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jueves, 1 de octubre de 2026

La voz de Ofelia

 

En cuanto apagó la luz se largó la tormenta. Sólo se dio cuenta de que se había cortado la electricidad cuando Francisco y Ofelia, sus vecinos, casi tiran la puerta a los golpes.

Las chapas del techo de la casa de al lado estaban tan perforadas como un colador de fideos, no pasaban ramas ni hojas, pero el agua caía a raudales, hasta que una rama del plátano de la vereda cayó sobre él hundiéndolo; de colador pasó a ser un embudo que acumuló suficiente agua como para vencer el techo. El ruido aquel fue el que creyó sería de un trueno.

Ofelia tenía los brazos cargados de un enmarañado ovillo de ropa, una colcha, la cartera, un paquete de yerba, el mate, un enredo de todo lo que fue encontrando a su paso en tanto la lluvia le empapaba el cuerpo y le ahogaba el alma.

Francisco quiso salvar el colchón y como un pulpo de brazos desordenados traía en ellos la pava eléctrica, el cargador del celular, el viejo farol de noche y una botella de gaseosa que parecía despedirlo sobre la mesa cerca de la puerta.

Antonio les abrió, tanteó en el cajón un par de velas Ranchera, trajo sus dos únicas toallas, una para Ofelia, otra para Francisco que iba dejando las cosas donde pudiera.

Al rato, estaban los tres sentados sorbiendo la penumbra en un mate, en silencio, sin mediar palabra hasta poder recuperar el aliento.

Ofelia fue la primera en sacar al aire lo que mantenía en la punta de la lengua.

- ¡Otra vez! – la síntesis de una situación multiplicada a lo largo y ancho del barrio.

No era necesario decir más. Las miradas bajas fueron suficientes.

Se reconocieron hartos de las palabras vacías y los oídos sordos en innumerables asambleas de vecinos, de la intendencia distante, de la desidia y el desinterés, de la precariedad del esfuerzo individual…

Así pasaron la noche, pasó la tormenta.

Aún en el silencio que reconoce que ya no tiene sentido la denuncia, levantaron la mirada, se encontraron y se dijeron todo, lo que hacía falta, ni una palabra más.

 Hicieron de sus manos una férrea voluntad, de  sus brazos una decisión, del tiempo un camino, ataron nudos, tejieron redes

Nació la cooperativa. Techos nuevos en casas nuevas.

Fue otra vez la voz de Ofelia la que habló:

- ¡Ahora sí. Ya, no más! – y se escucharon los aplausos bajo la tormenta.




Buenos Aires, 28 de septiembre de 2026




sábado, 22 de noviembre de 2025

el bosque

 Dentro del bosque no hay sendero marcado ni rumbo que indique un destino. El sol en su trayectoria es una pista cuando no se esconde entre las copas tupidas de los árboles. Los sonidos son señales, indicios que vienen del aire, de la hojarasca, de las madrigueras ocultas.

El bosque es misterio de incesante e imperceptible movimiento, de cantos repentinos y aleteos invisibles. Es el alma de infinitos latidos.

Cuando el viento o la tormenta lo recorren, las hojas se agitan en lo alto y lo que habita en tierra se eleva como si no tuviera peso. Todo él calla. Una única voz lo atraviesa tomando todas sus voces y marcando un único ritmo al cual obedecen todas las almas. 

El bosque se deja atravesar.

La calma devuelve los sonidos propios, el movimiento incesante e imperceptible. Pero el bosque no es el mismo.

En tormentas y entre vientos, las almas callan, y como el bosque, renacen en infinitos latidos.



Buenos Aires, 22 de noviembre 2025