primer día
En viaje, con el sol despidiéndose en la ventana, rasando el campo, besando los árboles y avivando el fuego en mis entrañas...
día dos...
tercer día
La torpeza obligó a la quietud, al silencio, al aroma a pino, a escuchar música, a no hacer y sólo entrar, entrar, dejar entrar y entrarme...paz
cuarto día
Un espectáculo a la gorra. Movimiento, gracia, sugestión y cientos de juegos de palabras engarzadas con la genialidad de la simpatía. Los pinos se emborrachan con las carcajadas.
¿ Quién dice que la magia no existe?
quinto día
Sol, arena, carpas...un estilo...lejos, el mar y su ensordecedor silencio soplando entre las olas. Allí me encuentro.
sexto día
Charlas, risas, vasos, juegos...crestas blancas, alas negras... silencio.
día siete...
octavo día
Escuchar y callar es transitar un camino rico en aprendizajes, donde la verdad, desnuda, ilumina o desgarra, pero siempre libera.
"Jugar con las palabras, atrapar imágenes, soñar, entrar en las sombras y nombrar sus contornos, dibujar el alma con letras, deconstruir el mundo y lo que vivo...escribir"
martes, 14 de enero de 2014
lunes, 23 de diciembre de 2013
Nochebuena 2013
23 de diciembre...
Como tantos, vengo de la calle...
Las calles están repletas de luces, adornos, guirnaldas, creando a cada paso un clima de fiesta y alegría…y no es para menos…mañana, cuando el sol se ponga y con la primer estrella, las familias, los amigos, se empezarán a congregar para celebrar la más buena de las noches…la noche de Dios entre nosotros…
Las redes se abrazan en sinfin de saludos, despedidas y buenos deseos...
Como tantos, vengo de la calle...
Las calles están repletas de luces, adornos, guirnaldas, creando a cada paso un clima de fiesta y alegría…y no es para menos…mañana, cuando el sol se ponga y con la primer estrella, las familias, los amigos, se empezarán a congregar para celebrar la más buena de las noches…la noche de Dios entre nosotros…
Las redes se abrazan en sinfin de saludos, despedidas y buenos deseos...
Te deseo que por un instante apagues las luces de tu árbol, y las velas que adornan el pesebre…
que entres en esa oscuridad que sólo te pertenece, allí, en lo más profundo de tu silencio, en lo más cierto de tu certeza y en lo más frágil de tu debilidad, en ese abismo que a veces tememos y en esa grandeza que nos hace únicos…
Que allí descubras la más pequeña de todas las luces, la que apenas se vislumbra…y crezca, se expanda borrando toda sombra y te habite plenamente…
La navidad nace allí,
en vos…
Por una navidad llena de tu luz!
martes, 29 de octubre de 2013
El patio de la casa
Las glicinas desaparecían perfumando el aire
y la nostalgia de la casa de los abuelos.
Si ella estuviera con su vestido claro y su delantal oscuro,
cada uno de nosotros se llevaría entre las manos un ramo fresco
para retener el recuerdo del domingo compartido.
Si sus dedos se enredaran como siempre en la tierra,
dibujando surcos según el capricho de la artrosis,
y sus labios hablaran los secretos que solo ella y las flores
escribían,
el patio no se hubiera muerto en el fondo de la casa
y en la trastienda de nuestra memoria.
Si ella extendiera el mantel a cuadros sobre la mesa bajo la parra,
las voces no hubieran sido sepultadas en el fondo de nuestro silencio.
El sol ya no viene a reflejarse en sus ojos
cuando la tarde recoge migas para las calandrias.
El patio se oscureció en el fondo de la casa.
El patio del fondo se me vino al alma.martes, 22 de octubre de 2013
poema 1
La tarde se adormece bajo el sol
despidiéndose en la ventana.
Las flores se mecen y el limonero perfuma la brisa.
Silencioso el césped se abandona
y desde el aguaribay,
la primavera grita a viva voz en el pecho de un zorzal.
Su canto permanece entre las sombras diluidas.
En tanto,
un alma llora, el niño duerme
y Dios, amasa un nuevo día.miércoles, 9 de octubre de 2013
la voluntad y el destino
Falta una hora.
El espacio permanece vacío. La hora se adelanta como el trazo ligero de sus
plumas. Los veo detenerse, mirar hacia el techo y continuar. Mi cabeza sigue
tan vacía como el espacio. Solo se llena de presente, del ahora, ni siquiera de
lo que fue o de lo que podrá ser. Entonces me pregunto si hay ideas corriendo
bajo sus melenas prolijas y onduladas. Qué relatos escudriñan detrás de sus
lentes gruesos de armazones oxidados. Ahora permanecen con los ojos clavados,
semiocultos bajo sus párpados somnolientos, o aburridos. Miran y tocan el
espacio, lo giran, lo transitan, y yo, vacía. Ellos son los señores de la
tinta, los que aparecen en fotografías, los que escriben su nombre en los
espacios llenos de halagos y colores. Mi espacio es negro, o ¡sigue vacío? No
hay voluntad que desvíe la de mi destino.
Amor en letras
Otra vez se hizo
de noche. La luz se detuvo señalando el teclado de la computadora. Los dedos
apoyados entre la “a” y la “ñ” continúan inmóviles. La protagonista sigue esperando.
¿Debía correr hacia la izquierda?
¿Permanecería estática y temerosa? ¿La salvaría un transeúnte
ocasional? Desde el mediodía que está
con la cabeza mirando hacia atrás, cuando el autor decidió que ella percibiera
a sus perseguidores. Ya le duele el cuello, y el sol que no avanza en este
párrafo inconcluso le hace sudar la nuca. Con el rabillo del ojo espía hacia afuera.
Ve la mano del escritor quieta. Le grita, pero las letras no le hacen caso y
así como estaban, quedan.
– Despabilate! protesta otra vez con voz
inaudible para todo aquel que está fuera de escena. Nada cambia, ni la luz de
la lámpara, ni el silencio, ni la inmovilidad de los dedos. Entonces, toma la
decisión, arrancándose una a una las letras, borrando de su piel cada trazo,
partida de dolor y aferrada a una convicción atraviesa la pantalla.
-
¿Qué hiciste? - exclama el
escritor frente a la silueta que lo encara.
Ella lo mira un
poco sorprendida. Se lo había imaginado tan distinto. No tiene el pelo cano
como suponía, y la mirada tan verde la cautiva. No es joven, parece tener la
edad en que los surcos se esbozan y nos invitan a ser recorridos. Ella le toca
el cabello oscuro y la suavidad ondula entre sus dedos.
-
¿Que haces? – él murmulla sin
retirar la cabeza.
No sabe cómo
responderle. Apenas le dice: “Estaba esperándote”.
El entonces
recuerda que le dolía imaginar que la atacaran, o la lastimaran, o que aquel
que podía llegar a salvarla, a quien todos creían un hombre honesto y gentil,
bien sabía él que era un asesino. Los demás, los de adentro y los de afuera de
las páginas, lo sabrían unas líneas antes del epílogo.
Pero cómo
explicarle a ella, tan frágil, tan tierna, tan sí misma.
-
Te estaba esperando mientras me
perseguían. Estaba cansada. – le explicó ella, y tan ligera como un suspiro se
acomodó en el regazo de él. Ambos quedaron con el rostro iluminado por la luz
fría de la pantalla.
-
No quería verte sufrir. No
soportaba la idea de que te lastimaran – comenzó a justificarse.
-
Entonces hubieras evitado la
persecución y el arrebato –interrumpió ella con cierto tono de evidente
conclusión.
-
No podría vivir – susurró él con
la barbilla sumergida en la oscuridad del cuello.
-
¿Qué decís? -
-
Si no hay violencia,- prosiguió con tristeza -
la novela no se vende, si no se toca
cierto grado de atrocidad, los editores no encuentran negocio, y yo, necesito
vivir.
Con los ojos tan finos como un papel de seda, ella vio bajar sin
detenerse dos lágrimas de impotencia.
-
Te quiero tanto – susurró él sin
detener el llanto.
Ella se incorporó.
Con las manos le secó las mejillas. Y no dudó. Atravesó desgarrada otra vez la
pantalla. La tinta punzaba cada uno de sus poros y los hacía herida.
Ella volvió a
mirar a sus perseguidores. Supuso los dedos inmóviles. Dio media vuelta y dejó
que la atacaran con violencia, para que él viviera.Computadora
La sala estaba
casi vacía. En tiempos cercanos a las fiestas de fin de año, se promovían las
altas y sólo quedaban internados los desahuciados. Elisa, con sus huesos
amoldados al colchón y su cabeza rala, sostenía entre sus dedos una foto ajada.
Bastaba esa imagen para que la comisura de sus labios se marcara entre las
arrugas delineadas por el dolor y el sufrimiento. Su San Giovanni, sus calles,
sus árboles, su tierra, sus olores…la infancia y su madre, los hermanos. Esa
foto parda, recorrida por las venas blancas del tiempo y las caricias, la
llevaba en andas hasta los recuerdos más vívidos, si bien la memoria
desdibujaba los contornos de muchos rostros.
Elisa sabía de
su tiempo, sabía de su fuerza, y sabía de su deseo agonizante. Sus pies no
volverían a pisar aquella tierra de color tan especial, ni su cielo cubriría su
cabeza.
La hora se
anunció con las campanas de la iglesia ubicada a pocos metros de la sala. Elisa
cerró sus ojos. Comenzó a dibujar entre las sombras, hasta que una mano se
apoyó entre las suyas. Abrió los ojos y se encontró con la mirada de la
enfermera que le sonreía entre los ojos oscuros. Sin decir palabra, la reclinó
y acomodó la espalda sobre la almohada, apoyó el aparato en su regazo. Elisa
viajó. San Giovanni se mostró sin secretos, la alzó por sobre sus caminos y le
acarició las manos con el color de su tierra. Elisa sonrió y se fundió en el
cielo.lunes, 30 de septiembre de 2013
Con el corazón en la boca
Las palabras
golpearon duramente contra las paredes y su sentimiento. Ahogado, sin articular
respuesta, el cariño atinó a salvarse navegando entre lágrimas aferradas al
silencio, como siempre.
Los sonidos que
alguna vez la ternura de una maestra enlazó para que él la llamara, ahora se
crispan y estallan como cristales que la lastiman.
En su corazón de
madre, transparente, se ven reflejados los agravios. Perdona, mira, ruega. Sabe
que la boca que habla está llena de veneno, de alcaloides secretos prometiendo
fantasías, cosechando quimeras, avatares que la socavan, pero que no han de
destruirla. Porque en esa misma boca batallará con su cariño, con el alma, con
la vida, hasta dejarla limpia.La huida
Comenzó
caminando rápido, más rápido que lo habitual. La gente en la calle le dejaba
paso, tal vez creían que andaba apurado sabe Dios por qué justo motivo.
Luego, cuando
calculó una distancia prudencial, aminoró la marcha restableciendo el ritmo del
aire que entraba en sus pulmones casi a bocanadas. Se ajustó la campera y
percibió con sus dedos largos el bulto en el bolsillo izquierdo. Sintió cierto
placer que se le enredó con un tanto de miedo. Giró la cabeza bruscamente.
Luego se arrepintió pues un hombre prestó atención a su movimiento repentino. Pero
con rapidez y un aire distraído alzó el cuello como si buscara algo, dio media
vuelta y continuó andando. El hombre frunció el ceño y sin prisa, persiguió sus
pasos.
Dándose cuenta,
tocó el bolsillo izquierdo y se sintió sospechado, lo que lo llevó a andar más
ligero mientras sus manos se humedecían de nervios y su nuca tensaba el miedo.
No volvería a
cometer el mismo error. No espiaría a sus espaldas. Decidió avanzar. Nada lo
detuvo hasta que el mismo sol se aburrió de iluminarlo. La sed y el cansancio
esperaban pacientes a que tuviera conciencia y los atendiera de una vez. Pero
la sombra lo seguía. ¿La suya? ¿La otra? Se aseguró de no volver a correr el
riesgo, no miraría atrás aunque la duda persistiera. Y así lo encontró el
olvido, huyendo de la sombra.
La sombra
A medida que la
noche se asentaba, la hendija de la puerta comenzaba a brillar reflejando la
luz del umbral. Una vez que terminé de lavar los platos y me serví un té
caliente, me senté a la mesa con las páginas para ordenar. Mañana temprano
pasaría el editor a recoger el manuscrito.
Coloqué el farol
antiguo sobre la mesa. La luz tenue y cálida creaba en la habitación la
intimidad y la concentración que necesitaba. Las paredes se escondieron tras
las sombras que dibujaban los rayos detenidos por las formas cotidianas.
Comencé a
separar los capítulos. Algo me llamó la atención y dirigí la mirada hacia la
puerta. No fue un sonido, aunque permanecí alerta en silencio. Nada ocurrió.
Continué.
Pasaba las
páginas recordando los momentos inspiradores, las horas de corrección, la
alegría y el cansancio. Otra vez. Advertida la percepción, ahora distinguí con
claridad una sombra interrumpiendo el haz de luz en el vano de la puerta.
Supuse la presencia de alguien. Esperé que sonara el timbre. Silencio. El
reflejo se acomodó de nuevo.
Comencé a apilar
en orden las hojas cuando vi otra vez la sombra. Ahora permanente, deja apenas
unos trazos de reflejo intermitentes. Quedé inmóvil. No me animé a preguntar.
El silencio reinaba tanto afuera como adentro. Me reconocí con miedo. Era
tarde. Decidí llamar a mis vecinos, o a la comisaría. Con cautela me levanté
para buscar el teléfono. Las sombras en la pared se movieron. Me confundí.
Trastabillé con la mesa, cayó el farol con estruendo. Aplastada mi cara en el
suelo escucho el aullido desgarrador de un gato que se aleja.El juego
Tuvo que hacerlo.
Hizo lo posible para evitarlo, de la misma forma que quiso corregirse.
Le recordaba las
fiestas en las que hacían resplandecer el comedor y el salón de su casa. Aún
olía el vinagre con que manos toscas los enjuagaba dejándolos impecables y
brillosos, luciendo la escena en la campiña pintada a mano.
Se veía pequeña
frente al aparador de nogal que como una nodriza robusta los protegía y a su
madre con una sonrisa acomodarlos en los
estantes forrados con un paño delicado.
Cómo olvidar la
última mirada con la que le dijo que lo cuidara, que era todo suyo y que lo
siguiera disfrutando como ella lo había hecho.
Disimuló el nudo
en su garganta frente al mostrador de la casa de empeño.
El antiguo juego
de vajilla la despidió hermanando su brillo con el cristal de su amargura.
Cobró.
Esa noche tenía
la esperanza de recuperarlo. Apostó de nuevo. Perdió el juego.
Huir de mí
Nadie puede.
Nunca se pudo. No puedo salir de mí. Y aún si logro cambiar algo, no dejo de
ser yo. Quise cortar mis manos, mis pies, olvidar mis piernas y hasta
desenroscar mi cabeza…mudar de piel, y andar otro suelo donde marcar huella.
Intenté todo, aún lo impensado, incluyendo disparates que algún novelista insano
pudiera haber imaginado en el más fantástico de sus relatos. Y aquí estoy, sin
cambios, soy yo, y nunca dejaré de serlo.
Ni aun la muerte
me borra. Porque he muerto, no una, sino cientos de veces, con más o menos
deudos que me lloren, una y otra vez, y sigo así, yo, con este ser que no huye
a pesar de mis intentos. Cómo deshacerme de mí si esta mísera palabra me
pertenece, me nombra, me dice, me atrapa y me encierra. Sólo a mí.
martes, 3 de septiembre de 2013
De un punto de luz en la oscuridad
Lo vieron al
mismo tiempo. La presión en sus manos entrelazadas fue signo suficiente. Así
como el silencio en sus labios sueltos por el impacto de la sorpresa.
¿Es ésta la
muerte? ¿En esta inmensa oscuridad transita lo eterno? ¿No habían aprendido que
Dios es Luz? Quizá no los habían engañado y ese destello brillante y mínimo era
el Dios aprendido. Nunca imaginaron que podría ser tan pequeño y menos que
duraría tan poco.
Porque están
absolutamente seguros que en esta profunda negrura sin límites ni espacios, ni
suelos ni cielos, vieron los dos un punto de luz.
Están
convencidos que aún sin detectar dirección alguna, y girando sus cabezas algo
marchitas, una y otra vez, recorriendo ángulos agudos y obtusos, llanos y completos, por ninguna parte si es
que aquí hay parte alguna, lo vieron de nuevo.
Decidieron no
soltarse, por si así permanecieran para siempre, que fuera con la piel de uno
entibiando la del otro. Y si los ojos quedaran ciegos de aburrimiento, percibirse
juntos, aún callados y temblando.
Porque así
vivieron, así viajaron, así están aquí, y así quieren seguir, juntos.
Y si ese punto
de luz que se les escapó prefiere no volver, saberse ellos así de unidos, en
esta ausencia de espacio, en este vacío.
Fue entonces
cuando una noche virgen dio a luz en la oscuridad.
Fue entonces
cuando el niño lloró a sus padres frente a una nueva estrella.
domingo, 1 de septiembre de 2013
El druida
El viento detiene
el paso de la mula. Los pies terrosos y helados marcan la huella lenta en el
sendero solitario. Va con la carga de frutos que dará por pan o leche. Yrian había
partido con tiempo para llegar a la feria. Hace tres días camina, van dos
noches de luna, y en otras horas de sol espera ver polvo a lo lejos que le
señale el destino.
La tormenta le
cobró horas, como un recaudador presto para cosechar miserias. Pero fue un sol
tardío, corriendo tras la muralla de piedra, el que lo vio llegar sin
recibirlo.
Las antorchas y
los fuegos se hicieron lugar entre el bullicio. Algunas alforjas con telas,
panes y frutas se acomodaban alrededor junto a los odres de buen vino. Desde
algún rincón una flauta arrancó del aire una melodía mientras los animales de
ojos tristes parecían dormirse.
En los rostros
cansados y agrietados intentaba asomarse una sonrisa, tan esquiva en la vida de
los campesinos.
Pero por esta
noche, la libertad se sugería. Quedaría prendada de un breve intercambio casi
furtivo apenas iniciada la madrugada, y antes del sol del mediodía debía quedar
vacía la tierra apisonada. Algunos pocos, podrían emprender el regreso con algo
más que frutas, pan y leche, otros, en cambio, pagarán un tributo, y llegarán a
sus tiendas con un tanto de avena como para una o dos gachas que saciarán el
hambre por un día.
Así emprendió Yrian
el regreso. Con medio saco de avena colgando del lomo de su mula.
Otra noche
helada bajo las estrellas como guías. Pasa un día y aún está lejos el caldero
vacío. La tierra se adhiere a los pies y a las patas. Desde el polvo arremete
la mordida. Trastabilla la mula, y él ataja entre sus brazos la carga.
Cae el animal,
dolientes sus ojos y ponzoñosa la herida.
Yrian lo ve, lo
supone, lo acepta.
Apoya sobre sus
hombros la bolsa, y sigue el camino. Los pies desnudos se acostumbran. Avanza
por el sendero que sin querer se ha hecho más largo, más duro. Llegada la hora
donde las sombras son largas, ve a un anciano sentado a la vera. Su mula,
liviana y flaca se alimenta de la poca brizna que crece cerca de la orilla.
Cuando pasa
delante, el anciano levanta su cabeza y lo escudriña. Yrian reconoce el
misterio en la mirada. Siente miedo. Se detiene perturbado por los ojos
extraños. El anciano inclina su cabeza señalando su mula, ofreciéndosela sin
que medie una palabra. Con la espalda curvada y sudorosa, el campesino mira al
animal flaco, y luego al anciano, con sus huesos asomando bajo la tela. Quien
de ellos necesita más del otro, se dijo en silencio, así fue que, aún sabiéndose
débil, agradeció el gesto y los dejó atrás.
Unos metros más
adelante, cayendo de bruces bajo la carga, dudó un instante y dirigió su mirada
atrás para pedir ayuda al viejo.
El camino estaba
completamente vacío. Sólo estaban marcadas sus huellas, y no se veían nubes de
polvo que señalaran por donde andaban el anciano y su mula.
Conmovido se
levanta y apresura el paso. Ve caer por un orificio del saco granos de preciada
avena. Cubre con su mano la herida de tela, y sigue andando. Se le van las
fuerzas, el plato vacío, la noche vuelve, el frío, el miedo, tiembla, y
nuevamente cae, cae sobre la avena. La tierra lo abraza.
El viento llega
con fuerza, lo despierta. La noche ya no es tan negra. Le duele el cuerpo, y
entre las ráfagas advierte un rebuzno. La mula lleva colgando de un lado un
saco entero de avena, y del otro, leche, miel y frutos secos.
La silueta del
viejo se recorta en el crepúsculo, cuando las sombras apenas se dibujan, desde
el fondo de la capucha todos los ojos se encuentran. Y en ese mismo instante,
el crepúsculo se lo lleva.
Llega Yrian a la
tienda. Esta noche en su casa habrá fiesta.
sábado, 24 de agosto de 2013
La presencia
Había sido un
día entrañable, frío, diáfano, el jardín sereno, los pájaros yendo y viniendo
de la rama al césped, besando rasantes el espejo de agua. La serenidad se hizo
parte de mí. Cuando el crepúsculo se llevó la luz, entré y dejé la ruana
recostada sobre el sillón. Encendí el farol de noche y puse las manos a
trabajar para preparar la cena. Lo ví pasar entre la heladera y la puerta. Giré
con rapidez la cabeza pero ya no estaba. Cortaba verduras en trozos pequeños
cuando nuevamente se deslizó pasando a mi lado y deshaciéndose en la escalera.
La tercera vez,
estaba parada frente a la cocina revolviendo el contenido de la olla y apenas
percibí su paso atravesando la mesada.
En ese mismo
momento, apoyé la cuchara de madera y analicé una a una las sombras. Se
agitaban, sí, de pared en pared, de plano en plano, pero no se trataba de
ellas.
Estaba tan
tranquila que tuve la certeza de que no era una mala jugada de los nervios.
Entonces, ante la evidencia del misterio pregunté: - ¿Quién sos?
Esperé unos
minutos. - ¿Quién sos? – repetí - Te vi
pasar. – insistí.
Corrió por
detrás del vidrio de la puerta– Ahí estás. ¿Quién sos? - Alcé la pregunta por
encima de su silencio.
Quien sos? – fue
la pregunta que jamás obtuvo respuesta. Si tenía voz, se la calló el silencio,
pero su presencia fue suficiente. Suficiente para no dudar, suficiente para no
entender. Apenas lo necesario para sabernos uno y otro iniciando una
convivencia propia de relatos de fantasía o novelas de ficción.
No se porqué me
eligió, tampoco intuyo qué le aporto o para qué le sirvo. Pero no se va. Y a
mí, me llena la soledad.
martes, 13 de agosto de 2013
la ausente
La tormenta
habló de truenos
y el
silencio de la ausencia.
Quedó tan blanca
la página
como
vacía la mente,
y la pluma, quieta.
Esclava del deseo
Lloró sobre la
tumba abandonada, cobijo de hojarasca que el otoño acumula en sus brazos.
Derramó su deseo consumido por el abandono. Mientras él vivió, un simple y
fugaz cruce alimentaba una noche de desvelo, imágenes de un día soñado, con sus
encajes y aromas, su perfume a lavanda, y una piel supuesta suave añorando la
calidez de su mano esquiva.
Mientras vivió
no hubo llanto, solo un trozo de pañuelo estrujado por el alma del amante que
busca ser amado.
Mientras vivió,
ella no supo de ternuras abrigando la desnudez de su entrega, devorada por la
esperanza que se excusa.
Corrió las hojas
secas, y sobre el viejo y pulido mármol dibujó una a una las noches y los días
en que lo amó, una a una se fueron delineando en su rostro, marcando la
desesperanza y el arrebato de una vida consumida por el deseo, la adoración a
un hombre que yace bajo el frío otoño. Se arremolinaron las hojas y el viento
las llevó a otra tumba.
de aquí y de allá
Supe
que las hadas existen desde el día en que murió mi madre y creí que no volvería
a verla,
Supe
que los duendes existen desde el día que aprendí a tener amigos,
Supe
que la magia existe desde el día que decidí ser feliz.
viernes, 2 de agosto de 2013
...
¿Puede el monte
abrigar la desnudez del desamparo?
¿O la tristeza
escapar con la rapidez de una fuga?
el cautivo añora
la distancia
de un pasillo
interminable…
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