Es tarde.
Ella prepara la cena, él, corta leña.
Luisa, de
diecisiete años y mirada baja pone la mesa.
Con las manos
aún sucias, guarda el hacha y entra sin palabras. Se enjuaga las manos y
empieza a cortar el pan después de llenar el vaso de vino del cual bebe con
avidez. Luisa levanta la mirada, sólo de reojo para que no se note que los ojos
se le llenan de miedo y la mueca en sus labios que tiemblan.
La mujer
apoya la olla caliente sobre una tabla en la mesa, sirve los platos y los
alcanza, a él frente a ella, a su hija con la cabeza gacha.
Todos miran
al guisado comiendo de a cucharas y como si ninguno de los otros estuviera.
La jarra de
agua se va vaciando entre dos vasos, y la damajuana se inclina sobre el tercero
hasta quedar sedienta.
Los ojos de
las mujeres apenas se animan a dejar la mesa.
Él, limpia su
boca con el repasador, se levanta, y sin mirar a Luisa le dice:
- - Nena, ¡vení!
La madre
queda sola levantando la mesa, lavando los platos y llorando impotencia.
Los laureles, Saladillo, 29 de agosto 2026
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