La taza de mate cocida y dos galletas de avena son mis compañeras en esta tarde de invierno, no tan fría, pero sí nublada.
¡El campo está tan quieto! Como si la humedad y el aire lo aplastaran y no pudiera escaparse porque las nubes pesan. No parece venir una tormenta, aunque acaso llueva, capricho de un clima terco.
Las cotorras no dejan de sonar, impidiendo el silencio tan ansiado para esta hora que desea ser apacible, a la espera de que caiga el velo del anochecer.
Caminando las alambradas encontré la serenidad que las paredes me negaban, pero no la respuesta que ando buscando y espero.
Si acaso mi lógica no la encontrara, pido a la tierra que la siembre en mi alma, tan profundamente que sea imposible que no madure y crezca.
Deseo que el camino venidero, la senda que he de transitar, arda en mí como el fuego en la hoguera.
Que sea Dios quien me hable al corazón sobre esta tierra.
Los Laureles, Saladillo, 28 de julio de 2026
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