A lo lejos se distingue su andar lento arrimando las vacas al potrero que aún tiene resto.
La boina clavada hacia un lado de la cabeza dejando apenas a la vista sus ojos claros, casi siempre entrecerrados, tal vez por costumbre de andar caminando bajo el sol del mediodía, tal vez por afinar la vista para reconocer estrellas.
Se lo ve por las mañanas dando fuerza al molino para llenar los bebederos y no hay alambrado que deje caído. Con la habilidad de quien aprendió temprano, endereza postes, ajusta esquineros, repara tranqueras y tranquerones. La hacienda, por poca que anda siendo, no se le escapa. La controla y la cuida porque la sabe fuente de su sustento.
NO se lo ha visto matear en el campo, pero agradece sonriendo la botella de vino que recibe por un favor correspondido.
Se lo supone solitario, de poca palabra, amable en sus modos, atento a dar ayuda a quien se le cruza y la necesita.
Su edad tiene a los vecinos intrigados. Las señales en su piel indican que no es joven, y la vejez no lo define.
Hombre de campo le dicen en el pueblo.
Hombre de campo él mismo se nombra.
Hombre de silencio, de rutina, de mate solitario y vino ligero.
Hombre cuyo sustento es para muchos alimento.
Los laureles, Saladillo, 05 de mayo de 2026
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