domingo, 12 de julio de 2026

Los personajes

 

Con la salamandra encendida intentando paliar el frío que no se detiene ante el vidrio de la ventana, observa sus manos y calcula su vida en años. Sonríe ante saberse venerable y heroica si estuviera en la Edad Media; si viviera en plena Revolución industrial, la senectud la definiría; le causa gracia ser “de edad avanzada”; y la deprime que le digan septuagenaria, vieja pero activa. Ahora se habla de los baby boomer, ésto la entusiasma, le sugiere futuro, aunque en la lista de las generaciones vaya quedando fuera del papel.

Mira la piel de sus manos acariciando al gato que se trepó en su regazo. Cierra los ojos. Setenta años de acumular en la memoria recuerdos e imágenes que a través del celular, (regalo de su nieta en la última navidad), Google fotos y la inteligencia artificial con sus algoritmos, elige arbitrariamente o no, para que los reviva como en una película sin límite de continuidad.

Abre los ojos, busca el teléfono, el gato se incomoda por el movimiento, pero ronronea y se reubica. Abre la aplicación y se encienden los recuerdos que a Google fotos les parecen apropiados.

Verse en cada una de esas imágenes le cuesta, no se reconoce, ve a un personaje: una viuda tratando de buscar un destino con una sonrisa permanente arqueando sus labios; una madre dejando sus días en los días de otros a los que abraza con ternura; una profesional poco paga orgullosamente rodeada de sus colegas, tizas, pizarrones y carpetas; una joven apasionada que rompe con todos los moldes de lo que “debe ser” porque sabe que no encaja; la adolescente cuestionadora y sumisa, paradoja de una edad de controversias; una nena con flequillo y modos como los de Mafalda de Quino que sale al mundo de la vereda en un triciclo color rojo, una beba gordita de ojos oscuros en una cuna blanca.

Sin embargo, sabe que en estos personajes que se van sucediendo como filminas proyectadas en la memoria, hay una persona. Intenta encontrar lo que la distingue más allá del rol temporal que la imagen le muestra como  si fuera único.

¿Qué hay detrás de esos retratos? Cada uno encierra algo que la conmueve, pero nada lo delata.

Se detiene a observar cada cuerpo, cada pose, fija la mirada en los ojos, siempre oscuros, siempre grandes, siempre abiertos.

Entra en las pupilas y viaja a lo desconocido para seguir buscando…

En el fondo de ese mar oscuro encuentra al fin lo que nunca hubiera querido encontrar pero siempre supo: una tristeza honesta, la soledad que el rechazo de un entorno supuestamente aceptable construyó día tras día, la resistencia, el agobio.

En la profundidad del silencio que sólo le pertenece, sabe de una luz, tan ínfima como íntima, es la esperanza juguetona sosteniendo su alma que cree.

Aflora así su persona invalidando los algoritmos, se encuentra.

Vuelve al final, septuagenaria, lo hace principio, venerando la vida para seguir viviendo.

El gato ronronea.



Buenos Aires,  15 de junio 2026

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