jueves, 13 de febrero de 2025

Sencillamente, la vida en un día

 Acepté levantarme a la hora que desperté y redescubrí cuanta serenidad me da el amanecer. Es la hora en que la oscuridad deja de serlo sin darse cuenta. Nada se distingue, hasta que la incipiente claridad empieza a definir las formas. Aparecen sombras y contornos.

Cuando el amanecer se instaló como nuevo día, los colores identifican los nombres: el malvón, el aguaribay, el césped, la rosa, la lavanda, el limonero, la dama de noche, la camelia, las glicinas y azaleas.

Me sirvo un café, o un mate con pan, una tostada o galleta. Es la mañana, y como de costumbre, va empujando las horas.

El césped vibrante me recuerda que la tormenta fue breve pero de agua suficiente.  Se arriman los zorzales que con precisión admirable entierran el pico y atrapan lombrices desprevenidas o que el agua empujó a la superficie.

Apenas se percibe movimiento bajo el sol implacable del mediodía estival. El bullicio es imperceptible. Todo parece permanecer inmóvil. La vida, tanto la que recorre el aire, como la que se sumerge en el agua o en la tierra, parece tomarse un descanso, transcurre la siesta, afuera y adentro. Sólo cantan las chicharras.

Los zorzales vuelven a su vuelo, algún hornero picotea el pasto, las ramas se desperezan con la brisa del atardecer, el mate vespertino acompaña lento la desaparición de las sombras.

Contemplo silenciosa la hora del silencio, la hora mágica, y me dejo invadir por su misterio.

Cuando las estrellas se hacen ver en el cielo azul profundo busco la copa y el vino. lo bebo como voy bebiendo la vida, a pequeños sorbos que saboreo mientras armo tu presencia en la silla vacía.

La copa se va vaciando y el fondo del cristal se viste de rojo, como la sangre, la sangre compartida, la sangre perdida. El último sorbo lo dejé en la tierra, y con ese vino tu sangre bendice el jardín, nuestra tierra y nuestra vida.

Es noche cerrada, me voy a la cama; tu alma se acuesta conmigo.



Buenos Aires, 12 de febrero de 2025

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