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lunes, 6 de abril de 2026

El aguaribay de mi jardín

Fue un domingo de octubre de hace más de veinte años cuando regalaban semillas de aguaribay a quienes nos acercábamos con flores a las tumbas de nuestras madres ( en mi caso, rosas del jardín que ella misma había plantado.).

Guardé el sobrecito con las semillas en un cajón que abrí mucho tiempo después, como generalmente ocurre con los cajones de los muebles que ocupan un espacio sin utilidad.

Tomé el sobre y decidí poner las semillas en una maceta intuyendo lo inútil de mi gesto ya que seguramente estaban vencidas.

Habrán sido unas seis u ocho, muy pequeñas, de las cuales para mi sorpresa, una germinó.

La iba mudando de maceta como si fuera un muchacho creciendo que cambia el talle de sus pantalones, hasta llegar a una de más de veinte litros que creí definitiva.

Allí fue creciendo, allí sus raíces ahondaron en lo profundo, se fortalecieron y se rebelaron ante el límite impuesto perforando las lajas en busca de más alimento.

Me hice cargo de su reclamo. Con la única pala disponible, brazos fuertes y una voluntad tan férrea como generosa, mi marido hizo el pozo donde elegimos plantarlo. 

¡Parecía tan pequeño!- como si el jardín le quedara grande y la maceta chica.

Sin que me diera cuenta, su cuerpo tragó la guía que le habíamos puesto. Sencillamente la hizo suya.

Hoy su altura es de varios metros y su tronco nos permite abrazarlo.

Sus hojas son delicadas, y caen confiadas de las ramas que las sostienen. Se dejan atravesar por la luz, por el sol, por el gris de las nubes y las gotas de las tormentas.

Se dejan atravesar. Quedo prendida en esa idea.

Caen formando un velo que permite ver más allá de ellas.

Se dejan mecer por la brisa sin miedo, y aceptan su desprendimiento ante la voracidad de una tormenta, del hambre ardiente de una sequía o sencillamente mueren para que otras vivan.

Es un árbol perenne. Aún así hubo etapas de ramas ralas, follaje escaso, casi una agonía. Una fuerza desde sus entrañas le devolvió su porte. No pregunto el secreto pero acepto su misterio.

Hoy, su delicado y abundante follaje me acaricia cuando paso debajo de su copa que ocupa casi la mitad del jardín. En sus ramas descansan y cantan zorzales, benteveos, calandrias y ratonas. Algunas veces se acercan colibríes. 

Sus semillas se plantan en el mes de octubre. Cuando lo contemplo y lo abrazo siento el espíritu de mi madre,  el alma de la tierra, la paz que se alimenta en la profundidad y la misteriosa sabiduría de la vida.



Buenos Aires, 06 de abril 2026

lunes, 9 de febrero de 2026

Imagen

 Es de noche. Mientras escucho música me detengo en ella, la observo en detalle:

Hay quietud a pesar de que se adivina una brisa . Parece ser de una tarde, o tal vez de una mañana; las sombras no son claras, los contornos de las hojas son nítidos y brillan según la luz que las ilumina. Imagino un tronco grueso que se abre en brazos fuertes donde ellas, delicadas, se mecen en silencio por el aire del momento, preciso y exacto.

Supongo un jardín escondido, de paredes verdes y enredaderas supuestas. Tal vez las flores emanen su perfume, quizá rosas, lavandas o jazmines...

El silencio ahora deja que la imagen me habite.

Cierro los ojos. Sueño con irme a dormir bajo el aguaribay de la foto que guardo en el cajón, en la memoria y en el alma.


Buenos Aires, 08 de febrero 2026

martes, 6 de noviembre de 2018

Árbol

Si en tu cuerpo habito
de raíces bebo,
acuno sueños,
y cobijo nidos,
con el viento hablo,
lloro en el rocío,
sin lágrimas ni brazos,
sin manos ni oídos.
Porque soy tierra
y también aire,
porque soy agua
y también caricia.
Porque soy árbol,
porque soy vida.