Se desperezó en la cama temprano. Es viernes, pero a diferencia de otros viernes, hoy es dueño de sus horas. Hoy no hay despertrador, ni horario de entrada ni de salida, ni tiempo acotado para el almuerzo. Hoy es primero de mayo, día internacional del trabajador.
Es extraña la sensación de que en muchas partes del mundo haya hombres y mujeres celebrando este día, día que allá por 1883, en una tierra lejana a este paraje de la provincia de Buenos Aires, unos cuantos trabajadores conquistaron el jornal de ocho horas dejando su sangre en ello.
Es un día soleado. Se levanta sin apuro a despertarse con el café recién preparado. - Hay tiempo - se dice - Hay tiempo para todo- repite.
Aprovecha la mañana para acomodar el rancho, airear, poner a lavar la ropa acumulada en la semana, y ya cerca al mediodía sale con su banco de madera a matear tranquilo rodeado de sus perros, sus gatos, y algo más lejos, las pocas vacas que pastorean.
Bajo la sombra que proyecta el fresno sobre la pequeña galería, a resguardo de una brisa fresca y de un sol amable, fija su mirada en el horizonte que tantos viernes le es vedado contemplar por la jornada laboral.
Las manos sostienen el mate, algo arrugadas por la edad, algo suaves, algo secas, siempre fuertes, siempre atentas.
Recordó su primer día de trabajo en el negocio. Comenzó como ayudante para acomodar el depósito con olor a herramientas, clavos, tornillos, frascos con líquidos de aroma penetrante.
Tenía apenas dieciseis años cuando después de trabajar en el campo durante cuatro años como peón de segunda, logró conseguir el empleo en el pueblo, lo que le permitió sobre todo, terminar la escuela.
Fue hace más de treinta años le marcó la memoria.
El fue creciendo, así como el negocio y las tareas se fueron ampliando en responsabilidad y conocimiento.
En medio de los recuerdos, no pudo más que sonreír reconociendo con orgullo que no hay rincón del negocio ni objeto que se ofrezca que él no conozca o que le depare algún misterio.
La madurez fue borrándole la timidez primera, y hoy, detrás del mostrador saluda a cada cliente por su nombre y con su historia. Cuando alguno frecuenta el negocio por primera vez, él se encarga con pocas palabras y mucha empatía que se sienta rápidamente amigo de la casa.
Con esos pensamientos fue vaciando el termo mientras se pasaba la hora de una siesta tardía, pero hoy, bien merecida.
Así fue que después de dormir, se levantó como para acompañar la hora del crepúsculo, hora especial de naranjas y azules tornándose en negro profundo.
Se quedó afuera hasta que las estrellas se reflejaron en el vidrio de la ventana.
Sacó galleta de la bolsa, un vaso de la alacena que llenó de vino y cortó lonjas de un trozo de carne asada algún otro día..
Con eso calló al hambre que le cantaba en el estómago.
La noche estaba linda. Salió de nuevo a la galería y quedó prendido de la luna junto a sus memorias y recuerdos.
Mañana habrá que salir de nuevo, mañana ya no serán suyas todas las horas, mañana temprano vuelve a abrir el negocio, y vendrán los clientes, los amigos, los de siempre, los de "a partir de ahora".
Con sus manos volverá a envolver tornillos, a ajustar tuercas, recomendar herramientas, separar martillos, ofrecer llaves y desparramar empatía.
Los laureles, Saladillo, 03 de mayo de 2026