jueves, 30 de julio de 2026

Los de la calle

 Dentro de la capucha de la campera y detrás del bulto de su mano contraída se sugiere el cabello seco, enmarañado, el rostro hundido en lo que parece una cueva que lo protege de la indiferencia. Su cuerpo está cubierto por dos o tres trapos del tamaño de una manta que no alcanza. En el otro extremo se asoman lo que otrora fueran zapatos.

Está en la vereda, pegadito a la pared como único reparo, absolutamente inmóvil, como una piedra, como un muerto, sumido quizá en un sueño obligado porque duele la vigilia de quien perdió su derecho a ser. 

Como él, habitan en otras veredas, o bajo los puentes, donde haya un rincón que los proteja.

Son las caras sin nombre, los pies sin destino, las manos vacías, el silencio del hambre acurrucado, es el paisaje acostumbrado de una ciudad cruel.


Buenos Aires, 30 de julio de 2026

martes, 28 de julio de 2026

El día que busqué la respuesta...

 La taza de mate cocida y dos galletas de avena son mis compañeras en esta tarde de invierno, no tan fría, pero sí nublada.

¡El campo está tan quieto! Como si la humedad y el aire lo aplastaran y no pudiera escaparse porque las nubes pesan. No parece venir una tormenta, aunque acaso llueva, capricho de un clima terco.

Las cotorras no dejan de sonar, impidiendo el silencio tan ansiado para esta hora que desea ser apacible, a la espera de que caiga el velo del anochecer.

Caminando las alambradas encontré la serenidad que las paredes me negaban, pero no la respuesta que ando buscando y espero.

Si acaso mi lógica no la encontrara, pido a la tierra que la siembre en mi alma, tan profundamente que sea imposible que no madure y crezca.

Deseo que el camino venidero, la senda que he de transitar, arda en mí como el fuego en la hoguera.

Que sea Dios quien me hable al corazón sobre esta tierra.


Los Laureles, Saladillo, 28 de julio de 2026


Caleidoscopio

 1

Sacó una bolsa de plástico con varias cajas de medicamentos. Buscó en el surtidor un vaso de agua y se lo alcanzó. El estaba sentado esperando a que lo llamaran del consultorio para realizarse el estudio, la espalda encorvada, el pelo gris. Ella, de pestañas postizas y cabello largo negro tintura. Las sienes de ambos les emparejaban la edad.  El entró al consultorio, ella esperó. Salieron tomados de la mano con una sonrisa en los labios y la siempre esperanza en el corazón.


2

Van por la calle prestando mucha atención a los baldosones desparejos de la vereda para evitar que se trabe el bastón de tres pies donde ella se apoya con una mano mientras con la otra se sostiene del brazo de él. Atentos y tiernos sonríen y comentan vidrieras y fachadas mientras realizan el paseo de cada tarde, antes de que caiga el sol.


3

Piden dos cafés con leche con las medialunas de la promoción, de grasa como siempre para él, de manteca para ella. Son las seis de una tarde soleada. Después de hacer las compras en el mercado decidieron sentarse a descansar antes de volver a casa. Esa noche cuidarían a su nieta.


4

La cocina huele a sopa de verduras que sus manos arrugadas revuelven de vez en cuando ajustando la sal, el toque de pimienta y su secreto, cucharadita de pimentón dulce. En otro rincón de la cocina, sobre una tabla de madera hundida como sus espaldas, él corta un trozo de queso Mar del Plata, unas rodajas de salamín picado fino mientras bebe de una de las dos copas servidas de vino tinto, que beberán juntos compartiendo charla y picadita antes de la cena.


5

El sol del atardecer da de pleno en el jardín. Con la tijera corta las rosas que pondrá en el vasito junto a la imagen de la Virgen de Lujan, costumbre que lleva ya más de los años que pudiera contar. Despunta el romero cuyas ramitas pondrá a secar. En la mesa debajo del techo del quincho, las herramientas desparramadas entre los dedos gruesos y ya algo temblorosos de él, se conjugan para arreglar lo roto, siempre un desafío.


Imágenes que el caleidoscopio de una vida entrañablemente compartida nos regala, cuando el camino ya se hace mirada cómplice, silencios llenos de presencia, pelo cano, surcos imborrables, cuando el amor es sencillamente ternura.


Caleidoscopio roto.



Los laureles, Saladillo, 28 de julio de 2026

miércoles, 22 de julio de 2026

El baile de las flores

 La tierra rica las alimentó hasta que rasgaron su piel para echar raíces. Se alzaron lentamente hasta derrotar a la superficie y sorprenderse bajo el sol tibio de primavera.

Uno engrosó su cuerpo y extendió sus raíces con la avidez del hambriento; la otra, decidida en su fragilidad, lucía un verde suave e intenso, esbelta, abría sus raíces con la delicadeza de quien sabe a donde va.

En las noches frescas hacían bullir cada uno lo que el día les había ofrecido poniendo todas sus fuerzas en el desarrollo que las hizo madurar y verse por primera vez bajo un sol radiante de una mañana de octubre.

El tiene unos brazos largos y fuertes, cara redonda oscura como la tierra  y ella, delicada, de mirada más clara, casi del color del sol, con su cabello blanco enmarcando la redondez perfecta de su rostro.

Se observaron con admiración. La luz sombreó una sonrisa en cada uno. Con la brisa como aliada, movieron sus cuerpos con vaivenes seductores hasta que el anochecer los sorprendió.

Entonces él, bastante más alto, inclinó su cabeza hacia ella como un acto de admiración y entrega, ella se mantuvo erguida aceptando la ofrenda.

La tierra recibió la luz de las estrellas y ellos quedaron quietos, amándose en silencio; en tanto sus raíces siguieron avanzando a oscuras animadas por la riqueza. Se tocaron allí en lo profundo. La savia se agitó hasta estremecer sus cuerpos.

Las raíces se enredaron de tal forma que si uno de ellos fuera arrancado, el otro moriría sin remedio.

Y aunque para el aire y el sol sigan siendo dos flores distintas, diferentes, en la profunda oscuridad son un solo amor eterno.



Buenos Aires, 23 de julio de 2026

lunes, 20 de julio de 2026

Tardecita de mundial

 De repente el frío se coló por la ventana entreabierta después de varios días de una humedad cálida que impedía respirar.

Se levantó a cerrarla reconociendo la proximidad de una tormenta venidera del sur, para luego ir a abrigarse los hombros con el poncho de su abuelo, color rojo sangre como el salteño, pero de guardas claras.

Acababa de tomar su vaso de aguardiente, el de todas las tardes, justo antes del anochecer, momento para olvidar los desaires del día y aplacar las lágrimas de la  nostalgia nocturna..

Se sentó en el sillón frente al televisor, se apoyó en el respaldo raído y dejó entrar a la soledad para que lo acompañara.

Se jugaba la final del mundial de fútbol, el único partido que veía cada cuatro años  no tanto por el deporte, que en sí mucho no le interesaba, sino por la fiesta, el cierre, el espectáculo, la multitud y la algarabía que llenaba su habitación de ruido, de gritos, haciendo sonar las cuatro paredes de su casa monoambiente, único testigo en la extensa planicia pampeana.

La pantalla se llenó de colores vivos que se reflejaban en los pocos muebles y en la palidez de su piel de invierno.

Por unas horas el resto del mundo se instaló en el sillón con sus banderas, banderines y caras pintadas. La pasión lo tomaba por sorpresa y le agitaba el corazón tan acostumbrado a la melancolía.

El partido se alargó lo suficiente. Hubo un ganador, el campeón del mundo, y el perdedor. Entonces sólo algunos colores se intensificaron, aquellos que representaban a los que se llevaban la copa de oro por cuatro años.

Se preguntó: " ¿Será de oro macizo la copa? La alzan y agitan como si fuera de cartón dorado. Vaya uno a saber" - quedando así la inquietud sin ninguna necesidad.

Vino la fiesta, los fuegos artificiales cubriendo el cielo, humos de colores jugando en el aire, apretón de manos, abrazos, lágrimas.

Todo eso ocurrió entre sus cuatro paredes.

Se fue apagando la algarabía de todos para dar lugar a las palabras detrás de los micrófonos de sólo algunos.

Se fueron yendo los colores, las banderas, los gritos, los cantos y las caras pintadas.

Al final, se fueron todos, sin despedirse, excepto la soledad que, generosamente, se quedó para acompañarlo. 



Buenos Aires, 19 de julio de 2026

domingo, 12 de julio de 2026

La foto aparte


Desde que tuve mi primer cámara fotográfica, una Kodak fiesta de plástico, pasando por una Minolta X 700, modelo que aún no estaba en el país pero que gracias a mi padre, vino navegando por el Atlántico en el camarote del Capitán de un buque de carga, hasta las dos cámaras digitales Nikon fruto de mi inversión y esfuerzo, puedo afirmar que no cesé de disparar el obturador en cuanta ocasión se me presentara. Al principio, cuando el costo del rollo de treinta y seis cuadros y su revelado me limitaban, sólo usaba la cámara en reuniones familiares o viajes.

En la fotografía encuentro el instrumento para el registro histórico visual, la permanencia de un momento único e irrepetible, un gesto, una mirada, una lágrima, una mueca, una sonrisa, una luz que jamás se repetirá. La imagen lleva en sí una historia, una emoción, un relato, un alma que ilumina con sus colores y sus sombras lo que no se ve, sugiere lo que a veces se revela, o no.

La vida grabada en blanco y negro, con sus oportunos grises, duró varios años hasta   que la tecnología permitió que los momentos tomaran color, se podía jugar con los paisajes, modificar la luz, teñirlos con filtros de diferentes colores transformando rojos y cálidos atardeceres en oscuras amenazas de un cielo aterrador. Así es que miles de fotografías de paisajes, aves, flores, grupos, reuniones y soledades se empezaron a acomodar en álbumes, pendrives y discos externos, dejando lugar para las que vendrán.

Pero hay una foto de mi madre que guardo aparte. Está sentada sobre los escalones frente a la puerta de entrada, con una pollera escocesa de lana azul con líneas verdes, blancas y rojas demarcando los cuadros típicos, un pullover de cuello redondo del mismo tono azul, las piernas paralelas, unos zapatos negros bien lustrados, las manos entrelazadas sobre su regazo, el cabello corto, ordenado, de color castaño con ciertos reflejos dorados, y la cabeza inclinada, con los ojos ocultos ajenos a la cámara. ¿Qué hay detrás del disparo del obturador en ese instante sin mirada?

 Fui operador (quien dispara) en aquel instante que nunca volverá, la imagen, el spectrum (*) de mi madre que oculta la mirada enfocando sus pupilas al suelo, ajena al ojo de la cámara, ocultando para todo espectador el desgarro de una depresión insolente que le arrebató años de disfrutar sus alegrías, la aguda soledad inadvertida, un grito que jamás se animó a serlo, y cientos de lágrimas que no encontraron cauce donde ser caudal.

La foto de mi madre sin mirada, de ojos ocultos, ese detalle que me conmueve, que me habla al corazón y no quiero escuchar. Lo que la fotografía no muestra, pero dice.

Será por eso, que de las más de diez mil fotografías que llenan los álbumes de la biblioteca y los discos de la computadora, es ésta, la única que guardo aparte.

 

 

(*) spectrum: la fotografía como el retorno de lo muerto según Roland Barthes)



Buenos Aires, 13 de junio de 2026

Los personajes

 

Con la salamandra encendida intentando paliar el frío que no se detiene ante el vidrio de la ventana, observa sus manos y calcula su vida en años. Sonríe ante saberse venerable y heroica si estuviera en la Edad Media; si viviera en plena Revolución industrial, la senectud la definiría; le causa gracia ser “de edad avanzada”; y la deprime que le digan septuagenaria, vieja pero activa. Ahora se habla de los baby boomer, ésto la entusiasma, le sugiere futuro, aunque en la lista de las generaciones vaya quedando fuera del papel.

Mira la piel de sus manos acariciando al gato que se trepó en su regazo. Cierra los ojos. Setenta años de acumular en la memoria recuerdos e imágenes que a través del celular, (regalo de su nieta en la última navidad), Google fotos y la inteligencia artificial con sus algoritmos, elige arbitrariamente o no, para que los reviva como en una película sin límite de continuidad.

Abre los ojos, busca el teléfono, el gato se incomoda por el movimiento, pero ronronea y se reubica. Abre la aplicación y se encienden los recuerdos que a Google fotos les parecen apropiados.

Verse en cada una de esas imágenes le cuesta, no se reconoce, ve a un personaje: una viuda tratando de buscar un destino con una sonrisa permanente arqueando sus labios; una madre dejando sus días en los días de otros a los que abraza con ternura; una profesional poco paga orgullosamente rodeada de sus colegas, tizas, pizarrones y carpetas; una joven apasionada que rompe con todos los moldes de lo que “debe ser” porque sabe que no encaja; la adolescente cuestionadora y sumisa, paradoja de una edad de controversias; una nena con flequillo y modos como los de Mafalda de Quino que sale al mundo de la vereda en un triciclo color rojo, una beba gordita de ojos oscuros en una cuna blanca.

Sin embargo, sabe que en estos personajes que se van sucediendo como filminas proyectadas en la memoria, hay una persona. Intenta encontrar lo que la distingue más allá del rol temporal que la imagen le muestra como  si fuera único.

¿Qué hay detrás de esos retratos? Cada uno encierra algo que la conmueve, pero nada lo delata.

Se detiene a observar cada cuerpo, cada pose, fija la mirada en los ojos, siempre oscuros, siempre grandes, siempre abiertos.

Entra en las pupilas y viaja a lo desconocido para seguir buscando…

En el fondo de ese mar oscuro encuentra al fin lo que nunca hubiera querido encontrar pero siempre supo: una tristeza honesta, la soledad que el rechazo de un entorno supuestamente aceptable construyó día tras día, la resistencia, el agobio.

En la profundidad del silencio que sólo le pertenece, sabe de una luz, tan ínfima como íntima, es la esperanza juguetona sosteniendo su alma que cree.

Aflora así su persona invalidando los algoritmos, se encuentra.

Vuelve al final, septuagenaria, lo hace principio, venerando la vida para seguir viviendo.

El gato ronronea.



Buenos Aires,  15 de junio 2026

Ajedrez

 

Mabel nunca olvidará el piso de damero de la cocina donde jugaban, comían y hacían los deberes con Lucía, su hermana menor. Se sentaban alrededor de la única mesa de madera oscura. Una pequeña ventana dejaba entrar el sol del atardecer y los rayos siempre se detenían en sus ojos haciéndola lagrimear.

Recuerda al piso como un tablero de ajedrez, y a ellas, como las piezas que el entorno, los miedos y las decisiones fueran moviendo para avanzar hacia el triunfo o ser devoradas por un enemigo inexistente pero real como el destino.

En esas mismas sillas, alrededor de esa misma mesa, Lucía le susurraba sus aventuras, sus dudas, sus confidencias, amasaban sueños que las conectaban como hermanas, hijas de una madre trabajadora, casi ausente, y un padre que cerró definitivamente la puerta de entrada de la casa cuando ellas aún no alcanzaban la altura del picaporte.

Crecieron, ambas, y se dispersaron los momentos compartidos. Entraron amigos, de los buenos y de los no tanto; para Lucía los unos, para Mabel los otros.

Fuera de la cocina los caminos se hicieron distintos, tan diferentes que sorprende que se hayan iniciado en un mismo origen.

Lucía hoy es abogada, es madre de dos hijas y vive en una casa blanca con una cocina que da al jardín donde el sol no aturde.

Mabel sigue comiendo de un subsidio de desempleo, mudándose de un hogar de paso a otro, derribando uno a uno los sueños cocinados alrededor de la mesa oscura sobre un piso de damero, tablero de ajedrez donde Lucía es reina y Mabel, peón comido.

Mabel supo y sabe que el peón puede comer a la Reina, pero Mabel decidió guardar para siempre el secreto de su hermana, aquel que una tarde le susurró cuando el sol entró y la hizo llorar.

 

 

Buenos Aires,  22 de junio 2026 

Consigna: texto basado en las impresiones sobre la pintura “La casa de las solitarias” de Norma Bessouet