jueves, 1 de octubre de 2026

Recuerdo infantil

En la memoria viajo al barrio de Belgrano en la década del 50, cuando las casas eran bajas con tejas rojas, tenían jardines grandes, las calles eran todas de adoquines, los vecinos se conocían y los chicos jugábamos en la vereda. Yo tendría unos cuatro años y mi hermano mayor, no llegaría a los seis.

A veces, bajo la mirada atenta de mamá, o de Tata, la señora que trabajaba en casa y que hacía un puré suave y delicioso, podíamos jugar un rato en la vereda, que también era un lugar de encuentro de vecinos.

La calle era silenciosa, apenas pasaba algún auto, muy pocos, pero sí lo hacían carros tirados por caballos: el del lechero, el del vendedor de cosas de mimbre en el que colgaban y se mecían canastos, palmetas, abanicos, cosas raras, bandejas, o lo que yo creía que eran bandejas, pero el carro que más me entusiasmaba que pasara era el del sodero, que lo hacía cada dos días. En ese entonces, la soda venía en sifones de vidrio en cajones de madera acomodados en el cuerpo del carro.

Los días que pasaba el sodero para llevarse el cajón con los sifones vacíos y dejar los cajones con los sifones llenos, eran los más emocionantes de la semana. Desde la primera vez que nos dijo de llevarnos a dar una vuelta, y mamá, que confiaba mucho en él lo permitió, nos hacía subir  y sentarnos con él en el pescante. Con un movimiento de las riendas, el caballo empezaba a andar y el sonido de las ruedas de madera y el clap clap de los cascos del caballo sobre los adoquines era el principio de la aventura.

¡Nos llevaba a dar una vuelta manzana completa! ¡Todo un mundo por descubrir más allá de nuestra vereda! El carro y nosotros nos movíamos con el vaivén propio del andar sobre adoquines, haciendo sonar los sifones entre sí. Algunos vecinos al vernos se reían y nos saludaban. Nos sentíamos reyes devolviendo el saludo. 

El viaje más allá del portón de casa y la vereda, en el carro con el sodero y su caballo está intacto en mi memoria. 



Buenos Aires, 01 de octubre de 2026

La dieta

A Laura se le ha dado por el veganismo o no se qué otra cosa. Cada vez limita más lo que come. ¡El otro día tampoco quiso comer una ensalada de lechuga que le preparé especialmente cuando nos reunimos en casa! Con las chicas comentamos que desde que dijo que no iba a comer más carne, siguió con los huevos, hasta ahora que apenas come, está cada vez más irascible, nerviosa, flaca y hasta se la nota triste.

La verdad es que esta moda de empezar a comer “sano”, de la cual Laura parece ser una acérrima seguidora nos está hartando a todas y si le decimos algo se enoja o se queda callada, lo que nos fastidia aún más.

La vemos pálida, desganada, le insistimos de buena manera a que modifique este estilo de alimentación que vemos no le hace nada bien. Es una muy buena amiga. Crecimos juntas, la queremos mucho, pero su actitud cada vez nos aleja más. Las últimas veces que organizamos una salida, no la llamamos. No me siento bien por lo que hicimos, pero no puedo dejar de sentir que es un alivio, que sin ella la salida es más divertida.

Así fue como poco a poco la fuimos viendo menos, de vez en cuando un mensaje por whatsapp, y muy de vez en cuando, compartíamos un té.

La última vez, se levantó apurada después de tomar sólo agua diciendo que tenía un compromiso. Nada más raro en Laura.

Se fue caminando como si fuera un espejismo. Las chicas se quedaron pidiendo una porción de torta Sacher, toda una tentación en esa confitería, pero yo no pude. Me levanté, y sin decir nada la seguí a Laura hasta el Hospital Militar, a la sala de quimioterapia. 



Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026

La voz de Ofelia

 

En cuanto apagó la luz se largó la tormenta. Sólo se dio cuenta de que se había cortado la electricidad cuando Francisco y Ofelia, sus vecinos, casi tiran la puerta a los golpes.

Las chapas del techo de la casa de al lado estaban tan perforadas como un colador de fideos, no pasaban ramas ni hojas, pero el agua caía a raudales, hasta que una rama del plátano de la vereda cayó sobre él hundiéndolo; de colador pasó a ser un embudo que acumuló suficiente agua como para vencer el techo. El ruido aquel fue el que creyó sería de un trueno.

Ofelia tenía los brazos cargados de un enmarañado ovillo de ropa, una colcha, la cartera, un paquete de yerba, el mate, un enredo de todo lo que fue encontrando a su paso en tanto la lluvia le empapaba el cuerpo y le ahogaba el alma.

Francisco quiso salvar el colchón y como un pulpo de brazos desordenados traía en ellos la pava eléctrica, el cargador del celular, el viejo farol de noche y una botella de gaseosa que parecía despedirlo sobre la mesa cerca de la puerta.

Antonio les abrió, tanteó en el cajón un par de velas Ranchera, trajo sus dos únicas toallas, una para Ofelia, otra para Francisco que iba dejando las cosas donde pudiera.

Al rato, estaban los tres sentados sorbiendo la penumbra en un mate, en silencio, sin mediar palabra hasta poder recuperar el aliento.

Ofelia fue la primera en sacar al aire lo que mantenía en la punta de la lengua.

- ¡Otra vez! – la síntesis de una situación multiplicada a lo largo y ancho del barrio.

No era necesario decir más. Las miradas bajas fueron suficientes.

Se reconocieron hartos de las palabras vacías y los oídos sordos en innumerables asambleas de vecinos, de la intendencia distante, de la desidia y el desinterés, de la precariedad del esfuerzo individual…

Así pasaron la noche, pasó la tormenta.

Aún en el silencio que reconoce que ya no tiene sentido la denuncia, levantaron la mirada, se encontraron y se dijeron todo, lo que hacía falta, ni una palabra más.

 Hicieron de sus manos una férrea voluntad, de  sus brazos una decisión, del tiempo un camino, ataron nudos, tejieron redes

Nació la cooperativa. Techos nuevos en casas nuevas.

Fue otra vez la voz de Ofelia la que habló:

- ¡Ahora sí. Ya, no más! – y se escucharon los aplausos bajo una tormenta.




Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026