Sobre la mesita de hierro de la galería descansa el mate, el termo y la cámara de fotos ansiosa de preservar un momento único, un color especial, algo que la memoria sea capaz de agradecer. A lo lejos un molino descabezado se alza sobre el cielo de una tarde indefinida, color celeste pálido con manchas.
Se escucha un motor andando. Contra el horizonte avanza el viejo tractor llevando la tolva que desparrama las semillas en surcos bien marcados y hambrientos de cosecha.
Las vacas inmutables siguen mordisqueando el poco pasto que les dejó la última sequía. La única yegua de lomo hundido y ancas flacas anda sin molestarse entre la hacienda.
Cualquiera diría que es una tarde cualquiera; y como cualquier tarde, se va yendo detrás de un sol que apenas ha aparecido.
El ruido del motor se escucha cada vez más lejos, se va haciendo silencio y cae la noche, como una noche cualquiera.
También se oscurece la tierra y se empareja a la luz de las estrellas; pero para ella no es una noche cualquiera. Ella conoce donde están los surcos que acuna la esperanza, se hincha el germen de lo que tal vez sea una abundante cosecha, donde se abrazan juntas las fe, la entrega y la espera a la luz de las estrellas.
No, no fue una tarde cualquiera, fue una tarde de siembra.
Saladillo, Los Laureles, 17 de abril de 2026
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