"Jugar con las palabras,
atrapar imágenes, soñar,
entrar en las sombras y nombrar sus contornos, dibujar el alma con letras, deconstruir el mundo y lo que vivo...escribir"
El parpadeo de los árboles ante la brisa diminuta y la danza de las flores bajo el soplo imperceptible son los mensajes que no encuentran palabras en el abecedario.
Son las caricias sin piel, los secretos y sus respuestas infinitas.
Acallar el alma de consonantes estridentes y vocales voluptuosas es habitarla de vaivenes que nos acunan en la serenidad de los misterios y certezas.
La luna esboza su silueta en el mínimo oleaje mientras el horizonte cae tras el agua oscura del anochecer. Aparece el contorno de una forma que avanza sin velas por el mar inmenso como si buscara algo en la orilla lejana. En el contraste de oscuridades la barca se recuesta sobre la arena, tan silenciosa como las voces de una tumba. El barquero se acerca hasta no confundirse con las sombras. Le pregunto su nombre, responde que no importa. Sólo dice: “te vengo a buscar”.
Colmar de rosas el cuarto que bebió la sangre, es acariciar la voz que truncó la bala y hoy retumba en mis oídos como histórico mandato. Hay un decir inquieto en el silencio …y aún no termina de hablar. Cortar las rosas ( que crecen sobre esas huellas) es perfumar la ausencia, lavar la palabra, y hacerse uno, reconocer los ojos que jamás nos miraron, pero que ajenos desde un retrato, no se olvidan.
Hay un lazo irrompible por más distancias que lo cercenen. El silencio más poderoso jamás podrá callar al sustantivo que los une, y aunque la sangre corra por venas ajenas, es vida que fluye de un único origen.
Podemos irnos…sin despedidas, Caminar, sin tocarnos, Y aún así, Seguiremos siendo.
Sólo las torcazas entienden el silencio del paraíso desnudo como si llegara la muerte. En las mañanas miro su boceto mientras la noche acuna su belleza. Bajo el sol del noveno mes se adivina el encaje, vestirá de gala ... (aún no comprendo).
Pasaron tres años desde la muerte de su tía, una anciana de tez blanca y ojos negros, labios finos y cabello desordenado. La recordaba sonriéndole desde una extrema delgadez que siendo niño, le impresionó como si se tratara de un esqueleto. Desde la tarde en que ella suspiró en paz recostada en la cama de nogal, tomándole las manos y dejándole la mirada en sus ojos, él jamás volvió a tocar esa puerta cancel que tantos recuerdos oscuros y temerosos le traía. La noche que volvió a la casa se le antojó especialmente lúgubre. La luna estaba escondida tras inmensos nubarrones que predecían fuertes tormentas. Los servicios de luz y de gas habían sido dados de baja hacía más de un año. Al entrar, el aire nocturno simuló arrojar un atisbo de claridad sobre el piso de mosaico del hall, extremadamente oscuro. Efímero efecto que desapareció no bien cerró la puerta tras de sí. Con un poco de memoria y un tanto de tacto, fue avanzando hacia el escritorio, que, según su recuerdo, era una habitación reducida, o tal vez así le pareció por la cantidad de bibliotecas que colmaban las paredes. Sabía que una ventana espiaba la calle y confiaba en que el alumbrado público lo ayudara a moverse con más soltura. Palpó una puerta y retiró la mano con asco cuando las telarañas se enredaron en sus dedos. Las sacudió lamentando no haber llevado los guantes descartables ( ya se había sentido un infeliz al olvidar la linterna en su casa). Cuando abrió, no pudo evitar un suspiro de alivio. A través del vidrio empañado por la mugre de la ventana del escritorio se colaba un indiscreto y cómplice haz de luz. Le pareció que los pies cobraron firmeza. El rabillo del ojo le advirtió sobre una sombra en el único rincón de pared desnuda. El corazón le latió con fuerza y gritó sin vergüenza, sabiendo que nadie lo escucharía, ni tampoco acudirían en su ayuda. La sombra no se asustó. Quedó suspendida en la pared. Entonces tomó coraje y se acercó a observarla con detenimiento. Su propia sombra se interpuso entre las viñetas de un marco labrado con exageración y el yeso sucio de la pared. Se recordaba con siete años abrumado por la inmensidad de ese cuadro que lo miraba desde una altura prohibida para él. Jamás pudo olvidar el temor que le producían los vericuetos del tallado simulando extrañas máscaras, o quizá gestos voluptuosos.. Hoy le jugaban la misma experiencia, como si el tiempo no hubiera pasado o las alturas no se hubieran nivelado. El espanto lo invadió persiguiéndolo hasta la vereda. Respiraba con dificultad. Se inclinó apoyando sus manos en las rodillas y se descubrió adulto. Decidió volver a entrar. Fue sin pedirse permiso, y creyéndose valiente, se detuvo ante la caoba exquisitamente trabajada. Extrañas caracolas entrelazadas enmarcaban un paisaje marino en el que nunca se había detenido. No podía creer lo que estaba viendo. Se olvidó de lo que había ido a hacer. Sólo se llevó el cuadro. Ahora, cada vez que lo mira colgado frente a su escritorio, sueña con fantasmas y se rie de los miedos.
La soledad más infinita y dolorosa es el silencio de tu tarde, la noche a tus espaldas, las mañanas ciegas. Es la que se olvida de nosotros, la que mastica una salina, la que muerde el desierto y crece árida y sedienta. La soledad más punzante es la que se clava en tus manos, amordaza tu palabra y se desliza sobre tu piel esquiva. Es el tacto marmóreo, el gris áspero, cementino, la lluvia indecisa que no canta en el tejado.
¿ Cómo explicar que los días son oscuros y la noche soledad interminable? ¿ Cómo entender que la silueta se escapa tras una sombra indefinida sin pasos, sin huella, sin meta? ¿ Acaso podría imaginar por un momento que la piel no toca, los ojos se abruman y la palabra se vacía? ¿ Cómo explicar el giro sin norte ni sur que lo oriente?
No puedo responder con claridad. Nadie entendería. ¿ Para qué preguntar? ¿ Acaso es necesario un porqué para morir?
Se descubrió los ojos descorriendo la sábana hacia el pie de la cama. Ni los párpados cerrados disimulaban la felicidad que lo invadía. Bastaba verle los labios arqueados como luna creciente. Su respiración era lenta. Le tomé las manos y me recosté a su lado. Cerré los ojos. Nos encontramos bajo un roble enorme enmarcado por un verde extenso y brillante. Me sonreía. Dejamos la sombra para que el sol cegara nuestras miradas. La tibieza de su mano se quedó en la mía, y apoyados uno en el otro nos fuimos haciendo horizonte en tanto la oscuridad escondía nuestras huellas. ¿Fueron horas las quie pasaron? Tal vez la noche robó el calor de nuestras manos. Hace frío. Con un gesto le sugerí que diéramos la vuelta: " Regresemos al sol", me pareció decirle. No me escuchó, o no quiso responder. Cuando me intuí despierta, estiré la sábana. Creo que no respira.
Ni las estrellas se apagaron en la noche más oscura cuando toqué el vacío y el abismo rozó mis pies. Aún la luna, quejosa y oculta, se retiró a medias señalando, pálida, mi piel desnuda.
La miré sorprendida, como si la sorpresa fuera ella, pero fue su palabra. Una palabra insignificante: “entonces”. Ella la pronunció abrazada entre signos de pregunta, tan invisibles como contundentes. Entonces, el término que por sí solo carece de sentido lógico, cobró la lógica de la consecuencia, de la conclusión cayendo, inexorable, desde un razonamiento, aquel por el que ella me condujo con la astucia del profesional. -¿Entonces? – repitió mirándome a los ojos. En ese momento el reloj marcó el fin de la sesión. Ella se levantó y con una sonrisa me invitó a hacer lo mismo para ir juntas hacia la puerta. Palmeó mi hombro y se despidió en la penumbra frente al ascensor. “¿Entonces…?” me repetía internamente como apurando la respuesta que me negaba a decir, a pronunciar, porque la rechazo y me define. ¿Entonces?, entonces…soy adicta. Y sólo entonces, lloré.
La noche se despierta en el plumboso atardecer sombrío. La fusión se aleja y el calor se acuesta donde el fuego abandona la media de su día. El viento calla y el frío silba en las hendijas , enrojece la piel que la noche muerde derramando moras. Si hasta el polvo se cobija bajo la luna helada y el aire queda solo, diáfano, conmigo.