Desde que tuve mi primer cámara fotográfica, una Kodak fiesta de plástico, pasando por una Minolta X 700, modelo que aún no estaba en el país pero que gracias a mi padre, vino navegando por el Atlántico en el camarote del Capitán de un buque de carga, hasta las dos cámaras digitales Nikon fruto de mi inversión y esfuerzo, puedo afirmar que no cesé de disparar el obturador en cuanta ocasión se me presentara. Al principio, cuando el costo del rollo de treinta y seis cuadros y su revelado me limitaban, sólo usaba la cámara en reuniones familiares o viajes.
En la
fotografía encuentro el instrumento para el registro histórico visual, la
permanencia de un momento único e irrepetible, un gesto, una mirada, una
lágrima, una mueca, una sonrisa, una luz que jamás se repetirá. La imagen lleva
en sí una historia, una emoción, un relato, un alma que ilumina con sus colores
y sus sombras lo que no se ve, sugiere lo que a veces se revela, o no.
La vida grabada
en blanco y negro, con sus oportunos grises, duró varios años hasta que la tecnología permitió que los momentos
tomaran color, se podía jugar con los paisajes, modificar la luz, teñirlos con
filtros de diferentes colores transformando rojos y cálidos atardeceres en
oscuras amenazas de un cielo aterrador. Así es que miles de fotografías de
paisajes, aves, flores, grupos, reuniones y soledades se empezaron a acomodar
en álbumes, pendrives y discos externos, dejando lugar para las que vendrán.
Pero hay una
foto de mi madre que guardo aparte. Está sentada sobre los escalones frente a
la puerta de entrada, con una pollera escocesa de lana azul con líneas verdes,
blancas y rojas demarcando los cuadros típicos, un pullover de cuello redondo
del mismo tono azul, las piernas paralelas, unos zapatos negros bien lustrados,
las manos entrelazadas sobre su regazo, el cabello corto, ordenado, de color
castaño con ciertos reflejos dorados, y la cabeza inclinada, con los ojos ocultos
ajenos a la cámara. ¿Qué hay detrás del disparo del obturador en ese instante
sin mirada?
La foto de mi
madre sin mirada, de ojos ocultos, ese detalle que me conmueve, que me habla al
corazón y no quiero escuchar. Lo que la fotografía no muestra, pero dice.
Será por eso,
que de las más de diez mil fotografías que llenan los álbumes de la biblioteca
y los discos de la computadora, es ésta, la única que guardo aparte.
(*) spectrum: la fotografía como el retorno de lo muerto
según Roland Barthes)
Buenos Aires, 13 de junio de 2026
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