martes, 11 de junio de 2013

ciencia..¿y ficción?

La pobreza es palabra del olvido, que sólo queda impresa en diccionarios actuales con el fin de ayudarnos a comprender tiempos idos, aquellas épocas en las cuales era una palabra corriente, de uso común y de significado extremadamente abarcativo. Sinónimo de carecer, ilustraba la condición de la mayoría de los seres humanos. El fenómeno de su desaparición se inició hace más de cuatro décadas cuando un salto energético sacudió inesperadamente los parámetros que sostenían aquellas civilizaciones. La descarga modificó variables de naturaleza tanto biológica, como inerte y espiritual. Una legión de científicos especializados en temas de índole diversa definieron el suceso como una re- creación.
Se especuló acerca de las causas que llevaron a la manifestación de este cambio. Demasiadas opiniones, múltiples y diferentes, producto de análisis estrictos como de imaginaciones alteradas, no pudieron dar con hipótesis viables.
Aun hoy es tema de discusión el inicio y los motivos de este cambio. Sin embargo, otro grupo de estudiosos, a través de observaciones y proyecciones, intenta determinar si esta realidad será definitiva o devendrá un nuevo fenómeno antagónico, que pueda ocasionar la devastación irreversible de la humanidad.
Los más audaces temen que así sea, pues sospechan que el impulso energético pudo haber sido ocasionado por una alta concentración de vibraciones propias de la esencia humana, generando una onda detonante de esta nueva creación; y por lo tanto, el espíritu humano podría concebir nuevamente una densidad alta de vibraciones en sentido opuesto. Y así, producir la extinción de toda forma.

Muchos creen que esta sospecha es prematura, y  anidan la esperanza de que se demuestre lo contrario, aunque en la soledad de sus certezas, conociendo y dando fe del libre albedrío, el futuro de un fin sigue siendo la verdad de todas las dudas. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Cerrojos


Subí los escalones descalza y temblando. La puerta cancel puso fin a mi carrera. La mirada insidiosa y el gesto violento quedaron detrás del hierro patinado. Y mi vientre virgen, sudorosa mi piel apaciguando las lágrimas.
Desde aquella tarde, que recuerdo abrigada por un sol tibio y brillante, cayó un velo que rasgó toda luz, pues ya no hay mañanas que atraviesen mi ventana. Aburridas las tardes se alejaron para siempre. La enredadera se hizo dueña de pestillos y picaportes. Vestida de verde intriga a los vecinos, en tanto sus venas tejen mi silencio. Ella creció, y yo me acomodé. Como el miedo.

Cuando cedí...


Se tendió ante mí y bajó su cabeza. Le dije: No soy santa y menos vírgen como para que te reclines. Besó mis manos como sólo él sabe hacerlo y en sus ojos se instaló la súplica.
Estaba decidida a no ceder. Hace tiempo aprendí a darme el lugar que desde siempre habría de ocupar. Y él, no iba a invadirlo.
Lo conocí en una noche extremadamente solitaria. Desde que atravesó la puerta y compartimos a la luz de una vela el único pedazo de pan sobreviviente de la caridad, no nos separamos. Pero siempre manteniendo una distancia, típica de mi orgullo, propia de su humildad. Llevamos ya algún tiempo aprendiendo a interpretar nuestros lenguajes, en algún punto tan diferentes, y a poner palabras a nuestros silencios. Y si bien comemos juntos y nos acompañamos, él duerme sobre una colcha vieja y yo, sobre el camastro que recogí hace años en un baldío.
Esta noche, el invierno enfría la baldosa y humedece la sábana.
Me recuesto. El mira. Tiembla y se estremece. Soplo la vela, la de siempre, y la oscuridad borra su mirada, aunque no puedo dejar de percibir su ruego. Mis manos también tiemblan de frío. Acerca su aliento tibio. Le acaricié la cabeza y aparté la sábana.
Feliz se acomodó a lo largo, movió la cola y me lamió la cara.

De un viaje...


De repente fui tan mínima. Toqué mis manos y las sentí como siempre. Mi barrio no se distinguía, la ciudad era un dibujo, luego un croquis, tal vez se hizo punto y desapareció. ¿Podía estar allá en la nada la perra ladrando a los insectos? Qué ridículos se vieron los metros, y cuan minúscula era la tierra de mis sueños. ¿Tan pequeña es mi ilusión, tan poco abarca la vida?
Y en los brazos de lo nimio atravesé una línea. Todo es blanco. Todo es cielo. El sol no encuentra refugio. Me tienta la suavidad de las curvas. Si parece que la recta ha fallecido. La luz corre libre, nos abarca, nos dice sin disimulo. Observo por el rabillo hacia mi derecha. El hombre duerme. Giro la cabeza y en la izquierda me sumerjo. Percibo paz. ¡Será éste el paraíso?

Demasiada noche


Hace más de hora y media que está hablando de sus logros,  de los de su marido, de los de sus hijos, y doy gracias que no ha parido demasiado.
Claro que no parece ser una persona orgullosa o que cree que su familia es la personificación de la genialidad, no. Porque tras cada conquista narrada enumera con exacerbado detalle cada una de las complicaciones, obstáculos y dificultades que tuvieron que ser heroicamente superadas. El marido sostiene una sonrisa entre estática y plástica. Totalmente indefinido. El bebe café, como mi esposo, que escucha con cordialidad a la mujer de su nuevo compañero de trabajo.
Mientras bebo el té y percibo el aroma de la calma, pienso en mí, si tuviera que atravesar sólo dos de las circunstancias que describe, ya estaría agotada, frustrada, o tirada en algún rincón de la casa suplicando una terapia.
Me pregunto qué gesto de cortesía nos llevó a invitarlos a cenar.
No creo que valga la pena preguntarme porqué, más vale quisiera idear cómo hacer en el futuro para evitar cualquier tipo de encuentro, por más casual y mínimo que sea. Pensar me distrae. Observo la taza de té que está frente a ella. Debe estar casi helado. Agradecida voy a la cocina y le preparo uno caliente. Con una mirada casi pueril aprueba la generosidad del gesto y lo bebe de un sorbo. …. sigue y sigue hablando, nos vuelve locos, hasta el marido colgó definitivamente de la comisura de sus labios la curvatura de una sonrisa sin sustancia.
La letanía continúa, demasiados éxitos, demasiadas dificultades, demasiados, muchos demasiados para una noche que parece interminable.
Me levanté nuevamente. Percibí los ojos de mi marido hundiéndose en mi espalda, absolutamente convencida de que me suplicaba que volviera con una excusa creíble. Algo así como tener que salir de casa por alguna emergencia.
Pero no fue necesario. Desde lejos observé la piel de su rostro. La palidez iba ganando espacio entre sus gestos hasta que se desmayó.
El marido sobresaltado se deshizo en disculpas. La llevó en sus brazos al auto y partieron con urgencia al hospital más cercano.
Espero no haberle puesto demasiado…

Gestos


Adoro la noche
porque la oscuridad
devora tu perfil y las manos inquietas.
Aunque la palabra se repita incesante
y la queja abarque todo espacio,
elijo ese desborde que retumba en el oído.
Sombrío el velo oculta
esos ojos agitados por la furia,
la mueca desdeñosa de los labios
y el acoso de tus gestos. 

La mañana diferente


Me sorprendió la nota. Estaba escrita en lápiz en un papel de cuaderno, apoyada entre la taza y la cafetera. Todavía el reflejo del sol no entraba por la ventana, aunque la claridad rebotaba en las paredes de la cocina. Fui a buscar las lentes. Tomé el papel con una mano y con la otra me serví el café. Aquella tembló, y ésta, distraída, derramó el líquido sobre la mesa.
Apenas pude sentarme. No pensaba, no sentía. Desapareció el entorno. El mundo se había vaciado de repente y la piel tensa deseaba ser ajena. Los ojos borroneaban unas letras ahora desconocidas, aquellas que en las mañanas se habían enlazado con ternura, y que hoy, bajo este sol tibio, nuevo como nunca, garabatean una despedida, osada y cruel, cobarde y ladina.
No hubo tiempo para el llanto, si hasta la lágrima sufrió el desgarro. Pero las manos se crispan, y en los nudillos se acuna la sangre herida. El tiempo robó dolores y atesoró castigo.
Desde algún día, se perpetuaron las mañanas sombrías.
Por la ventana, ahora no entra nunca el sol, la claridad se enreja en las paredes y un poco más allá, yace la llaga, mi sentencia, y su olvido.

Despertar


Las hojas recogen
la madrugada tibia entre sus nervios,
y traslúcidas se hacen cómplices
de un sol que por ahora se adivina.
Detrás, el azul se agrisa
como el óleo en la paleta de un artista.
Y se deja hacer,
mientras el viento agita el aroma de las flores vírgenes.
Pero nada es sin el canto memorioso.
Entre el misterio de las ramas nace una melodía.
El silencio se aparta
Y así me reconozco viva,
entre tus brazos y tu aliento,
aun dormido.

martes, 9 de abril de 2013

El reflejo


La mira mecerse. Ella pierde la redondez con la misma celeridad con que la recupera. Simula jugar con él a las escondidas, como la luna oculta por las nubes que corren tras un destino. En el afán de atraparla tiró la línea. Las gotas saltaron y la boya se acomodó entre ellas. No hay carnada que la atrape, ni la hubo nunca. Aún así, quedó sentado con las piernas fuera de borda, oliendo ese mundo de aguas oscuras, de hombres sombríos, en el que la mujer no es bienvenida, sólo devorada en los puertos, una a una, en silencio. Los nombres no permanecen, únicamente algunos vientres colmados. De ellos, unos son rasgados, otros, lloran en la novena luna. Entonces los hombres vuelven a partir a las aguas sin recuerdos.
Por eso él ahora está en silencio, con la mente vacía, las piernas abandonadas al vaivén de las olas, y las manos tristes sosteniendo una línea. Porque esa luz esquiva que pretende atrapar en el agua, es como aquella que quedó sin nombre.
De la mujer… un reflejo.

martes, 26 de marzo de 2013

Leo el memorandum


En pocas palabras se esconde un solo significado, el rumbo se esfuma. Tengo palpitaciones, la sangre navega con ritmo inusual, algo así como si el corazón tosiera levemente. Quiero llevar mi cuerpo a un lugar donde se serene. Cierro los párpados, impregno mis ojos, ciegos, con el tono azulado del mar. Un cielo imaginario se mimetiza en el horizonte con las aguas tan frías como lejanas a cualquier costa.
El manso devenir de las olas acaricia mi incertidumbre y ondula la superficie de mi desesperación. Ahora, el corazón late al compás de la quietud y la calma. Lo percibo sin siquiera hacer algún esfuerzo que impida hundirme. Las aguas me sostienen.
Escucho apenas las campanas del reloj vigilante del entorno. La brisa empuja con brazos limpios al tiempo y me deja en paz, sonriendo.
En este punto de alta mar extravío las sandalias que calzaban mis pies agotados, el papel estrujado de rabia cae sin despedirse de mis manos crispadas, y el sudor de mi piel tensa es arrancado por las gotas negras y frías del mar.
¿Por qué no quedarme aquí para siempre? ¿Cómo llegar desde el pensamiento hasta la barca que me abandone?
Quizá con el memorandum que pronuncia en silencio mi infortunio pueda construir, como cuando era niño, el bote que me traiga y me deje aquí, lejos de todo, rodeado de paz. Y olvidar, para siempre, que fui despedido.

miércoles, 6 de marzo de 2013

identikit


Nunca supimos como pasó, lo cierto es que la duda nos marcó para siempre.
La memoria se nos hace borrosa y nos juega sucio cuando queremos armar y dar sentido lógico a una genealogía inexistente. Cada uno recuerda cuando algún otro quería jugar con el mismo trapo, otro que en el día anterior no se había sentado a la mesa, ni siquiera había dormido…un otro que sencillamente, ahora convivía, sin saber cómo había aparecido. Ella, en cambio, desde siempre permanecía, cada noche, cada madrugada.
No encontramos rastros de adopción, ni papeles que señalaran nuestro origen, solo las huellas en los muros descascarados por la pobreza de un conjunto numeroso de personas que aparentaba constituir una familia.
Así como entramos alguna vez, de la misma forma nos fuimos yendo, sin preguntas, sin palabras, sin destino. Y las camas iban quedando vacías, los cuartos encogidos, sin memorias, sin principios. Ella, como aquellos días, se hizo parte del olvido.
El nombre impreso nos avisó de su muerte y nos trajo de vuelta, por distintos caminos. Ni las miradas que cruzamos ni el silencio de nuestras vidas pudo darle sentido a tanto vacío. Como saber quienes podemos ser si ni siquiera sabemos quienes fuimos.

jueves, 10 de enero de 2013

La locura y el amor




Cuánto amor, si es mensurable,
se necesita para compartir la locura
de perder el alma dentro de otra.
¿Qué nudo en la convivencia
encadena una ceguera inviolable?  
¿Qué sabor nutre la tolerancia que besa
las fronteras de la esclavitud?
¿En qué esperanza navega hasta el abismo
la libertad sangrante?
¿Es acaso la entrega ilimitada
señal de locura
o un ángel robó la piel
de un desprevenido?

sábado, 8 de diciembre de 2012

Por la mañana


Las sombras se van aclarando bajo el abrazo tenue del sol de primavera. Abro los ojos con la certeza de que estoy viva El color de las rosas y el perfume de los jazmines así me lo confirman. Sin atender al dolor de la cintura, recojo las piernas y apoyo los pies en la madera apenas tibia.
Dejé las lágrimas secándose en la almohada para que el aire nuevo me dibujara una sonrisa. Es el milagro que sólo advierto cuando las paredes de la habitación se visten de ámbar como la sombra que ilumina la oportunidad desmayada en el olvido, el persistente y extraño misterio de la vida.

jueves, 15 de noviembre de 2012

La caja de cenizas


Tenía la caja apoyada en su regazo, y entre los nudos de sus dedos se deslizaban medallas, cadenitas, papeles ilegibles, posiblemente entradas al Teatro del siglo pasado, algunos botones, un prendedor de oro, y en el fondo se escurría un par de guantes de encaje amarillos de soledad.
Sus ojos, parcialmente velados, se hundían en cada una de las cosas mientras sus labios entreabiertos dejaban libres a los suspiros.
Faltaban aún un par de días para cerrar definitivamente la casa. Las habitaciones desnudas no soportaban más el frío y la pintura de las paredes se descascaraban pidiendo clemencia. El patio invadido por una madreselva descontrolada olvidó sus rasgos pintorescos y la algarabía de las reuniones familiares.
Si bien la decisión fue difícil, el tiempo tomó fuerza en el asunto y obligó a una determinación.
Ella lo sabía tan bien como nosotros, imaginamos el dolor punzándole el alma y la memoria.  Supusimos que su silencio era un recorrido por los trozos de historia que los objetos encerraban en su pequeñez. No la vimos llorar. Sólo acariciaba una y otra vez las piezas que sacaba de la caja para luego dejarlas caer nuevamente en ella.
Pasó más de una hora. El tiempo parecía haberse detenido. Una sonrisa muy íntima acompañó el gesto de cerrarla con una llave minúscula. Extendió su brazo y me entregó la caja. La llevé donde aún estaba abierta la maleta enorme, de cuero rígido, en la que acomodábamos su ropa, la que iba a usar. – No, no ,no – la escuché decir. La miré extrañada. – Quemala – me dijo con voz determinada, casi impropia de su fragilidad.
Quemala, - insistió -  Lo que necesito, ya me lo puedo llevar, y dejemos que el viento se haga cargo de las cenizas. 

Ciudad


Así sucedió. La cintura se fue agrandando sin estar encinta. No hubo mapa que la contuviera en estos últimos años. Se atragantó de inmigrantes y de pobreza. Se vistió de chapas y cartones, dejando los ladrillos como coraza de un corazón cada vez más pequeño. Algunos especialistas de turno debatieron para encontrar un método que frenara su espíritu expansivo. De alguna forma se arreglaron para evitarle agua y caminos, como si no les importaran esos brazos que permanecen abiertos aún desbordados.
A medida que los límites caían vencidos, la solidez tomaba forma y otras chapas se alzaban en los bordes  nuevos, cubriendo la tierra, alimentándose de futuras siembras.
Así ocurrió. La ciudad ahora es una y única, como el hambre que la habita

Sierra Grande


La oscuridad es real, tan profunda como se define, y el silencio no existe a pesar de la ausencia de sonidos. Hace frío, pero la temperatura es estable. No hay corriente de aire, si bien son cientos los túneles que tal vez, por su disposición arqueada y sinuosa,  detienen en forma paulatina el soplo de la atmósfera.
Somos un grupo entre diez o doce, algunos menores. Se los percibe entusiasmados de la mano de los padres, quienes se muestran dudosos del coraje que los hizo venir.
El guía nos explica que estamos bajo una capa de 120 metros de tierra. Imagino la cuadra de mi casa repleta de polvo y terrones, la alzo en posición vertical y me coloco debajo. La sensación es inevitablemente atractiva, ligeramente apasionante, y un poco perturbadora.
Avanzamos guiados por las luces de las linternas. Siempre juntos, escuchando con atención las palabras del minero que oficia de guía, encantados con sus anécdotas y relatos.
Llegados a una boca cuya garganta se perdía en la profundidad invisible, nos pidió que recogiéramos piedras. Llenamos nuestras manos y antebrazos con todas las que podíamos. Las linternas alumbraban su rostro. Lo demás se escondía en la espesura de la oscuridad. Dijo: “Pongan en las piedras todos su temores, los dolores, aquello que no desean volver a vivir, los odios, los rencores, la avaricia, el egoísmo, las penas que necesiten olvidar.” El silencio por primera vez se hizo sentir. “Ahora – continuó-  arrójenlas por esta boca y escúchenlas caer…”
El estrépito se fue alejando en tanto la boca tragaba sin cesar aquellos trozos de nuestras vidas. El tiempo se prolongó como el sonido de la caída que parecía no tener fin. Hasta que el silencio volvió triunfante y se instaló en la sensación de cada uno.
Imaginé el fuego haciendo de la piedra un alimento, y al árbol, tomando de la tierra las memorias que lo nutren.
Ascendimos. El sol de un mediodía nos recibió rodeándonos de luz y aire tibio. Los más chicos nos miraron con sorpresa. Los escuché decir entre ellos: “¿Por qué sonríen?”
La ruta nos devolvió a lo de siempre, distintos. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

La llave


Estaba seguro de haber recorrido el camino adecuado. Repasó con la memoria todos y cada uno de sus pasos, los senderos, las encrucijadas, la cantidad de piedras de tamaños diversos que había esquivado o corrido, siempre con la misma disciplina, sin alterar  las leyes y normas estrictas que desde niño le habían transmitido.
Pero la certeza se desvanecía al no encontrar la forma de continuar el camino, sabiendo que éste existía, de eso no hay duda.
Acostumbrado a moverse, la imposibilidad de avanzar lo inquietaba bastante. Intentó serenarse ya que había aprendido que la ansiedad nunca llevaba a los destinos esperados.
El entorno era de una luminosidad sorprendente, si hubiera límites, éstos estaban ensimismados unos con otros, ya que no se distinguían. Todo era lo mismo, ese todo era nada, si bien la nada no existe. Estaba de pie aunque no entendía sobre donde.
El lugar era extraño. Había llegado con mucho esfuerzo, tanta dedicación para sospechar ahora que el camino tenía un fin, esta nada. La desilusión lo invadió haciéndolo caer. Quedó suspendido con todo su cuerpo. Con una mano atajó la cadena que colgaba de su cuello. Lo que menos deseaba en aquellos momentos era perder en esa nada el único recuerdo que guardara de su esposa, quien hacía años, le tomara ventaja con la promesa de esperarlo en el lugar adecuado para continuar, una vez más y para siempre, el camino que eligieron juntos.
Era una llave pequeña, casi oxidada por el tiempo y su piel. La observó buscando el recuerdo de la mano que la había colocado en la suya al despedirse. La besó.
La claridad se ensombreció con la silueta de una mujer que extendió sus brazos hacia él. Se levantó y  juntos se abrieron camino. La cadena y la llave se deslizaron de su mano y cayeron sobre las de su hijo, que muy lejos, lloraba.

sábado, 3 de noviembre de 2012


Si la hora resbala en el vacío  y las palabras desenredan párrafos sosos y desleídos,
entonces,
el silencio se eleva abrupto y arranca voluntades.

Sin palabras


Se quitó el sombrero convencido de no volver a aceptar este tipo de invitaciones. El gabán estaba tan empapado y con arrugas como él. Lo colgó en el perchero y las grietas que surcaban la comisura de sus labios se vieron reflejadas en el espejo.
Una vez que se quitó los zapatos, encendió la luz y un cigarrillo. Se abandonó en el butacón. No estaba cansado, más bien harto y aburrido.
El humo lo llevó de viaje a las cientos de conferencias, exposiciones, charlas y convenciones de las que había sido parte. Palabras, discursos, más palabras. Aplausos, reconocimientos, apretones de mano, miradas admiradas y finalmente, más palabras.
No pudo dejar de sonreír ante el vacío tan completo del silencio, éste, tan actual como propio y verdadero. Aquí el oxígeno sólo tropieza con manuscritos, libros, borradores y consultas efímeras en anotaciones marginales. Si ni siquiera el aire necesita vibrar, porque no ha de llegar a ninguna parte. Así también el timbre del teléfono, dispuesto sólo para urgencias, completando este silencio tan lleno de mensajes perdurables, porque no se mueven, gestuales, porque no se dicen, y ausentes.
Supo desde siempre, que todo aquello que predicaba desde los púlpitos y explicaba en escenarios académicos, sólo eran palabras, palabras que decían de las ideas, palabras que hablaban sobre los sentimientos, palabras muertas en el instante en que nacían. ¿Donde quedaban? ¿Es la palabra el dibujo de la idea? ¿Es la idea el sentido de la palabra? Se habla de amor y de caricia, de abrazo y de ternura, de piel…y la suya, olvidada de la tibieza entre miles de palabras. Decidió entonces prescindir de los vocablos y atragantarse con los pensamientos. Decidió callar y esperar que su mano, alguna vez, se sintiera acariciada.

martes, 30 de octubre de 2012


La sopa es un sueño de colores humeantes dibujados por el hambre en el fondo del cuenco vacío.