Vuelve la mañana gris mientras intento robar los últimos rayos tibios a un sol escurridizo que, en pocos instantes, quedó absolutamente cubierto. Acepté a regañadientes que el fresco se iba apoderando de mi cuerpo tendido.
Recogí las cosas, me fui a dar un baño caliente para distender mi piel erizada y preparar todo para el regreso a una hora indeterminada dependiente de la decisión, la voluntad, y la posibilidad que se dieran oportunamente.
Me dirigí al restaurant y me senté frente a una ventana. Los manteles blancos, impecables, lucían sobre ellos copas y cubiertos para comensales por ahora ausentes. Es que el hotel estaba casi vacío. Es un día hábil de una semana sin feriados en un mes donde todo funciona, escuelas, fábricas, empresas, transportes, jueces y juzgados.
Los hospedados, que apenas somos cuatro, superamos con creces la edad jubilatoria, y en estos días mantenemos el espíritu de la amistad así como sostenemos la fuerza para disfrutar cada momento. Sabemos con absoluta certeza que la vida pasa. ¿ Sobre cuántas tumbas ya hemos llorado? ¿ Cuántas arrugas se hicieron dueñas de nuestros espejos? ¿ Cuántas heridas debilitaron nuestras fuerzas?
Son los días que vivimos los que nos plenifican y los momentos de cada día son sobre los cuales construimos nuestra plenitud.
Así es que sola, con la ventana a mi izquierda viendo el verde vibrante del césped contrastando con el gris plomizo de un cielo que no se decide entre la resolana y la tormenta, con los brazos tostados por el sol resaltando sobre el mantel blanco, decidí tomar un aperitivo. Aquel que me pareció más adecuado para la ocasión.
Sorbo a sorbo, en tanto los minutos avanzan, los pensamientos viajan entre los recuerdos, los que ya llevan tiempo en la memoria, y los que apenas están decidiendo si se quedan o no.
La tarde va saboreando conmigo cada instante vivido. para que se asiente con la fuerza de la emoción o lo efímero de lo que no vale la pena.
Así la tarde, sorbiendo el fluir de la vida, el Campari y yo.
Open Door, 11 de marzo de 2025
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