Dentro de la capucha de la campera y detrás del bulto de su mano contraída se sugiere el cabello seco, enmarañado, el rostro hundido en lo que parece una cueva que lo protege de la indiferencia. Su cuerpo está cubierto por dos o tres trapos del tamaño de una manta que no alcanza. En el otro extremo se asoman lo que otrora fueran zapatos.
Está en la vereda, pegadito a la pared como único reparo, absolutamente inmóvil, como una piedra, como un muerto, sumido quizá en un sueño obligado porque duele la vigilia de quien perdió su derecho a ser.
Como él, habitan en otras veredas, o bajo los puentes, donde haya un rincón que los proteja.
Son las caras sin nombre, los pies sin destino, las manos vacías, el silencio del hambre acurrucado, es el paisaje acostumbrado de una ciudad cruel.
Buenos Aires, 30 de julio de 2026
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