domingo, 12 de julio de 2026

Ajedrez

 

Mabel nunca olvidará el piso de damero de la cocina donde jugaban, comían y hacían los deberes con Lucía, su hermana menor. Se sentaban alrededor de la única mesa de madera oscura. Una pequeña ventana dejaba entrar el sol del atardecer y los rayos siempre se detenían en sus ojos haciéndola lagrimear.

Recuerda al piso como un tablero de ajedrez, y a ellas, como las piezas que el entorno, los miedos y las decisiones fueran moviendo para avanzar hacia el triunfo o ser devoradas por un enemigo inexistente pero real como el destino.

En esas mismas sillas, alrededor de esa misma mesa, Lucía le susurraba sus aventuras, sus dudas, sus confidencias, amasaban sueños que las conectaban como hermanas, hijas de una madre trabajadora, casi ausente, y un padre que cerró definitivamente la puerta de entrada de la casa cuando ellas aún no alcanzaban la altura del picaporte.

Crecieron, ambas, y se dispersaron los momentos compartidos. Entraron amigos, de los buenos y de los no tanto; para Lucía los unos, para Mabel los otros.

Fuera de la cocina los caminos se hicieron distintos, tan diferentes que sorprende que se hayan iniciado en un mismo origen.

Lucía hoy es abogada, es madre de dos hijas y vive en una casa blanca con una cocina que da al jardín donde el sol no aturde.

Mabel sigue comiendo de un subsidio de desempleo, mudándose de un hogar de paso a otro, derribando uno a uno los sueños cocinados alrededor de la mesa oscura sobre un piso de damero, tablero de ajedrez donde Lucía es reina y Mabel, peón comido.

Mabel supo y sabe que el peón puede comer a la Reina, pero Mabel decidió guardar para siempre el secreto de su hermana, aquel que una tarde le susurró cuando el sol entró y la hizo llorar.

 

 

Buenos Aires,  22 de junio 2026 

Consigna: texto basado en las impresiones sobre la pintura “La casa de las solitarias” de Norma Bessouet

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