Hay cosas que van dejando de ser
como esa regadera oxidada
que descansa afuera en el jardín
como queriendo mantener viva
aquella tarde con mi madre.
Salíamos del consultorio
después del control periódico
de un cáncer que eligió a su cuerpo
para ponerla a prueba.
Sin darle lugar al desánimo
la lucha fue permanente y sostenida.
Esa tarde,
pasando por una ferretería
en una esquina que no recuerdo,
veo asomar una sonrisa en sus labios
y un cierto brillo en su mirada
con sólo verlas en la vidriera.
Sin preguntas, entramos al negocio
donde quedaron dos regaderas menos,
las que llevábamos en una bolsa al salir.
Pequeñas, de latón
como el viejo fuentón
donde se lavaba la ropa
(la primer pileta
de algún remoto verano).
Una para ella, otra para mí.
Muchas mañanas y sus tardes
las usamos para regar plantas y rosales.
Ella partió hace años
con la fuerza demoledora que siempre tuvo
ante tres ataques de la misma enfermedad.
Quedó su regadera,
la regadera que ya dejó de serlo,
para ser ahora memoria y recuerdo,
manteniendo viva en mi jardín
su lucha, su amor y su permanencia.
Buenos Aires, 28 de febrero 2026
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