Es una hora especial para entrar en un bar. No da para un café, tampoco para un vino. Las mesas están casi vacías. El cielo pinta de gris oscuro el aire, hace frío y la neblina empapa calles y miradas.
Saca del bolsillo el viejo celular sólo para saber que son casi las cinco de la mañana, más parecido a una noche interminable que al comienzo de un nuevo día.
Sabe de su hambre que saciaría con un buen guiso caliente y un vaso de vino tinto, pero no es hora; la cocina del bar huele a café, pan tostado y medialunas.
Decide entonces aplacar el vacío y dejar pasar el tiempo tomando un café con leche ( el más grande que sirvan - así lo pide-) y las tres medialunas de la promoción.
Va sorbiendo del tazón mientras mastica pedazos breves que le llenan la boca de un sabor dulce que alivia, aunque aún incapaz de arrancarle la amargura.
Mientras las luces se van apagando ante el avance de la poca claridad de una mañana nublada, fijó la mirada en un punto indefinido sobre la calle, desconocida - los pasos andados no tuvieron rumbo ni destino-.
Quedó allí, mirando la nada, pensando en todo, alejado del creciente bullicio, llorando apenas, sobrepasado por el dolor, el propio, el ajeno.
¿ Cómo prolongar las últimas gotas del café? ¿ Cómo multiplicar las migajas dulce?
El tiempo avanza sin pretenderlo. Lo que fue se va sin retorno.
Sacó del bolsillo unos billetes arrugados, un par de dos mil pesos, otros de cien, alguno con la imagen del General Roca, otros con el rostro de Evita....paradojas.
El vuelto que recibió de las manos amables del mozo de ojos cansados le supo a el último café con medialunas que bebería en un bar hasta que el trabajo volviera a su vida.
Pisó los baldosones desparejos de la vereda humedecidos por la garúa que no cesaría ese día ni en los próximos, como la humedad de su alma y el frío de un cuerpo más que duerme en la calle.
Los laureles, Saladillo, 04 de junio de 2026