La miro. No distingo los detalles de su rostro ni de su vestido. Siento que me mira mucho más allá de lo que aparenta su figura.
Cuando detengo mis ojos en ella, me cuesta abandonarlos, me atrae, me acompaña, me conoce. Sin darme cuenta empiezo a hablarle, a contarle, a pedirle tanto como agradecerle aún cuando sabe cada una de mis palabras antes de que las pronuncie.
Recuerdo el día que llegó a casa.
Una tarde soleada y fresca del mes de mayo te dio la bienvenida y quisiste quedarte allí, en el lugar desde donde nos verías siempre y desde donde nosotros pudiéramos verte.
Fueron las manos diestras de un hombre sencillo y generoso las que prepararon el lugar, y con la delicadeza de un artesano te dejó para siempre protegida e iluminada en un gesto de gratitud por tu protección y tu luz en nuestras vidas.
Aquí estoy, frente a vos, mirándote, hablándote, como siempre Madre, como siempre Virgencita de Luján.
Buenos Aires, 28 de abril de 2026
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