miércoles, 6 de junio de 2012

La ofensa


Las murmuraciones se extendieron mucho más allá de los límites del barrio. Su nombre dejó de nombrarla. Nadie recuerda a la vecina que los sábados barría la vereda para luego cocinar en el comedor parroquial después de una semana de lavar ropas ajenas.
La memoria es ahora el lugar privilegiado donde se radicó la habladuría que la vistió con la vergüenza. La deshonra la asfixió como el nudo de la horca que la hubiera abrazado sino fuera por los siglos entre ellas, aunque el adulterio también se pagaba bajo el pesado manto de las piedras. Ahora, se clavan miradas, se escupen balbuceos y perpetúan abandonos.
Ante el barullo impiadoso de las marañas intrigantes y las calumnias, la verdad cae desmayada.
Ella siguió barriendo su vereda después de lavar mugres de otras telas. Supo llorar sin lágrimas como supo callar la humillación y la ofensa.
Las palabras corrieron con la precisión de un hecho consumado mientras la verdad llora en el alma solitaria de quien, sumisa y olvidada, cocina cada sábado para los que no hablan. Tienen hambre.

viernes, 25 de mayo de 2012

Señales


En la penumbra, una lágrima sostiene el atardecer y la sangre comprime el último gemido del temor. Resalta en el césped un ángel amarillo, coronado con el tejido de quien lo supo distinguir.
Camino en el gris adverso de la duda, y sólo por un instante, él se acerca y me mira con esos ojos que no entiendo, pero que cantan hundidos en las ramas de mis tardes, o besando la mañana que, curiosa, se refleja en los árboles que señalan mi ventana.
La cita es allí donde la sombra es verde y el agua clara. Los testigos andan con su certeza pincelada en tonos marrones, algunos naranjas. Entre las sombras, la rosa se destaca vestida de rojo, su hermana, de piel aterciopelada, le sonríe, cómplice de las que crecen  tan tersas como rosadas.
Ninguna de ellas me habla, ni percibo si beben del agua de mi tierra. Pero en sus pétalos, que se ofrecen múltiples y sedosos, con la ternura de una madre y la simplicidad de una semilla que supo ser, me abandono en quien me obsequia esta maravilla sin pedirlo.
Detrás del gris de la llovizna, la serenidad pronuncia mi nombre.

domingo, 13 de mayo de 2012

Naufragio

El frío es soportable, puedo dar patadas en el agua, es lo único que se me ocurre para mantenerme a flote. El horizonte está devorando al sol sin piedad y mis ojos, más humedos que lo habitual, no logran distinguir si las lejanas líneas oscuras son arenas blancas de una playa o la cinta que señala el luto de las aguas ante la muerte del día. El resto es una onda gigante que se desplaza interminable. La escasa madera del bote, que disimuló con honor sus heridas, estará ahora sacudiendo la impávida tierra del fondo, unos cuantos metros por debajo de mis pies. La extraño, como se lamenta la pérdida de cualquier sostén, aquello que nos evita la deriva.
La noche es rápida en venir, y sigilosa se alarga bajo las estrellas. Me abandono ante el majestuoso cielo que el sol se empeña en ocultar.
Muevo los brazos con la mínima lentitud que le permite a las aguas sostener mi espalda ingrávida. Los pies acompañan.
Me dejo llenar por lo que jamás había visto o sentido.
Las olas juegan con la inercia de mi cuerpo y lo llevan donde quieren. Confío.
En el puerto supongo hablan del naufragio de un bote, adivino linternas sumergidas, luces inútiles.
Náufrago...me asusta la palabra. El miedo toma forma y me desequilibra. Pierdo la confianza y comprendo. Sólo si me pienso náufrago, me ahogo.

miércoles, 18 de abril de 2012

El anuncio

En un sábado vestido de domingo con el encaje gris que llora en la ventana, la radio carraspea entre la hora y las noticias.
La luz, mayormente artificial, ilumina las letras del diario. La voz del locutor pone emoción al titular que ocupa casi la mitad de la primera plana.
Los hermanos más pequeños juegan sobre el piso húmedo, en tanto el padre, con el matutino deshojado entre sus piernas se sumerge en el butacón como queriendo desaparecer, y la mujer, retiene en sus ojos las lágrimas y la mirada de su hijo, erguido con las manos temblorosas anticipando el desgarro de una partida involuntaria.
La guerra había comenzado.

miércoles, 11 de abril de 2012

La luz

Un punto de luz que no pudo ubicar ni en la ventana ni en la pared, tal era la oscuridad de la habitación, le arrebató el último pensamiento que quedó suspendido en la noche inhabitada.
Cerró los párpados e intentó recuperarlo. Era de crucial importancia ya que formaba parte del argumento esmerado y preciso que justificaría su decisión.
Escurridiza como todas, la idea no pudo rescatar las palabras que le dieron forma.
Se incomodó, cambió la posición y apretó la sien con su mano a fin de concentrarse para hallar lo perdido. No lo logró. Las premisas se fueron desbarrancando en su mente como una cascada incontenible. Una lógica inesperada invadió la sinrazón de sus convicciones. Odió sin límites a ese punto efímero que desdibujó su certeza.
Lloró en la oscuridad.
El arma cayó de su mano derecha. Sonó el golpe. El aire oscuro recibió el disparo.

domingo, 11 de marzo de 2012

¿Donde estoy?

¿Qué misterio me lleva al silencio habitado sólo por el viento y el murmullo de los pájaros?
¿Cuál fuerza me arrastra a la aridez de la piedra?
¿Cómo explico que el horizonte me posee?
¿Por qué llora mi piel si la soledad que me esclaviza es la misma que me libera?
¿Puede acaso el brazo de la raíz extender alas y eternizar cielos?
¿O las estrellas recostarse sobre lejanas cosechas?

¿Dónde estoy?
..si los árboles abrazan mi tierra como el ave que pasó y ya no veo…

¿Dónde estoy?

Una lágrima responde.

Y aún así,
respiro con tu aliento,

tocame…
así, al menos por un instante
no me pierdo.

Nada

Poco,
o casi nada.
El río corre aún,
y a su lado,
el tiempo.
Algo, un apenas,
suma dudas,
resta logros,
calca pesares.

Dividida en mil entornos
el alma en pedazos
no se encuentra.
Y la piel envejece.
Los ojos,
marchitos,
perdidos sin retorno,
añoran la lágrima
que,
en desértico dolor
se ahoga en las aguas
de una vida esteril.

viernes, 20 de enero de 2012

Dos de enero

Dos de enero. La heladera está llena de platitos con algunos granos de arroz y arvejas descoloridas, unas migas de pollo y alguna que otra feta de carne de cerdo precocido. Todo ello dando la bienvenida a la primera mañana tranquila de este año que, si es sumiso y obediente, nos llenará de gloria, éxitos, dinero y buenas compañías desde su primera hora hasta exhalar el póstumo segundo. Pues nadie puede desoír los millones de deseos, sinceros o no, pronunciados en apenas veinticuatro horas a lo largo y ancho de un planeta burbujeante y luminoso.
Cierro la puerta del refrigerador y busco en la alacena la yerba, el mate, el termo (nuevo, romántico, de fondo blanco salpicado con flores silvestres y alegres – regalo navideño de alguien que me conoce bien y no se anda con divagues -). Dispongo el agua caliente y me voy para el jardín. El cielo brilla sobre mi cabeza luciendo con alarde un celeste rotundo. Desde la reposera, y con la bombilla tibia, abandonada sobre el labio inferior, dejo que los pensamientos me elijan.
Los recuerdos más cercanos dibujan sonrisas en mis párpados entornados, pequeñas anécdotas de las últimas celebraciones, encuentros felices y esperados por casi un año, maravillas de los ritos y ceremonias establecidas e indiscutibles. El paladar se regodea con sabores repetidos casi ancestralmente haciendo honor a la familia cuyos miembros, tal vez, se palmeen la espalda unos a otros cada trescientos sesenta y cinco días según el calendario que nos gobierna.
La mente se aburre – será porque no encuentra nada nuevo en este registro conciente de lo que acontece en las sucesivas “fiestas” – , se pierde unos segundos en un mar lechoso de ausencia e irrumpe con un recuento de lo vivido que nadie le solicitó, y menos aún, en esta tarde apacible. Dicen que los pensamientos se dominan…hay mucho nuevo – o no tanto, quizá novedoso para mí - escrito al respecto, incluso conferencias publicadas en internet que hablan de transformaciones profundas cuando se los logra dominar positivamente; pero los míos son caprichosos, o mi voluntad demasiado frágil, porque aún me dominan. Es decir, la mente se empecinó en calcularme la edad, y dibujar una torta estadística coloreada mostrando porcentajes de lo obtenido, logrado, superado, y lo no alcanzado, proyectos inconclusos, fracasos y abandonos. Estos últimos, en alarmante color rojo, hacían de la torta casi un postre de frutillas. Quise abandonar la imagen. Abrí desmesuradamente los ojos como para devorar el verde escandaloso de los árboles en verano. Y así fue, la torta ahora mostraba una vasta zona verde que no había modificado valores, solo mudó tonalidades. La tristeza y la decepción aguardaban impacientes en el portal de mis sentimientos – vamos, si estaba todo tan claro, que entren nomás -.
La lágrima se abrió paso entre las pestañas y se sumergió en la mirada. Fue entonces cuando los zorzales se debatieron en un coro prolongado y festivo. Apunté los ojos para percibirlos, tras una nebulosa de angustia que se fue derribando al compás de las notas sostenidas, hasta que pude sonreír frente a la nitidez de los pechos naranjas hinchados del instante.
Me reí del presente atrapado sólo por una palabra, se desgranaron los porcientos…y jugué con los segundos sin nombrarlos ni retenerlos.
Por primera vez, creo, percibí la vida.

martes, 3 de enero de 2012

El libro

Estaba escribiendo una carta cuando escuché una tos áspera. Miré extrañada hacia la biblioteca. Estaba segura de que el sonido provenía del estante de arriba, aquel que hoy se me antoja tan lejano. Pero todo estaba demasiado quieto. Volví los ojos hacia el papel donde la última palabra había quedado colgando del renglón sostenida por una sílaba inconclusa.
La tos interrumpió nuevamente. Alcé los ojos y me quité los lentes. Afiné la mirada y lo distinguí. Me levanté y lo retiré del estante. Volvió a toser ahogado por el polvo que lo cubría. Sacudí su lomo, quité la tierra de su tapa de cuero, lo abrí, y él, carraspeando un poco, comenzó a hablar.
Las palabras negras que pronunciaba se despegaban del papel color olvido y susurraban en mi mente con la voz de los recuerdos y una antigua sabiduría.
Acurrucado en mis manos y entrelazado en mis dedos continuó hablando hasta el anochecer. Su voz era clara, con el timbre diáfano de una tarde soleada de invierno.
Mientras lo escuchaba en el más insólito de los silencios, sonreí. Me sentí feliz en la penumbra y su compañía.
Se quedó mirándome con ese punto final que hacía mucho tiempo me había entristecido. Ahora no, en este momento me invade un placer exquisito. Será quizá porque esta vez fui yo el elegido.

La manzana

La aridez se apoderó de los campos y las tierras. El verde es un color apenas recordado en el olvido de una pared o el retazo de una tela descolorida.
Hace años que la abundancia se fue destiñendo. El siena domina sin haberlo pretendido. Los aromas se mimetizaron con el polvo y el sabor se concentró en unos pocos minerales sobrevivientes.
Los huesos son parte del paisaje y solo caminan unos pocos niños.
Las pisadas se van enredando. Buscan lo que no saben, porque todo fue encontrado, o no se encuentra más de lo que existe, y esto, no es suficiente.
Recorren las ruinas conocidas, una y otra vez, descansan bajo las mismas sombras, arden bajo la misma desidia, andan, siempre andan.
Es de noche, la luna se hizo amiga, allá tan lejos, y sin embargo, es la más cercana compañía.
Conversan mientras los ojos se entretienen con el brillo de las estrellas y las manos acarician la tierra seca y fría.
Los dedos del más pequeño rozan los bordes de una cerámica enterrada y sin pensarlo, con las uñas va escarbando la superficie. Bordea la redondez de un viejo cuenco, tan marrón como su tumba, clava los dedos en el centro y se topa con la superficie lisa y lustrosa de un rojo nuevo, estridente y suavemente sensual.
Presionó con fuerza y retiró la yema humedecida. Impulsivamente se llenó la boca de un efímero sabor dulce. Sus compañeros se arrodillaron y excavaron con avidez hasta que sacaron a la luz blanca de la luna una vasija que contenía milagrosamente una manzana en perfecto estado.
Ante los ojos atónitos la marca de la huella del niño fue desapareciendo. La piel tersa del fruto que alguna vez fuera prohibido se les presentaba espléndida.
La boca se les hizo agua conteniendo el mordisco que cada uno retenía entre los dientes. Ninguno se animó a morderla, ninguno dijo porqué.
El mayor pensaba utilizar las semillas para sembrar, pero la falta de agua lo acobardó.
La niña, un poco menor, no salía de su asombro y la dominaba la idea de guardarla como amuleto, o pieza sagrada dado que lo que había visto era sin duda un milagro.
Los dos más pequeños, para quienes el mañana no es un día y el ayer se va sin avisar, solo esperaban el momento en que pudieran trozarla para llenarse del néctar que la fruta les prometía. Miraban el rostro de los otros chicos con los ojos repletos de la pregunta: “¿podemos?”
La niña se conmovió del hambre y el mayor dio su consentimiento aceptando la infertilidad de los suelos.
Las manos la alzaron y cerrando los ojos clavaron los dientes en la pulpa que derramó sus gotas en las mejillas sedientas.
Volvieron a morder ciegos de placer, el sabor los inundaba. Una vez más hincaron los dientes, ahora con los párpados cerrados como para no revelar el misterio que cada uno sospechaba. La fruta debía ser sagrada, porque los milagros eran siempre prodigios divinos.
Aun satisfechos no se animaban a abrir los ojos… ¿y si desapareciera? ¿Y si dejamos de morder y se esfuma? ¿Seguirá creciendo la pulpa? ¿Y si es un sueño compartido y desesperado?
Como si lo hubieran planeado, cada niño comenzó a disminuir el tamaño del bocado para no hartarse, y no perder, quizá para siempre, este manjar.
El mayor de ellos, comprendiendo lo que ocurría, abrió los ojos viendo las expresiones de éxtasis de los otros niños y cómo la manzana regeneraba la pulpa con un generoso e interminable afán de saciarlos. ( gesto de grandeza)
Mientras ellos continuaran, sospechó que no habría nada que temer. Entonces, aprovechando los mordiscos, con la velocidad propia de la determinación, metió los dedos en la carne blanca y extrajo las semillas del corazón del fruto.
Vio cómo la fruta cubría la cicatriz que le imprimió y a los chicos que aún sorbían gotas del jugo en cada minúsculo mordisco.
Se tomó su tiempo para enterrar las semillas. Buscó alrededor el lugar que le pareció más apropiado, con un poco de sombra para evitar la evaporación del poco riego que pudiera suministrarle, y lo suficientemente cerca para cuidarla.
Las dispuso prolijamente y señaló el lugar con un par de ramas secas. Unos pocos pasos lo unieron a sus compañeros. La luna, que ya estaba diciendo adiós, tomó un color rojo intenso, extraño, que enseguida escondió tras el horizonte blanquecino de la madrugada. Sin prisa, el niño cerró sus ojos, tomó la manzana que aún sus compañeros sostenían y dio su mordisco. El sabor dulce le dibujó una sonrisa de satisfacción y apresuró otro bocado. Sus dientes se clavaron en la pulpa escasa. Frunció el ceño y lo intentó de nuevo. En ese momento percibió el gimoteo del más pequeño. Abrió los ojos y vio a los niños de mirada humedecida y expresión de desencanto sosteniendo un corazón de manzana que lentamente se oxidaba vistiéndose con el color del monótono paisaje.
Nadie entendía qué había ocurrido. Nadie quiso preguntarlo. Sólo el mayor pudo hacerse de una duda. La niña vio apenas el temblor de los párpados de su compañero, pero con la certeza de la fruta acabada, tomó entre sus brazos a los más pequeños, los besó con ternura en la frente, e hizo lo que único que podía hacerse. Con las manos de los niños entre las suyas, se levantaron y empezaron a andar.
Los días y las noches, hicieron a su vez lo que debían hacer, sucederse.
Seguían recorriendo las mismas ruinas, descansando bajo las mismas sombras, ardiendo bajo el mismo sol, andando, siempre andando.
El mayor de ellos perdía fuerza y compostura. La niña no llegaba a secar las lágrimas de su compañero que caían deslizándose siempre entre las mismas ramas secas. Sólo lo abrazaba y lo instaba a seguir. Sabía que cada uno de ellos era parte del milagro de que los otros continuaran vivos. No podían desfallecer, abandonarse o flaquear. Debían seguir buscando aquello que no encuentran, tampoco saben si tiene existencia real, pero la búsqueda era el único sentido que podían darle a cada pisada sobre los caminos ciertos o indecisos.
Una de las tantas noches, mientras las cabezas de los más pequeños descansaban bajo la inmensidad de las estrellas, la niña acariciaba la mano del mayor de ellos. Estaba agotado y extremadamente sediento. Con un hilo de voz y protegido por la oscuridad de una noche sin luna, habló con ella por primera vez de las semillas. Se imaginaba las tantas preguntas que le haría y para la cual solo tenía una vaga respuesta, una paradoja entre la desesperación y la esperanza. El hilo de voz se deshizo hasta que quedó sin aliento. Las manos de ella apretaron el perdón que él necesitaba para despedirse en paz. Las lágrimas de la niña no se detuvieron, ni aún ante los ojos de los pequeños que se acercaron a su espalda. Giró sobre sí, los rodeó con sus brazos. Uno de ellos lloró con ella mientras el menor acariciaba sin consuelo la tierra fría y unas ramas secas. Sus dedos tropezaron con un verde nuevo, brillante, prometedor y tierno.

lunes, 26 de diciembre de 2011

como de espuma...

El médico puso su mano sobre el hombro de Mercedes. La presión de sus dedos apenas rozó el anticipo de las palabras que escogería cuidadosamente para confirmarle que el bebé se había desprendido. Bastó la mirada.
Ella contuvo las lágrimas mientras escuchaba la voz tierna que le hablaba de tiempos, de esperanzas, de oportunidades, de tratamientos, de…tantas cosas que no le importaba ahora entender y menos, retener en la memoria.
Las manos se tendieron con calidez, y la puerta se cerró sugiriendo una próxima visita dentro de un tiempo prudencial.
Mercedes atravesó la sala de espera sin apartar los ojos del piso, el rabillo se distraía con vientres gozosamente vivos.
La calle vespertina la invitó a caminar entre sus luces. Llevó la mano sobre su cuerpo, le pareció vacío.
Se detuvo ante una vidriera. Blancos inmaculados y esponjosos, rosas tenues y mullidos, celestes espumosos, tonos de una inocente paleta de colores pasteles se debatían en una sinfonía de batitas, mantas, escarpines, baberos, caricias que se le escapaban de las manos por un designio incomprensible.

martes, 20 de diciembre de 2011

El nombre de la cámara

Cuando la tibieza de los cuerpos desnudos gritó por última vez en la oscuridad, fue el momento que la historia se cobró para desenterrar la miseria humana y proclamar la bestialidad del punto más alto de la escala biológica.
Allí, exactamente en aquel lejano lugar donde la conmoción universal se unió en un llanto doloroso y cruel, se ven hoy las flores silvestres que la tierra generó sobre los huesos de las muertes insensatas.
Un nombre colgaba de un cuadro que mis abuelos sostenían en la pared de entrada de su casa como si fuera la marca o el escudo de honor de una familia real. La curiosidad me llevó a cientos de archivos, recovecos funestos de mil historias sin nombre para la historia de los libros autorizados, nombres inolvidables en los corazones de hijos, nietos, sobrinos, o simplemente conocidos. Nombres innombrables en el salvajismo de la intolerancia y la soberbia.
Y fue entonces cuando las barbaridades comentadas en alguna que otra clase de historia mientras cursaba la secundaria, o registradas en las páginas de un libro morbosamente ilustrado, o plasmadas en la pantalla como el relato de lo que pareciera la locura de un cineasta desquiciado, cobraron una presencia tan real como indeleble en la sangre que me recorre. Porque un cuerpo que es parte del mío se quemó con otros miles después del grito en las cámaras oscuras. Porque por mis venas corre la vida denigrada. Porque uno de aquellos cuerpos tibios es parte de mi piel, hoy apenas marchita.
No pude menos que viajar. Necesitaba pisar la tierra que durante tantos años fue parte de mi historia y me fue ocultada. No me corresponde preguntar porque.
Si bien el traslado duró horas, no hubo tiempo suficiente (ni lo habrá jamás) que lograra preparar los ojos, los oídos, el corazón, el cuerpo para entrar y ser parte de esta memoria.
Mientras recorría el paisaje junto a otros que, como yo, tragaban un silencio estremecedor, mis ojos se detuvieron en un par de flores silvestres que salpicaban con un color intenso nuestras grises emociones. Me pregunté si sus raíces bebían de su sangre e impulsivamente la corté.
Hoy, esa flor está entre las páginas del manuscrito de mis memorias., como un faro en el horizonte, como el resplandor en la tiniebla, como ese color que jamás perdió, porque sí, sus pétalos bebieron de su sangre, la que hoy está en mis venas, dignifico y venero.

El deseo y un destino

El silencio se prolongó hasta que no pudo romperse, quedando aquellas palabras como un corolario en la vida de quien muchos pensaban era un desgraciado, y que yo, sólo por haber estado un poco más de tiempo a su lado, pude comprender como el deseo generoso de un corazón herido.
Es cierto, deseó la muerte de quien lo había llevado a la suya, aunque no lo supiera (si bien ya es sabido que un portador es también una víctima y que padecer la enfermedad, solo es cuestión de tiempo.)
“Que la muerte se la lleve pronto” fue su último gesto de amor, necesariamente incomprendido. La adoró tanto que no quiso imaginar siquiera que pudiera sufrir nada de lo que él soportó en su agonía.
Deseó su muerte, y se la deseó serena.
Y tal vez, fue la fuerza de ese amor y ese deseo la que provocó el ataque cerebral que en apenas unos minutos la llevó con él para fundirse como una sombra eterna.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Despedida

La mañana no se decidía. La silueta de los cipreses resaltaba sobre un fondo celeste y casi al mismo tiempo los plátanos se recortaban sobre el acero tormentoso. Los responsos andaban atrasados, quizá el sacerdote aún no había llegado, se aglomeraban personas frente a las capillas, algunas enrojecidas por la tristeza, otras, sostenidas por el aburrimiento deseando que la espera se acortara y diera por finalizado el deber y la cortesía.
Los carros fúnebres parecían un cortejo múltiple interminable.
Caminé con las manos en la espalda y los ojos abiertos, también esperando. Los grupos se fueron intercalando entre los saludos. Mujeres bronceadas, vestidas con colores claros, destacadamete rubias, pisando la misma vereda incierta que la muchacha de pies morenos enfundados en sandalias de cuerina, con la piel surcada por un trabajo a cielo abierto, hombres de traje, hombres de saco, hombres de campera, hombres aferrados a una manija que insiste en dejarlos.
Los nombres en los coches hablan de personas mayores, abuelas o abuelos, nombres que hoy son apenas recordados, otros, más modernos, se negarán al olvido de un inconsolable hermano, padre o sencillamente, un amigo.
Las capillas se alinean dando paso a los féretros, anónimos y lustrosos, algunos más, otros menos…se escuchan palabras similares de reflexión y de consuelo, un texto bíblico, algunas lágrimas se hacen oir, otras se derraman casi sin tocarse.
Nos acompañamos en el último trecho, compartiendo las pisadas, mucho más de lo que caminamos juntos en vida, y las preguntas compiten por un arrepentimiento y varias promesas.
El sol se asoma, la mañana se asienta. Suena la tierra golpeando la madera, los cuerpos tibios se acarician y dicen cosas…
¿Cuándo volveremos?
La salida nos despide, las calles nos trasladan, se adormecen las palabras, se olvidan las promesas y atrás, quedan las cruces a la espera…

lunes, 28 de noviembre de 2011

La ferretera

Ya son las siete y media, mejor voy bajando la persiana. No vaya a ser que sobre la hora de cierre aparezca un cliente nuevo. Tenías razón, la ferretería es muy absorbente. Esta tarde estuve pensando mucho en vos; vino una chica de unos veinte años vestida con una de esas remeras tan cortitas que parecen una vincha fuera de lugar y me pidió algo que sólo pude haber conocido a tu lado, en aquellas tardes revolviendo y ordenando cajas en la trastienda, apurando mates tantas veces fríos … mirá si yo, mujer de veredas y escobas, voy a saber lo que es un baremo. Si me habrás aburrido tardes enteras contándome de clavos, tornillos, sacabocados y cientos de objetos que para vos y otros pocos más son de enorme utilidad.
Como te imaginarás, me sentí realmente orgullosa de no poner esa cara que tanto me criticabas cuando no entendía o no sabía lo que buscaba un cliente. Supongo que vos también estarías orgulloso.
Pero no se porqué hoy estoy tan amable con vos, como si te hubieras muerto y yo fuera la viuda fiel y acongojada del mejor ferretero del pueblo, si en este preciso instante tal vez estés retozando como un cabrito acá nomás, a la vuelta, en los brazos de esa mujer que vino a quedarse como la inocente y pobrecita peluquera.
Si, mejor voy cerrando…

La misión

Seguramente nos va a llevar más tiempo del que suponemos, pero no por eso vamos a abandonar el objetivo.
En primer lugar y para que te conozcan bien, vas a vivir en la casa de un artesano. Está comprometido con una mujer joven que será como tu madre. Se obediente. Lo importante es que te vean pero que no llames la atención. Claro, eso vendrá más tarde.
Después de un tiempo prudencial, saldrás en busca del socio que te está esperando. El lugar es cerca del río, no lo olvides. Allí él tendrá reunidos a un grupo de personas. No te engañes, no todos están implicados, alguno puede ser que quiera ser cómplice y se te acerque demasiado para después darnos la espalda. Fijate vos, lo vas a poder manejar seguramente.
A partir de ese momento, cuando ya te reconozcan como líder, dale duro a la campaña. Caminá, hablá, gritá, hacé todo lo necesario, hasta milagros si se te ocurren, no dejes un minuto sin dejar las cosas bien claras, porque si no, se nos va todo literalmente al demonio.
Bueno, hasta acá tenes alguna duda? No? Bueno. Después viene la parte difícil. Algunos incompetentes te empezarán a perseguir. Cuando te la veas complicada o si tenés ganas de abandonar, andate bien lejos y recordá que el tesoro es inmenso, que cuento con vos y sobre todo que vos contás conmigo. Algunos de ellos también cuentan con nosotros.
Claro que con tanto tiempo de soledad te van a acechar los enemigos, así que no pases más de mes y medio. Con eso bastará para recuperar fuerzas.
Es muy probable que en cuanto te hagas ver nuevamente te echen el guante. Te la van a hacer pasar duro, muy duro, pero no aflojes, acordate que nuestro plan exige sacrificios pero vale la pena. Por ahí te juzgan como a otros delincuentes. No les hagas caso, vos y yo sabemos la verdad.
Los conozco, tanto, que casi estoy seguro lograrán matarte. Se van a sentir satisfechos. Mirá la sorpresa que les espera. Eso sí, no aflojes ni por un segundo, porque te necesito. Es más, van a tener tu imagen colgando como un souvenir para no olvidar que ellos pudieron doblegarte, son tan tozudos, caprichosos y soberbios que pasarán siglos antes de que acepten la verdad. Otros lo llevarán como estandarte.
En fin hijo, allá vas. Te espero.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Papel de seda

La mañana entró por el postigo apenas entornado. Bajo la sábana se desperezó la modorra y la tibieza del sol le arrebató los sueños que quedaron sobre la almohada.

Ella despegó la espalda y buscó las chinelas para protegerse del frío. Sus pies rozaron el mármol y se deslizó hasta la cocina como si fuera una hoja de seda flotando en el viento.

El camisón de batista insinúa sus curvas atravesadas por los días sin bocado y las semanas de encierro. Abrió la alacena solo por hacerlo, sin esperanza ni sorpresa.

Hacía un año que la depresión la desvistió para nunca más salir. En todo ese tiempo, los víveres se fueron acabando en forma racionalmente imparable y lo único que entró fue el agua de la cañería.

El ardor en la boca del estómago ya no le hacía ruido y era una sensación tan cotidiana como inevitable, similar a respirar.

Hace ya meses que dejó de inundar las horas con tristezas; ahora son amigas, excelentes amigas, tan amigas como sólo aquellas que no necesitan mirarse para saberse acompañadas.

Juntas repasan las cartas, unas amarillas que muestran la crueldad de un corazón que se escondió en el papel para abandonarla después de haberla enamorado, palabras que se leen y resbalan sobre la piedra lisa de una pasión asesinada, que ella aún recuerda.

Otras, de cartón desteñido y bordes raídos por el manoseo de interminables solitarios, que se suman empujando a los atardeceres para que pasen desapercibidos.

Cuando llegó a la cocina buscó sobre la mesada un poco de la yerba reseca. Se acercó a la hornalla con un jarro con agua. Encendió el fuego y dispuso la preparación del único mate cocido que bebería caliente. Mientras el agua llegaba al punto justo de temperatura detuvo su mirada en la ventana. Tras la mugre del algodón de la cortina percibió una sombra apoyada en el árbol de la vereda. Una sombra demasiado quieta. El agua hirvió y salpicó su mano. Ni siquiera gritó el dolor del líquido en su piel. Puso la yerba, revolvió la infusión de un verde cada vez más deslucido, y se sentó frente a la mesa como siempre.

Sin embargo, no se sintió como acostumbraba. El paisaje permanente que sostenía su quietud había sido modificado. Se acercó otra vez a la ventana. La sombra aún la miraba. ¿ La miraba? Sí, ella así lo sentía. Con los dedos flacos apresuró el borde de la cortina. La sombra cobró nitidez. El cuerpo del hombre le era extraño, pero no su mirada. Soltó la tela, sintió la sangre golpeándole las venas. Se apoyó en la mesada para no caer; la cabeza le daba vueltas y temió perder el conocimiento. Cuando se notó más firme, volvió a correr la cortina y pudo fijar sus ojos en los de él. La piedra lisa se quebró y las lágrimas la encontraron de nuevo.

Como un soplo de vida fue a la puerta, la abrió y el aire jugueteó con la batista.

En los brazos de la sombra cayó un papel de seda.

lunes, 24 de octubre de 2011

Decisión

Tomen asiento señores. Esta vez me van a escuchar, lo harán como si de ésto dependiera el futuro. Es probable que así lo sea.

Todos, sin excepción, siendo de rostros tan diversos, han invadido mi terreno virgen.

Hace años se han pegado a mi sombra, se adentraron en la oscuridad de mis refugios, se apoderaron del temblor de mis palabras y la palidez de mi vergüenza.

Violaron mis sueños, boicotearon mis proyectos, crecieron alimentándose de mis entrañas vulnerables. Hablaron por sobre mi silencio, hicieron de mi murmullo átono su discurso soberbio.

Los conozco. Se sienten invencibles, dueños absolutos, creyentes engreídos que suponen manejar a su antojo personas y destinos.

Los veo actuar hora a hora, día tras día, noche a noche. Incansables y sostenidos.

Señores, hacedores del fracaso y la fatiga, escuchen bien porque hoy es el día que les arrebato su poder, los dejaré tan débiles que ni el aire podrán atravesar.

Se esfumarán para siempre las máscaras perversas de cada uno de ustedes porque a partir de hoy los desplazo de mi vida señores miedos.

Recuerdos

La economía del país toma otra vez su filosa guadaña y sesga los jóvenes sueños. Escucho con octogenaria mansedumbre la decisión de mis nietos. Partirán a sembrar sus quimeras en tierras que prometen fertilidad y cosecha. Se despiden con el abrazo cargado de anhelos y el silencio se hace dueño de mis recuerdos.

Sesenta años me separan de aquel mar que atravesara en pos de una vida de esfuerzo y de progreso. La memoria vuelve a las calles empedradas de aquel pueblo, sombrías y húmedas, empapadas de la miseria que sólo pisa el extranjero.

Allá fui con la promesa a barrer la mugre de los que la hacen pero no quieren recogerla, a curvar la espalda bajo cargas ajenas, a llorar cansancios en una pensión oscura y maloliente.

Los años yermos me trajeron de regreso con el alma tan vacía como el vientre y la boca tan seca como la aridez de la arena.

Volví con los harapos del hambre recostados en el bolso, aquel que partiera rebosante de milagros, ahora escondido en la sordidez de un navío sin escrúpulos donde el sonido de los pistones embadurnados de aceites y combustible se escurría en la oscuridad bajo una sábana sucia, único límite entre mi piel y los dientes de las ratas dueñas de los caños y pasillos.

El agua contaminada del puerto de mi tierra fue la madre que me abrazó al retornar a su seno. Ahora, descanso en su regazo.

Miro las espaldas que se marchan a través de la ventana, no tengo palabras para ellos, que aún no tienen recuerdos que olvidar, ni memorias que elegir.

sábado, 15 de octubre de 2011

Penumbra

Donde la luz es evasora
y la oscuridad esquiva
todo se nota
y nada se ve.
Alli, el color es cobarde,
la linea se ignora
cada sombra es algo
y todo algo es casi nada.