Se despejó el cielo, se corrieron las nubes y se alejó la tormenta; el cielo celeste, el sol a pleno, el aire liviano.
Pareciera que la luz llegara a todos lados, pareciera que los rincones húmedos y oscuros se van secando, que las sombras se diluyen, que los colores se definen.
El clima juega en el entorno, se hace cómplice de los espacios y se adentra como intruso en las emociones tornándolas grises, oscuras y húmedas. Pero pareciera que ellas también son acariciadas por la luz que va llegando, lentamente. Entonces se redefinen, se aclaran.
La luz...toda noche que se acerca al culminar el día, pinta de oscuridad todo cuanto toca en su travesía.
Y allí están los faroles con sus sensores, apagados, mudos y atentos.
Cuando perciben un nivel de oscuridad, sin esperar otra señal o dependencia, se encienden, no al mismo tiempo, sino que cada uno lo hace cuando detecta la oscuridad que hay que iluminar sin importar origen, clima o entorno. Sencilla y sensiblemente dan luz donde se impide ver...no es necesario un anochecer. Se encienden aún en las mañanas si éstas son grises y oscuras, porque hay necesidad de iluminar.
Un farol, un sensor...el alma farol para iluminar toda oscuridad.
Buenos Aires, 25 de noviembre 2025