de gritos, haciendo sonar las cuatro paredes de su casa monoambiente, único testigo en la extensa planicia pampeana.

La pantalla se llenó de colores vivos que se reflejaban en los pocos muebles y en la palidez de su piel de invierno.

Por unas horas el resto del mundo se instaló en el sillón con sus banderas, banderines y caras pintadas. La pasión lo tomaba por sorpresa y le agitaba el corazón tan acostumbrado a la melancolía.

El partido se alargó lo suficiente. Hubo un ganador, el campeón del mundo, y el perdedor. Entonces sólo algunos colores se intensificaron, aquellos que representaban a los que se llevaban la copa de oro por cuatro años.

Se preguntó: " ¿Será de oro macizo la copa? La alzan y agitan como si fuera de cartón dorado. Vaya uno a saber" - quedando así la inquietud sin ninguna necesidad.

Vino la fiesta, los fuegos artificiales cubriendo el cielo, humos de colores jugando en el aire, apretón de manos, abrazos, lágrimas.

Todo eso ocurrió entre sus cuatro paredes.

Se fue apagando la algarabía de todos para dar lugar a las palabras detrás de los micrófonos de sólo algunos.

Se fueron yendo los colores, las banderas, los gritos, los cantos y las caras pintadas.

Al final, se fueron todos, sin despedirse, excepto la soledad que, generosamente, se quedó para acompañarlo. 



Buenos Aires, 19 de julio de 2026

jueves, 23 de abril de 2026

Una tarde cualquiera

 Sobre la mesita de hierro de la galería descansa el mate, el termo y la cámara de fotos ansiosa de preservar un  momento único, un color especial, algo que la memoria sea capaz de agradecer. A lo lejos un  molino descabezado se alza sobre el cielo de una tarde indefinida, color celeste pálido con manchas.

Se escucha un motor andando. Contra el horizonte avanza el viejo tractor llevando la tolva que desparrama las semillas en surcos bien marcados y hambrientos de cosecha.

Las vacas inmutables siguen mordisqueando el poco pasto que les dejó la última sequía. La única yegua de lomo hundido y ancas flacas anda sin molestarse entre la hacienda.


Cualquiera diría que es una tarde cualquiera; y como cualquier tarde, se va yendo detrás de un sol que apenas ha aparecido.

El ruido del motor se escucha cada vez más lejos, se va haciendo silencio y cae la noche, como una noche cualquiera.

También se oscurece la tierra y  se empareja a la luz de las estrellas;  pero para ella no es una noche cualquiera. Ella conoce donde están los surcos que acuna la esperanza, se hincha el germen de lo que tal vez sea una abundante cosecha, donde se abrazan juntas las fe, la entrega y la espera a la luz de las estrellas.

No, no fue una tarde cualquiera, fue una tarde de siembra.



Saladillo, Los Laureles, 17 de abril de 2026

sábado, 24 de enero de 2026

Fynn y yo

Duerme. Sólo se escucha el tic tac del reloj y de tanto en tanto el agua cayendo sobre la yerba en el mate. Un silencio corto es roto por el quejido mustio que pide cebar de nuevo.

Eso es todo, además de la ventana que da al jardín donde las hojas de la dama de noche, los malvones y el aguaribay están tan quietas como el aire de la tarde grisácea y calurosa.

El mueve apenas las orejas como si escuchara algo que no alcanzo a percibir. Se relaja, no ha de ser importante.

Mientras, pareciera que el sol se niega a desaparecer y de repente atraviesa las persianas dibujando renglones de luz sobre la mesa. Las nubes son rápidas y ganan la carrera; la mesa vuelve a la penumbra.

El humo del sahumerio no encuentra dirección. ¿Serán nuestros alientos los que empujan su fragilidad de un lado para otro? Eso sí, allí donde los suspiros lo lleven, el aroma invade y se queda.

Alzo la mirada y me sorprende no verlo. Supongo que sin que me diera cuenta se escapó por el pedazo de ventana abierta. Lo busco con los ojos, atenta a dos zorzales que picotean migas, y me asomo alerta por si se despierta su instinto de cazador. Sin embargo, lo encuentro acurrucado dentro de la caja sobre la mesa junto al ventanal, como un ovillo dirían muchos. Lo observo y me completa su ternura.

Una brisa acaricia mi espalda. Vuelvo al mate y él se desacomoda para buscar comida. Da unos mordiscos y se va al jardín. Ahora sí me asomo dando palmadas ahuyentando a los zorzales. El instinto es siempre instinto.

Lo perdí de vista. Entré y quedé acompañada por el tic tac del reloj.

Espero su regreso cuando las estrellas asomen, él buscará su comida para luego hacerse ovillo entre mis brazos bajo las sábanas limpias de otra noche de verano. 


Buenos Aires,24 de enero 2026 

domingo, 30 de agosto de 2020

Sino por la tarde

 ¿Donde encontrarte? ¿Donde? La torcaza picotea en la tierra de la maceta, el zorzal saca mordiscos a la manzana y el agua de las nubes salpica gotas en la pileta; el benteveo tocó la piel del aguaribay que apenas se inmuta con la caricia de la brisa. Los acordes de un piano se deslizan y vibran allí donde  duerme el tercer ojo. Se le suman el llamado del benteveo, la gota que termina y el silencio de las hojas quietas. La sorpresa vino en un mensaje de quien pudo averiguarme y encarar mi nombre. Por un instante el sí se adueñó de la tarde...por un instante.

Lloró la ignorancia en una lágrima que arrastra el desconcierto de la existencia. Voló la torcaza y se hizo ausencia, el zorzal vuelve a arrebatar el corazón a la manzana.

martes, 22 de octubre de 2013

poema 1

La tarde se adormece bajo el sol
despidiéndose en la ventana.
Las flores se mecen y el limonero perfuma la brisa.
Silencioso el césped se abandona
y desde el aguaribay,
la primavera grita a viva voz en el pecho de un zorzal.
Su canto permanece entre las sombras diluidas.
En tanto,
un alma llora, el niño duerme
y Dios, amasa un nuevo día.