martes, 26 de marzo de 2013

Leo el memorandum


En pocas palabras se esconde un solo significado, el rumbo se esfuma. Tengo palpitaciones, la sangre navega con ritmo inusual, algo así como si el corazón tosiera levemente. Quiero llevar mi cuerpo a un lugar donde se serene. Cierro los párpados, impregno mis ojos, ciegos, con el tono azulado del mar. Un cielo imaginario se mimetiza en el horizonte con las aguas tan frías como lejanas a cualquier costa.
El manso devenir de las olas acaricia mi incertidumbre y ondula la superficie de mi desesperación. Ahora, el corazón late al compás de la quietud y la calma. Lo percibo sin siquiera hacer algún esfuerzo que impida hundirme. Las aguas me sostienen.
Escucho apenas las campanas del reloj vigilante del entorno. La brisa empuja con brazos limpios al tiempo y me deja en paz, sonriendo.
En este punto de alta mar extravío las sandalias que calzaban mis pies agotados, el papel estrujado de rabia cae sin despedirse de mis manos crispadas, y el sudor de mi piel tensa es arrancado por las gotas negras y frías del mar.
¿Por qué no quedarme aquí para siempre? ¿Cómo llegar desde el pensamiento hasta la barca que me abandone?
Quizá con el memorandum que pronuncia en silencio mi infortunio pueda construir, como cuando era niño, el bote que me traiga y me deje aquí, lejos de todo, rodeado de paz. Y olvidar, para siempre, que fui despedido.

miércoles, 6 de marzo de 2013

identikit


Nunca supimos como pasó, lo cierto es que la duda nos marcó para siempre.
La memoria se nos hace borrosa y nos juega sucio cuando queremos armar y dar sentido lógico a una genealogía inexistente. Cada uno recuerda cuando algún otro quería jugar con el mismo trapo, otro que en el día anterior no se había sentado a la mesa, ni siquiera había dormido…un otro que sencillamente, ahora convivía, sin saber cómo había aparecido. Ella, en cambio, desde siempre permanecía, cada noche, cada madrugada.
No encontramos rastros de adopción, ni papeles que señalaran nuestro origen, solo las huellas en los muros descascarados por la pobreza de un conjunto numeroso de personas que aparentaba constituir una familia.
Así como entramos alguna vez, de la misma forma nos fuimos yendo, sin preguntas, sin palabras, sin destino. Y las camas iban quedando vacías, los cuartos encogidos, sin memorias, sin principios. Ella, como aquellos días, se hizo parte del olvido.
El nombre impreso nos avisó de su muerte y nos trajo de vuelta, por distintos caminos. Ni las miradas que cruzamos ni el silencio de nuestras vidas pudo darle sentido a tanto vacío. Como saber quienes podemos ser si ni siquiera sabemos quienes fuimos.

jueves, 10 de enero de 2013

La locura y el amor




Cuánto amor, si es mensurable,
se necesita para compartir la locura
de perder el alma dentro de otra.
¿Qué nudo en la convivencia
encadena una ceguera inviolable?  
¿Qué sabor nutre la tolerancia que besa
las fronteras de la esclavitud?
¿En qué esperanza navega hasta el abismo
la libertad sangrante?
¿Es acaso la entrega ilimitada
señal de locura
o un ángel robó la piel
de un desprevenido?

sábado, 8 de diciembre de 2012

Por la mañana


Las sombras se van aclarando bajo el abrazo tenue del sol de primavera. Abro los ojos con la certeza de que estoy viva El color de las rosas y el perfume de los jazmines así me lo confirman. Sin atender al dolor de la cintura, recojo las piernas y apoyo los pies en la madera apenas tibia.
Dejé las lágrimas secándose en la almohada para que el aire nuevo me dibujara una sonrisa. Es el milagro que sólo advierto cuando las paredes de la habitación se visten de ámbar como la sombra que ilumina la oportunidad desmayada en el olvido, el persistente y extraño misterio de la vida.

jueves, 15 de noviembre de 2012

La caja de cenizas


Tenía la caja apoyada en su regazo, y entre los nudos de sus dedos se deslizaban medallas, cadenitas, papeles ilegibles, posiblemente entradas al Teatro del siglo pasado, algunos botones, un prendedor de oro, y en el fondo se escurría un par de guantes de encaje amarillos de soledad.
Sus ojos, parcialmente velados, se hundían en cada una de las cosas mientras sus labios entreabiertos dejaban libres a los suspiros.
Faltaban aún un par de días para cerrar definitivamente la casa. Las habitaciones desnudas no soportaban más el frío y la pintura de las paredes se descascaraban pidiendo clemencia. El patio invadido por una madreselva descontrolada olvidó sus rasgos pintorescos y la algarabía de las reuniones familiares.
Si bien la decisión fue difícil, el tiempo tomó fuerza en el asunto y obligó a una determinación.
Ella lo sabía tan bien como nosotros, imaginamos el dolor punzándole el alma y la memoria.  Supusimos que su silencio era un recorrido por los trozos de historia que los objetos encerraban en su pequeñez. No la vimos llorar. Sólo acariciaba una y otra vez las piezas que sacaba de la caja para luego dejarlas caer nuevamente en ella.
Pasó más de una hora. El tiempo parecía haberse detenido. Una sonrisa muy íntima acompañó el gesto de cerrarla con una llave minúscula. Extendió su brazo y me entregó la caja. La llevé donde aún estaba abierta la maleta enorme, de cuero rígido, en la que acomodábamos su ropa, la que iba a usar. – No, no ,no – la escuché decir. La miré extrañada. – Quemala – me dijo con voz determinada, casi impropia de su fragilidad.
Quemala, - insistió -  Lo que necesito, ya me lo puedo llevar, y dejemos que el viento se haga cargo de las cenizas. 

Ciudad


Así sucedió. La cintura se fue agrandando sin estar encinta. No hubo mapa que la contuviera en estos últimos años. Se atragantó de inmigrantes y de pobreza. Se vistió de chapas y cartones, dejando los ladrillos como coraza de un corazón cada vez más pequeño. Algunos especialistas de turno debatieron para encontrar un método que frenara su espíritu expansivo. De alguna forma se arreglaron para evitarle agua y caminos, como si no les importaran esos brazos que permanecen abiertos aún desbordados.
A medida que los límites caían vencidos, la solidez tomaba forma y otras chapas se alzaban en los bordes  nuevos, cubriendo la tierra, alimentándose de futuras siembras.
Así ocurrió. La ciudad ahora es una y única, como el hambre que la habita

Sierra Grande


La oscuridad es real, tan profunda como se define, y el silencio no existe a pesar de la ausencia de sonidos. Hace frío, pero la temperatura es estable. No hay corriente de aire, si bien son cientos los túneles que tal vez, por su disposición arqueada y sinuosa,  detienen en forma paulatina el soplo de la atmósfera.
Somos un grupo entre diez o doce, algunos menores. Se los percibe entusiasmados de la mano de los padres, quienes se muestran dudosos del coraje que los hizo venir.
El guía nos explica que estamos bajo una capa de 120 metros de tierra. Imagino la cuadra de mi casa repleta de polvo y terrones, la alzo en posición vertical y me coloco debajo. La sensación es inevitablemente atractiva, ligeramente apasionante, y un poco perturbadora.
Avanzamos guiados por las luces de las linternas. Siempre juntos, escuchando con atención las palabras del minero que oficia de guía, encantados con sus anécdotas y relatos.
Llegados a una boca cuya garganta se perdía en la profundidad invisible, nos pidió que recogiéramos piedras. Llenamos nuestras manos y antebrazos con todas las que podíamos. Las linternas alumbraban su rostro. Lo demás se escondía en la espesura de la oscuridad. Dijo: “Pongan en las piedras todos su temores, los dolores, aquello que no desean volver a vivir, los odios, los rencores, la avaricia, el egoísmo, las penas que necesiten olvidar.” El silencio por primera vez se hizo sentir. “Ahora – continuó-  arrójenlas por esta boca y escúchenlas caer…”
El estrépito se fue alejando en tanto la boca tragaba sin cesar aquellos trozos de nuestras vidas. El tiempo se prolongó como el sonido de la caída que parecía no tener fin. Hasta que el silencio volvió triunfante y se instaló en la sensación de cada uno.
Imaginé el fuego haciendo de la piedra un alimento, y al árbol, tomando de la tierra las memorias que lo nutren.
Ascendimos. El sol de un mediodía nos recibió rodeándonos de luz y aire tibio. Los más chicos nos miraron con sorpresa. Los escuché decir entre ellos: “¿Por qué sonríen?”
La ruta nos devolvió a lo de siempre, distintos. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

La llave


Estaba seguro de haber recorrido el camino adecuado. Repasó con la memoria todos y cada uno de sus pasos, los senderos, las encrucijadas, la cantidad de piedras de tamaños diversos que había esquivado o corrido, siempre con la misma disciplina, sin alterar  las leyes y normas estrictas que desde niño le habían transmitido.
Pero la certeza se desvanecía al no encontrar la forma de continuar el camino, sabiendo que éste existía, de eso no hay duda.
Acostumbrado a moverse, la imposibilidad de avanzar lo inquietaba bastante. Intentó serenarse ya que había aprendido que la ansiedad nunca llevaba a los destinos esperados.
El entorno era de una luminosidad sorprendente, si hubiera límites, éstos estaban ensimismados unos con otros, ya que no se distinguían. Todo era lo mismo, ese todo era nada, si bien la nada no existe. Estaba de pie aunque no entendía sobre donde.
El lugar era extraño. Había llegado con mucho esfuerzo, tanta dedicación para sospechar ahora que el camino tenía un fin, esta nada. La desilusión lo invadió haciéndolo caer. Quedó suspendido con todo su cuerpo. Con una mano atajó la cadena que colgaba de su cuello. Lo que menos deseaba en aquellos momentos era perder en esa nada el único recuerdo que guardara de su esposa, quien hacía años, le tomara ventaja con la promesa de esperarlo en el lugar adecuado para continuar, una vez más y para siempre, el camino que eligieron juntos.
Era una llave pequeña, casi oxidada por el tiempo y su piel. La observó buscando el recuerdo de la mano que la había colocado en la suya al despedirse. La besó.
La claridad se ensombreció con la silueta de una mujer que extendió sus brazos hacia él. Se levantó y  juntos se abrieron camino. La cadena y la llave se deslizaron de su mano y cayeron sobre las de su hijo, que muy lejos, lloraba.

sábado, 3 de noviembre de 2012


Si la hora resbala en el vacío  y las palabras desenredan párrafos sosos y desleídos,
entonces,
el silencio se eleva abrupto y arranca voluntades.

Sin palabras


Se quitó el sombrero convencido de no volver a aceptar este tipo de invitaciones. El gabán estaba tan empapado y con arrugas como él. Lo colgó en el perchero y las grietas que surcaban la comisura de sus labios se vieron reflejadas en el espejo.
Una vez que se quitó los zapatos, encendió la luz y un cigarrillo. Se abandonó en el butacón. No estaba cansado, más bien harto y aburrido.
El humo lo llevó de viaje a las cientos de conferencias, exposiciones, charlas y convenciones de las que había sido parte. Palabras, discursos, más palabras. Aplausos, reconocimientos, apretones de mano, miradas admiradas y finalmente, más palabras.
No pudo dejar de sonreír ante el vacío tan completo del silencio, éste, tan actual como propio y verdadero. Aquí el oxígeno sólo tropieza con manuscritos, libros, borradores y consultas efímeras en anotaciones marginales. Si ni siquiera el aire necesita vibrar, porque no ha de llegar a ninguna parte. Así también el timbre del teléfono, dispuesto sólo para urgencias, completando este silencio tan lleno de mensajes perdurables, porque no se mueven, gestuales, porque no se dicen, y ausentes.
Supo desde siempre, que todo aquello que predicaba desde los púlpitos y explicaba en escenarios académicos, sólo eran palabras, palabras que decían de las ideas, palabras que hablaban sobre los sentimientos, palabras muertas en el instante en que nacían. ¿Donde quedaban? ¿Es la palabra el dibujo de la idea? ¿Es la idea el sentido de la palabra? Se habla de amor y de caricia, de abrazo y de ternura, de piel…y la suya, olvidada de la tibieza entre miles de palabras. Decidió entonces prescindir de los vocablos y atragantarse con los pensamientos. Decidió callar y esperar que su mano, alguna vez, se sintiera acariciada.

martes, 30 de octubre de 2012


La sopa es un sueño de colores humeantes dibujados por el hambre en el fondo del cuenco vacío.

Umbral


La rosa blanca no dejaba de mirarla a través de la ventana. La sombra de la flor y un haz de luz jugaban sobre su rostro pálido, enmarcado por los mechones que fueron perdiendo vigor al compás de los años.
Mi mano recorría la piel de sus piernas abandonadas. El aroma frutal de la crema humectante se quedaría para siempre entre mis dedos, y sus pies tibios lo llevarían donde no hay huellas ni pisadas.
Fue un paso veloz a través de memorias transitadas por ambas.
Un viaje sin retorno imposible de detener. Sin cabida para un descanso, una disculpa, o una palabra. Todo había ocurrido y ya no sucedería jamás.
De nada sirvió la lágrima que rompió el silencio de tantos años. Ella no me hizo caso. Sonrió, y se fue; dejándome el perdón suspendido en el misterio de sus párpados cerrados.

jueves, 27 de septiembre de 2012

De la vida real


Le dije a Miguel que estaba equivocado. Me miró con una expresión insípida, propia del desinterés, el aburrimiento, y el hartazgo. Quise insistir, el tema lo valía.
Hoy, estamos junto a la cama. El monitor, con su lenguaje rítmico nos asegura que aún respira. Los párpados entornados, apenas lívidos, los labios casi besando un tubo que se sumerge en la soledad más profunda, allí donde hubiera querido llegar para decirle sin palabras que lo amo, acariciar su alma, abrigar su espíritu y atarlo a la vida que se le escapa.
Levanto la mirada y lo veo. Los ojos se le desbordan de lágrimas y de silencio. El también recuerda aquella noche en la que no quiso discutir, cuando mi opinión era una mera repetición de trivialidades…no olvida que con su fastidio calló mi advertencia y que su cansancio fue cómplice del silencio. Dejó que se fuera, que se ahogara en el desenfreno. Ambos lo sabemos. Pero no tienen sentido las preguntas, cuando la respuesta yace luchando por su vida.
Esa noche, mi hijo fue atropellado por el alcohol y la furia.
Esa noche, Miguel se fue a dormir balbuciendo hastío tras mi advertencia.
Esta noche,  somos otros…

Personaje


Sonríe al verse en el bar rodeado de amigos, disfrutando de una bebida accesible sólo para un grupo acotado de consumidores exquisitos.
Sus ojos brillan cuando se mira conduciendo el auto con detalles impecables, recorriendo paisajes exóticos, acompañado de la mujer que le quita el aliento.
Sostiene la respiración al anticipar el vuelo en parapente sobre las aguas azules de un mar exuberante.
Es protagonista de una vida que envidia y que construye consumiendo imágenes que guarda en una memoria sin recuerdos.
Los colores de la pantalla se reflejan disimulando la palidez de su rostro. Solo así logra ocupar sus sueños cuando la noche lo ahoga en el silencio.

martes, 4 de septiembre de 2012

Relato de una fantasía


De la mesa de la taberna me fui para el camino. La tierra roja, seca como el vientre donde mi hambre habita, se alarga más allá de lo que mis ojos perciben.
El sol no se ve, pero se adivina en el cielo límpido, el color vivaz de los ladrillos y mi sed.
Busco nuevamente la sombra bajo el techo que nadie conoce. Me arrimo a las ventanas cerradas, sin que haya posibilidad de abrirlas, como la puerta, hábilmente escondida tras los trazos firmes de una pared desnuda.
Espío por entre las persianas. Veo las tazas blancas en las que sirven té caliente con torta tibia. Parece que allí hace frío. Hablan, no escucho. Ellos saben donde estoy si supieran que existo, no se si pueden ver o adivinar siquiera mi sombra, aunque soy tan real como las letras que escriben.
La tarde les roba la luz que necesitan. Encienden la lámpara que cuelga metros más allá. Vuelvo la cabeza a mi pago. Aquí el cielo celeste y la claridad no se intiman, los retiene la certeza que anida en este paraje inmóvil, tan cálido, tan frío.
Hartos mis ojos de este día interminable, los labios áridos como la tierra que sólo yo piso, mañana, cuando se acerquen a quitar el polvo, me cuelgo del plumero y me bajo del cuadro. 

sábado, 25 de agosto de 2012

Paradoja (Vivo muerto)


Cuando el espíritu muere antes que el cuerpo, no se distingue el día de la noche y el silencio es la ausencia de uno mismo. El tiempo, de tan interminable, se duerme y aburre. No hay sentido ni sentimiento. La tibieza es fría, el gris el único color y los ojos, la ventana por donde se ve la nada.
Cuando el cuerpo vive más que el espíritu, la huella no deja marca, y el aliento retorna como póstumo suspiro. Las voces se rompen cual cristales que caen en piedras. Y saltan desplegándose como lágrimas infinitas.
Cuando el espíritu muere antes que el cuerpo, el dolor es dueño.

Martes a la tarde


La voz del trueno viajó más allá de la vista, atravesó nuestra pequeñez, vibró en el silencio y acompañó el canto de un pájaro invisible antes que las gotas martillaran la quietud del espejo de agua. La tarde es oscura.
Las luces ajenas, doradas y ostentosas, se aplacan tras la cortina gris que las opaca y hermana al humilde candil de la pobreza. Sólo el verde que crece alimentado por la tierra deslumbra con el único poder que ninguna historia supera. Las ramas danzan con fuerza.
Estremece el relámpago, sobrecoge el trueno, y el agua cae con inquietante misterio. Buscadores de preguntas formularon respuestas, usaron modelos, explicaron los ciclos, el poderoso saber se hizo hombre, y el hombre se supo poderoso en su dominio y conocimiento…hasta que lo asombra  y enmudece la próxima tormenta. 

sábado, 28 de julio de 2012

Imágenes


Es una de las tardes más frías que recuerdo. El cielo está limpio, con el color celeste que ningún óleo es capaz de fijar en la imagen de una tela. Tras el vidrio, el farol echará luz sobre el único papel y la lapicera de pluma que serán protagonistas de una noche inesperada.
Entre tanto el tiempo se entretiene, el césped invita a los pájaros a picotear las migas que el pan casero dejó caer de una tostada. El gato ronronea acurrucado como ovillo en la canasta donde en otros tiempos se recogía la ropa para el planchado. Y así estamos, dejando que la tarde se oscurezca, en esa hora en que la penumbra se asombra y la naturaleza agradece el día antes de cobijarse bajo la noche. Es la hora del silencio. La brisa queda en suspenso…y nosotros, quietos (el gato y yo…).
El velo cae y apenas nos adivinamos. Enciendo el farol. La luz, tenue, se ocupa de señalar la última hoja del block sobre la cual está la lapicera a tinta heredada de mis abuelos. El resto, es sombra. Parece entonces, que lo único para hacer es escribir.
Juego un rato con el capuchón entre los dedos. La hoja iluminada con un tono amarillo me hace soñar.  
La oscuridad se hace cómplice de la imaginación.
Frente a la ventana los eucaliptos se mecen, altos, tan negros como las casuarinas, porque la noche nos hermana hasta en las sombras.
Sobre el quincho se asoma el resplandor de la luna que hoy vino más tarde. Se desliza corriendo el manto infinito de estrellas. El horizonte palidece.
Adentro, es tan vívido el aroma cítrico del té, que cierro los ojos mientras el paladar se repleta de bergamotas, la lapicera está quieta, mi mano sobre ella.
Detrás, en la cocina, la alacena rebosa de dulces caseros, algunas conservas, y cientos de naranjas derramando su perfume en licores y salsas, partido su vientre como la joya más dulce y brillante que un árbol jamás haya parido.
Siento en mi espalda el tibio chisporroteo de la leña, generosa entrega de la tierra hecha madera. La ruana me abriga, la lapicera no tiembla, mi mano reposa en ella.
A lo lejos escucho un ladrido. Me sorprende. Mínimas luces se acercan por donde, sin dudarlo, está el camino. Sólo una de ellas se alza casi a un metro. El resto revolotea a centímetros del suelo. Son los chicos del campamento. En la canasta, el gato se desovilla y despereza. Me mira sabiendo que estoy alerta. Cuando ya las caritas de ámbar casi se pegan en la ventana, abro la puerta y se me cuelgan los brazos de la ternura y la alegría llenos de frío. Las voces, tan diáfanas como el aire helado que entra sin permiso, piden naranjas, y una mano fuerte extiende una cesta de mimbre. Los ojos del hombre envuelto en una campera azul y una gorra que abriga su cabeza hace ya más de un invierno me miran y sonríen. Sabe que soy feliz.
Les fue a ayudar a encender el fogón ( hace maravillas con las ramas…) y ahora vienen a buscar la fruta que les llenará la boca de un sabor que jamás olvidarán mientras rían, canten y conversen iluminados alrededor de ese fuego que los acompañará hasta que el sueño los venza.
Completaron la cesta con los soles de invierno y regresaron al campamento.  Ya no veo las luces, sólo por donde caminan.
El gato, que anduvo recogiendo mimos y caricias entre las piernas de los chicos, se acomoda nuevamente, me mira, percibo su satisfacción. Cierra los ojos. Lo miro.
Se abre la puerta. Me levanto y el abrazo nos abriga. Cuelga la gorra, atiza el fuego de la chimenea, las brasas chillan. Apago el farol y voy a la cocina. Con el agua que hierve preparo el té. Cuando me acerco con las tazas llenas, veo la hoja sobre la mesa. Está limpia, la lapicera sobre ella. Sonrío. No imagino, vivo.

martes, 19 de junio de 2012

La última discusión


La letra se repetía en forma ininterrumpida y con amplitud constante. Por más que quisiera desoír las palabras, no había escapatoria, si hasta las paredes se unían para retener el eco.
Todo surgió por un malentendido, como siempre…en realidad, cada una de las discusiones de las que hemos sido parte, siempre se originaron en el mismo conflicto: no haber comprendido con exactitud el mensaje ajeno, ya sea por no escucharlo, o por interpretar las palabras con otro significado. La lengua que hablamos rebasa de sinónimos, abundan los significantes con infinitas variedades. Será también por eso.
De todas formas, me está aburriendo el minuto que se prolonga como su queja casi perpetua.
Bien se que un gesto, ya sea una ceja que se arquea, un ojo que espía al techo o un desliz del labio pueden extender irremediablemente la sinfonía lastimera.
Ni los pies atino a mover. La quietud de mi cuerpo se asemeja a la calma que la naturaleza, sabia, atesora para enfrentar la tormenta. Hay que dejar caer el agua a través de los grafismos que dibuja la furia en el cielo, para abrirse nuevamente como un vientre que dé paso a la paz y calidez del fuego.
Estaba concentrada en estos pensamientos cuando escucho de repente un súbito silencio.
La mirada de esos ojos gélidos parecía exigir una respuesta. En la memoria no registro situación similar. Siempre fueron monólogos, verborragias unipersonales dirigidas al mismo par de oídos.
¿A que se debe ahora esta puerta abierta a palabras que carecerían totalmente de sentido?  Tal vez esté confundida. Quizá no espera una respuesta, puede que su silencio sea más una afirmación de su palabra que una pregunta al vacío. Porque ahí estoy yo, en su vacío.
Un vacío habitual, ahora, apenas incómodo, porque parece que lo abandonó hasta el mínimo suspiro que deja como rastro el aliento tras la palabra dicha.
Presto mayor atención a sus ojos, los veo de hielo y entonces comprendo. Su vida, embebida en la dureza del cristal, en un instante, se hizo añicos.
Ya no estoy en su vacío, se lo llevó sin mi permiso, como todo. El tiempo transcurre en silencio. Camino, sólo mi suela hace ruido. Enmudecieron las paredes. Miro, lloro.
Estoy vacía.

en el cielo...


Dime si  hay árboles
donde los pájaros cantan al despertar el día.
Dime si la brisa se siente en la cara,
y la ternura del sol te acaricia la mejilla.
Dime si  las nubes juegan,
si hay césped donde adormece el rocío ….
dime si se siente el frío, dime si hay flores, dime si perfuman.
Dime si  la fruta se muerde,
si la miel besa el pan caliente,
dime si el gato ronronea, si ladra el perro,
si el cariño viaja y ríe la alegría.
Dime si el agua corre libre,
o sueña en los lagos, los pantanos, la lluvia…
dime si es clara la luna…
Dime si hay cantos, si se escuchan los susurros,
dime si beben del buen vino, si hay manteles,
y sobre ellos migas,
Dime qué ves,
Dime qué recuerdas,
Dime,
Dime si me esperas…
¿O estás aquí, conmigo?