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sábado, 22 de agosto de 2026

Los habitantes del jardín

 La luz se apoya sobre los malvones rojos, acaricia las hojas del perejil y abraza la redondez de los limones.

La lavanda y el romero soplan sus esencias ni bien el roce de la brisa las alcanza.

Las camelias visten al invierno sobre la pared blanca bajo el farol de hierro.

En tanto el aguaribay cobija la sombra con la delicadeza de su copa tenue y aromática.

La dama de noche brota anticipando su perfume en primavera mientras la reina de la noche se alza haciendo caso omiso de la maceta de donde se alimenta para acompañar a las estrellas con su flor blanca y efímera.

Un poco más allá, junto a la puerta, el olivo, aún pequeño pero tenaz en su crecimiento, prepara su porte para honrar el silencio de la oración y la riqueza de sus frutos.

Protegido por la imagen de la Virgen de Luján, a sus pies va queriendo hacerse árbol  el joven níspero.

Silenciosos, aún desnudos por la poda, los rosales se preparan para entregar perfume, color y belleza a este pedacito de tierra.

Honrando la imagen del Sagrado Corazón, tomó lugar el ginkgo biloba, uniéndose como vencedores de la muerte y la desolación.

Las azaleas blancas y rosadas hacen alarde de exuberante presencia en primavera para dejar grabada en el jardín la belleza de su ausencia.

Entre todos ellos, las clivias, los geranios, la glicina, el césped es bendecido por el paso callado de los ángeles y la mano amorosa del Creador.



Buenos Aires, 22 de agosto de 2026

lunes, 6 de abril de 2026

El aguaribay de mi jardín

Fue un domingo de octubre de hace más de veinte años cuando regalaban semillas de aguaribay a quienes nos acercábamos con flores a las tumbas de nuestras madres ( en mi caso, rosas del jardín que ella misma había plantado.).

Guardé el sobrecito con las semillas en un cajón que abrí mucho tiempo después, como generalmente ocurre con los cajones de los muebles que ocupan un espacio sin utilidad.

Tomé el sobre y decidí poner las semillas en una maceta intuyendo lo inútil de mi gesto ya que seguramente estaban vencidas.

Habrán sido unas seis u ocho, muy pequeñas, de las cuales para mi sorpresa, una germinó.

La iba mudando de maceta como si fuera un muchacho creciendo que cambia el talle de sus pantalones, hasta llegar a una de más de veinte litros que creí definitiva.

Allí fue creciendo, allí sus raíces ahondaron en lo profundo, se fortalecieron y se rebelaron ante el límite impuesto perforando las lajas en busca de más alimento.

Me hice cargo de su reclamo. Con la única pala disponible, brazos fuertes y una voluntad tan férrea como generosa, mi marido hizo el pozo donde elegimos plantarlo. 

¡Parecía tan pequeño!- como si el jardín le quedara grande y la maceta chica.

Sin que me diera cuenta, su cuerpo tragó la guía que le habíamos puesto. Sencillamente la hizo suya.

Hoy su altura es de varios metros y su tronco nos permite abrazarlo.

Sus hojas son delicadas, y caen confiadas de las ramas que las sostienen. Se dejan atravesar por la luz, por el sol, por el gris de las nubes y las gotas de las tormentas.

Se dejan atravesar. Quedo prendida en esa idea.

Caen formando un velo que permite ver más allá de ellas.

Se dejan mecer por la brisa sin miedo, y aceptan su desprendimiento ante la voracidad de una tormenta, del hambre ardiente de una sequía o sencillamente mueren para que otras vivan.

Es un árbol perenne. Aún así hubo etapas de ramas ralas, follaje escaso, casi una agonía. Una fuerza desde sus entrañas le devolvió su porte. No pregunto el secreto pero acepto su misterio.

Hoy, su delicado y abundante follaje me acaricia cuando paso debajo de su copa que ocupa casi la mitad del jardín. En sus ramas descansan y cantan zorzales, benteveos, calandrias y ratonas. Algunas veces se acercan colibríes. 

Sus semillas se plantan en el mes de octubre. Cuando lo contemplo y lo abrazo siento el espíritu de mi madre,  el alma de la tierra, la paz que se alimenta en la profundidad y la misteriosa sabiduría de la vida.



Buenos Aires, 06 de abril 2026