Con la salamandra encendida intentando paliar el frío
que no se detiene ante el vidrio de la ventana, observa sus manos y calcula su
vida en años. Sonríe ante saberse venerable y heroica si estuviera en la Edad
Media; si viviera en plena Revolución industrial, la senectud la definiría; le
causa gracia ser “de edad avanzada”; y la deprime que le digan septuagenaria,
vieja pero activa. Ahora se habla de los baby boomer, ésto la entusiasma, le sugiere
futuro, aunque en la lista de las generaciones vaya quedando fuera del papel.
Mira la piel de sus manos acariciando al gato que se
trepó en su regazo. Cierra los ojos. Setenta años de acumular en la memoria
recuerdos e imágenes que a través del celular, (regalo de su nieta en la última
navidad), Google fotos y la inteligencia artificial con sus algoritmos, elige arbitrariamente
o no, para que los reviva como en una película sin límite de continuidad.
Abre los ojos, busca el teléfono, el gato se incomoda
por el movimiento, pero ronronea y se reubica. Abre la aplicación y se
encienden los recuerdos que a Google fotos les parecen apropiados.
Verse en cada una de esas imágenes le cuesta, no se
reconoce, ve a un personaje: una viuda tratando de buscar un destino con una sonrisa
permanente arqueando sus labios; una madre dejando sus días en los días de
otros a los que abraza con ternura; una profesional poco paga orgullosamente
rodeada de sus colegas, tizas, pizarrones y carpetas; una joven apasionada que
rompe con todos los moldes de lo que “debe ser” porque sabe que no encaja; la
adolescente cuestionadora y sumisa, paradoja de una edad de controversias; una
nena con flequillo y modos como los de Mafalda de Quino que sale al mundo de la
vereda en un triciclo color rojo, una beba gordita de ojos oscuros en una cuna
blanca.
Sin embargo, sabe que en estos personajes que se van
sucediendo como filminas proyectadas en la memoria, hay una persona. Intenta
encontrar lo que la distingue más allá del rol temporal que la imagen le
muestra como si fuera único.
¿Qué hay detrás de esos retratos? Cada uno encierra algo
que la conmueve, pero nada lo delata.
Se detiene a observar cada cuerpo, cada pose, fija la
mirada en los ojos, siempre oscuros, siempre grandes, siempre abiertos.
Entra en las pupilas y viaja a lo desconocido para
seguir buscando…
En el fondo de ese mar oscuro encuentra al fin lo que
nunca hubiera querido encontrar pero siempre supo: una tristeza honesta, la
soledad que el rechazo de un entorno supuestamente aceptable construyó día tras
día, la resistencia, el agobio.
En la profundidad del silencio que sólo le pertenece, sabe
de una luz, tan ínfima como íntima, es la esperanza juguetona sosteniendo su
alma que cree.
Aflora así su persona invalidando los algoritmos, se
encuentra.
Vuelve al final, septuagenaria, lo hace principio, venerando
la vida para seguir viviendo.
El gato ronronea.
Buenos Aires, 15 de junio 2026
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