"Jugar con las palabras, atrapar imágenes, soñar, entrar en las sombras y nombrar sus contornos, dibujar el alma con letras, deconstruir el mundo y lo que vivo...escribir"
miércoles, 6 de junio de 2012
La ofensa
viernes, 25 de mayo de 2012
Señales
domingo, 13 de mayo de 2012
Naufragio
miércoles, 18 de abril de 2012
El anuncio
miércoles, 11 de abril de 2012
La luz
domingo, 11 de marzo de 2012
¿Donde estoy?
¿Cuál fuerza me arrastra a la aridez de la piedra?
¿Cómo explico que el horizonte me posee?
¿Por qué llora mi piel si la soledad que me esclaviza es la misma que me libera?
¿Puede acaso el brazo de la raíz extender alas y eternizar cielos?
¿O las estrellas recostarse sobre lejanas cosechas?
¿Dónde estoy?
..si los árboles abrazan mi tierra como el ave que pasó y ya no veo…
¿Dónde estoy?
Una lágrima responde.
Y aún así,
respiro con tu aliento,
tocame…
así, al menos por un instante
no me pierdo.
Nada
o casi nada.
El río corre aún,
y a su lado,
el tiempo.
Algo, un apenas,
suma dudas,
resta logros,
calca pesares.
Dividida en mil entornos
el alma en pedazos
no se encuentra.
Y la piel envejece.
Los ojos,
marchitos,
perdidos sin retorno,
añoran la lágrima
que,
en desértico dolor
se ahoga en las aguas
de una vida esteril.
viernes, 20 de enero de 2012
Dos de enero
martes, 3 de enero de 2012
El libro
La manzana
lunes, 26 de diciembre de 2011
como de espuma...
martes, 20 de diciembre de 2011
El nombre de la cámara
El deseo y un destino
sábado, 3 de diciembre de 2011
Despedida
lunes, 28 de noviembre de 2011
La ferretera
La misión
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Papel de seda
La mañana entró por el postigo apenas entornado. Bajo la sábana se desperezó la modorra y la tibieza del sol le arrebató los sueños que quedaron sobre la almohada.
Ella despegó la espalda y buscó las chinelas para protegerse del frío. Sus pies rozaron el mármol y se deslizó hasta la cocina como si fuera una hoja de seda flotando en el viento.
El camisón de batista insinúa sus curvas atravesadas por los días sin bocado y las semanas de encierro. Abrió la alacena solo por hacerlo, sin esperanza ni sorpresa.
Hacía un año que la depresión la desvistió para nunca más salir. En todo ese tiempo, los víveres se fueron acabando en forma racionalmente imparable y lo único que entró fue el agua de la cañería.
El ardor en la boca del estómago ya no le hacía ruido y era una sensación tan cotidiana como inevitable, similar a respirar.
Hace ya meses que dejó de inundar las horas con tristezas; ahora son amigas, excelentes amigas, tan amigas como sólo aquellas que no necesitan mirarse para saberse acompañadas.
Juntas repasan las cartas, unas amarillas que muestran la crueldad de un corazón que se escondió en el papel para abandonarla después de haberla enamorado, palabras que se leen y resbalan sobre la piedra lisa de una pasión asesinada, que ella aún recuerda.
Otras, de cartón desteñido y bordes raídos por el manoseo de interminables solitarios, que se suman empujando a los atardeceres para que pasen desapercibidos.
Cuando llegó a la cocina buscó sobre la mesada un poco de la yerba reseca. Se acercó a la hornalla con un jarro con agua. Encendió el fuego y dispuso la preparación del único mate cocido que bebería caliente. Mientras el agua llegaba al punto justo de temperatura detuvo su mirada en la ventana. Tras la mugre del algodón de la cortina percibió una sombra apoyada en el árbol de la vereda. Una sombra demasiado quieta. El agua hirvió y salpicó su mano. Ni siquiera gritó el dolor del líquido en su piel. Puso la yerba, revolvió la infusión de un verde cada vez más deslucido, y se sentó frente a la mesa como siempre.
Sin embargo, no se sintió como acostumbraba. El paisaje permanente que sostenía su quietud había sido modificado. Se acercó otra vez a la ventana. La sombra aún la miraba. ¿ La miraba? Sí, ella así lo sentía. Con los dedos flacos apresuró el borde de la cortina. La sombra cobró nitidez. El cuerpo del hombre le era extraño, pero no su mirada. Soltó la tela, sintió la sangre golpeándole las venas. Se apoyó en la mesada para no caer; la cabeza le daba vueltas y temió perder el conocimiento. Cuando se notó más firme, volvió a correr la cortina y pudo fijar sus ojos en los de él. La piedra lisa se quebró y las lágrimas la encontraron de nuevo.
Como un soplo de vida fue a la puerta, la abrió y el aire jugueteó con la batista.
En los brazos de la sombra cayó un papel de seda.
lunes, 24 de octubre de 2011
Decisión
Tomen asiento señores. Esta vez me van a escuchar, lo harán como si de ésto dependiera el futuro. Es probable que así lo sea.
Todos, sin excepción, siendo de rostros tan diversos, han invadido mi terreno virgen.
Hace años se han pegado a mi sombra, se adentraron en la oscuridad de mis refugios, se apoderaron del temblor de mis palabras y la palidez de mi vergüenza.
Violaron mis sueños, boicotearon mis proyectos, crecieron alimentándose de mis entrañas vulnerables. Hablaron por sobre mi silencio, hicieron de mi murmullo átono su discurso soberbio.
Los conozco. Se sienten invencibles, dueños absolutos, creyentes engreídos que suponen manejar a su antojo personas y destinos.
Los veo actuar hora a hora, día tras día, noche a noche. Incansables y sostenidos.
Señores, hacedores del fracaso y la fatiga, escuchen bien porque hoy es el día que les arrebato su poder, los dejaré tan débiles que ni el aire podrán atravesar.
Se esfumarán para siempre las máscaras perversas de cada uno de ustedes porque a partir de hoy los desplazo de mi vida señores miedos.
Recuerdos
La economía del país toma otra vez su filosa guadaña y sesga los jóvenes sueños. Escucho con octogenaria mansedumbre la decisión de mis nietos. Partirán a sembrar sus quimeras en tierras que prometen fertilidad y cosecha. Se despiden con el abrazo cargado de anhelos y el silencio se hace dueño de mis recuerdos.
Sesenta años me separan de aquel mar que atravesara en pos de una vida de esfuerzo y de progreso. La memoria vuelve a las calles empedradas de aquel pueblo, sombrías y húmedas, empapadas de la miseria que sólo pisa el extranjero.
Allá fui con la promesa a barrer la mugre de los que la hacen pero no quieren recogerla, a curvar la espalda bajo cargas ajenas, a llorar cansancios en una pensión oscura y maloliente.
Los años yermos me trajeron de regreso con el alma tan vacía como el vientre y la boca tan seca como la aridez de la arena.
Volví con los harapos del hambre recostados en el bolso, aquel que partiera rebosante de milagros, ahora escondido en la sordidez de un navío sin escrúpulos donde el sonido de los pistones embadurnados de aceites y combustible se escurría en la oscuridad bajo una sábana sucia, único límite entre mi piel y los dientes de las ratas dueñas de los caños y pasillos.
El agua contaminada del puerto de mi tierra fue la madre que me abrazó al retornar a su seno. Ahora, descanso en su regazo.
Miro las espaldas que se marchan a través de la ventana, no tengo palabras para ellos, que aún no tienen recuerdos que olvidar, ni memorias que elegir.