La tierra rica las alimentó hasta que rasgaron su piel para echar raíces. Se alzaron lentamente hasta derrotar a la superficie y sorprenderse bajo el sol tibio de primavera.
Uno engrosó su cuerpo y extendió sus raíces con la avidez del hambriento; la otra, decidida en su fragilidad, lucía un verde suave e intenso, esbelta, abría sus raíces con la delicadeza de quien sabe a donde va.
En las noches frescas hacían bullir cada uno lo que el día les había ofrecido poniendo todas sus fuerzas en el desarrollo que las hizo madurar y verse por primera vez bajo un sol radiante de una mañana de octubre.
El tiene unos brazos largos y fuertes, cara redonda oscura como la tierra y ella, delicada, de mirada más clara, casi del color del sol, con su cabello blanco enmarcando la redondez perfecta de su rostro.
Se observaron con admiración. La luz sombreó una sonrisa en cada uno. Con la brisa como aliada, movieron sus cuerpos con vaivenes seductores hasta que el anochecer los sorprendió.
Entonces él, bastante más alto, inclinó su cabeza hacia ella como un acto de admiración y entrega, ella se mantuvo erguida aceptando la ofrenda.
La tierra recibió la luz de las estrellas y ellos quedaron quietos, amándose en silencio; en tanto sus raíces siguieron avanzando a oscuras animadas por la riqueza. Se tocaron allí en lo profundo. La savia se agitó hasta estremecer sus cuerpos.
Las raíces se enredaron de tal forma que si uno de ellos fuera arrancado, el otro moriría sin remedio.
Y aunque para el aire y el sol sigan siendo dos flores distintas, diferentes, en la profunda oscuridad son un solo amor eterno.
Buenos Aires, 23 de julio de 2026
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