Mabel nunca
olvidará el piso de damero de la cocina donde jugaban, comían y hacían los
deberes con Lucía, su hermana menor. Se sentaban alrededor de la única mesa de
madera oscura. Una pequeña ventana dejaba entrar el sol del atardecer y los
rayos siempre se detenían en sus ojos haciéndola lagrimear.
Recuerda al
piso como un tablero de ajedrez, y a ellas, como las piezas que el entorno, los
miedos y las decisiones fueran moviendo para avanzar hacia el triunfo o ser
devoradas por un enemigo inexistente pero real como el destino.
En esas
mismas sillas, alrededor de esa misma mesa, Lucía le susurraba sus aventuras,
sus dudas, sus confidencias, amasaban sueños que las conectaban como hermanas,
hijas de una madre trabajadora, casi ausente, y un padre que cerró
definitivamente la puerta de entrada de la casa cuando ellas aún no alcanzaban
la altura del picaporte.
Crecieron,
ambas, y se dispersaron los momentos compartidos. Entraron amigos, de los
buenos y de los no tanto; para Lucía los unos, para Mabel los otros.
Fuera de la
cocina los caminos se hicieron distintos, tan diferentes que sorprende que se
hayan iniciado en un mismo origen.
Lucía hoy es
abogada, es madre de dos hijas y vive en una casa blanca con una cocina que da
al jardín donde el sol no aturde.
Mabel sigue
comiendo de un subsidio de desempleo, mudándose de un hogar de paso a otro,
derribando uno a uno los sueños cocinados alrededor de la mesa oscura sobre un
piso de damero, tablero de ajedrez donde Lucía es reina y Mabel, peón comido.
Mabel supo y sabe
que el peón puede comer a la Reina, pero Mabel decidió guardar para siempre el
secreto de su hermana, aquel que una tarde le susurró cuando el sol entró y la
hizo llorar.
Consigna: texto
basado en las impresiones sobre la pintura “La casa de las solitarias” de Norma
Bessouet
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