domingo, 12 de julio de 2026

La foto aparte


Desde que tuve mi primer cámara fotográfica, una Kodak fiesta de plástico, pasando por una Minolta X 700, modelo que aún no estaba en el país pero que gracias a mi padre, vino navegando por el Atlántico en el camarote del Capitán de un buque de carga, hasta las dos cámaras digitales Nikon fruto de mi inversión y esfuerzo, puedo afirmar que no cesé de disparar el obturador en cuanta ocasión se me presentara. Al principio, cuando el costo del rollo de treinta y seis cuadros y su revelado me limitaban, sólo usaba la cámara en reuniones familiares o viajes.

En la fotografía encuentro el instrumento para el registro histórico visual, la permanencia de un momento único e irrepetible, un gesto, una mirada, una lágrima, una mueca, una sonrisa, una luz que jamás se repetirá. La imagen lleva en sí una historia, una emoción, un relato, un alma que ilumina con sus colores y sus sombras lo que no se ve, sugiere lo que a veces se revela, o no.

La vida grabada en blanco y negro, con sus oportunos grises, duró varios años hasta   que la tecnología permitió que los momentos tomaran color, se podía jugar con los paisajes, modificar la luz, teñirlos con filtros de diferentes colores transformando rojos y cálidos atardeceres en oscuras amenazas de un cielo aterrador. Así es que miles de fotografías de paisajes, aves, flores, grupos, reuniones y soledades se empezaron a acomodar en álbumes, pendrives y discos externos, dejando lugar para las que vendrán.

Pero hay una foto de mi madre que guardo aparte. Está sentada sobre los escalones frente a la puerta de entrada, con una pollera escocesa de lana azul con líneas verdes, blancas y rojas demarcando los cuadros típicos, un pullover de cuello redondo del mismo tono azul, las piernas paralelas, unos zapatos negros bien lustrados, las manos entrelazadas sobre su regazo, el cabello corto, ordenado, de color castaño con ciertos reflejos dorados, y la cabeza inclinada, con los ojos ocultos ajenos a la cámara. ¿Qué hay detrás del disparo del obturador en ese instante sin mirada?

 Fui operador (quien dispara) en aquel instante que nunca volverá, la imagen, el spectrum (*) de mi madre que oculta la mirada enfocando sus pupilas al suelo, ajena al ojo de la cámara, ocultando para todo espectador el desgarro de una depresión insolente que le arrebató años de disfrutar sus alegrías, la aguda soledad inadvertida, un grito que jamás se animó a serlo, y cientos de lágrimas que no encontraron cauce donde ser caudal.

La foto de mi madre sin mirada, de ojos ocultos, ese detalle que me conmueve, que me habla al corazón y no quiero escuchar. Lo que la fotografía no muestra, pero dice.

Será por eso, que de las más de diez mil fotografías que llenan los álbumes de la biblioteca y los discos de la computadora, es ésta, la única que guardo aparte.

 

 

(*) spectrum: la fotografía como el retorno de lo muerto según Roland Barthes)



Buenos Aires, 13 de junio de 2026

Los personajes

 

Con la salamandra encendida intentando paliar el frío que no se detiene ante el vidrio de la ventana, observa sus manos y calcula su vida en años. Sonríe ante saberse venerable y heroica si estuviera en la Edad Media; si viviera en plena Revolución industrial, la senectud la definiría; le causa gracia ser “de edad avanzada”; y la deprime que le digan septuagenaria, vieja pero activa. Ahora se habla de los baby boomer, ésto la entusiasma, le sugiere futuro, aunque en la lista de las generaciones vaya quedando fuera del papel.

Mira la piel de sus manos acariciando al gato que se trepó en su regazo. Cierra los ojos. Setenta años de acumular en la memoria recuerdos e imágenes que a través del celular, (regalo de su nieta en la última navidad), Google fotos y la inteligencia artificial con sus algoritmos, elige arbitrariamente o no, para que los reviva como en una película sin límite de continuidad.

Abre los ojos, busca el teléfono, el gato se incomoda por el movimiento, pero ronronea y se reubica. Abre la aplicación y se encienden los recuerdos que a Google fotos les parecen apropiados.

Verse en cada una de esas imágenes le cuesta, no se reconoce, ve a un personaje: una viuda tratando de buscar un destino con una sonrisa permanente arqueando sus labios; una madre dejando sus días en los días de otros a los que abraza con ternura; una profesional poco paga orgullosamente rodeada de sus colegas, tizas, pizarrones y carpetas; una joven apasionada que rompe con todos los moldes de lo que “debe ser” porque sabe que no encaja; la adolescente cuestionadora y sumisa, paradoja de una edad de controversias; una nena con flequillo y modos como los de Mafalda de Quino que sale al mundo de la vereda en un triciclo color rojo, una beba gordita de ojos oscuros en una cuna blanca.

Sin embargo, sabe que en estos personajes que se van sucediendo como filminas proyectadas en la memoria, hay una persona. Intenta encontrar lo que la distingue más allá del rol temporal que la imagen le muestra como  si fuera único.

¿Qué hay detrás de esos retratos? Cada uno encierra algo que la conmueve, pero nada lo delata.

Se detiene a observar cada cuerpo, cada pose, fija la mirada en los ojos, siempre oscuros, siempre grandes, siempre abiertos.

Entra en las pupilas y viaja a lo desconocido para seguir buscando…

En el fondo de ese mar oscuro encuentra al fin lo que nunca hubiera querido encontrar pero siempre supo: una tristeza honesta, la soledad que el rechazo de un entorno supuestamente aceptable construyó día tras día, la resistencia, el agobio.

En la profundidad del silencio que sólo le pertenece, sabe de una luz, tan ínfima como íntima, es la esperanza juguetona sosteniendo su alma que cree.

Aflora así su persona invalidando los algoritmos, se encuentra.

Vuelve al final, septuagenaria, lo hace principio, venerando la vida para seguir viviendo.

El gato ronronea.



Buenos Aires,  15 de junio 2026

Ajedrez

 

Mabel nunca olvidará el piso de damero de la cocina donde jugaban, comían y hacían los deberes con Lucía, su hermana menor. Se sentaban alrededor de la única mesa de madera oscura. Una pequeña ventana dejaba entrar el sol del atardecer y los rayos siempre se detenían en sus ojos haciéndola lagrimear.

Recuerda al piso como un tablero de ajedrez, y a ellas, como las piezas que el entorno, los miedos y las decisiones fueran moviendo para avanzar hacia el triunfo o ser devoradas por un enemigo inexistente pero real como el destino.

En esas mismas sillas, alrededor de esa misma mesa, Lucía le susurraba sus aventuras, sus dudas, sus confidencias, amasaban sueños que las conectaban como hermanas, hijas de una madre trabajadora, casi ausente, y un padre que cerró definitivamente la puerta de entrada de la casa cuando ellas aún no alcanzaban la altura del picaporte.

Crecieron, ambas, y se dispersaron los momentos compartidos. Entraron amigos, de los buenos y de los no tanto; para Lucía los unos, para Mabel los otros.

Fuera de la cocina los caminos se hicieron distintos, tan diferentes que sorprende que se hayan iniciado en un mismo origen.

Lucía hoy es abogada, es madre de dos hijas y vive en una casa blanca con una cocina que da al jardín donde el sol no aturde.

Mabel sigue comiendo de un subsidio de desempleo, mudándose de un hogar de paso a otro, derribando uno a uno los sueños cocinados alrededor de la mesa oscura sobre un piso de damero, tablero de ajedrez donde Lucía es reina y Mabel, peón comido.

Mabel supo y sabe que el peón puede comer a la Reina, pero Mabel decidió guardar para siempre el secreto de su hermana, aquel que una tarde le susurró cuando el sol entró y la hizo llorar.

 

 

Buenos Aires,  22 de junio 2026 

Consigna: texto basado en las impresiones sobre la pintura “La casa de las solitarias” de Norma Bessouet