Desayunando en el hotel, los vi besarse en las mejillas arrugadas por esa edad sin fin de sueños, proyectos y conquistas, esa edad llena de surcos, de caminos transitados, donde hay espacio para nuevos surcos, nuevas arrugas, nuevas cicatrices, todas compartidas.
Se besaron con ternura y quedé prendida en esa imagen mientras salí a caminar bajo el cielo gris, perder la mirada en el húmedo verde y acariciar al perro negro que se paró a mi lado como adivinando mi soledad.
Sin saber ni preguntar porqué, el hombre del beso se acercó a contarme la historia de la fuente de hierro de 1880 que había comprado a un señor en San Vicente donde estaba desarmada e inútil. El hombre del beso es dueño del hotel donde me alojaba.
Me contó que la armó con la paciencia necesaria. La fuente de agua, la fuente de agua que canta.
Hicimos silencio mientras las gotas hacían sonar el metal como tañen las campanas. Quedamos sólo escuchando.
Me pregunto si la fuente canta para cada uno la melodía especial que toca al alma en su profundidad.
Unos minutos después volví al parque caminando lento, con lentas lágrimas cayendo de los ojos.
Open Door - 08 de marzo 2025
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