El domingo se sumergía en la quietud de la tarde. Diáfano el cielo y cálido el aire, su cuerpo estaba tendido y su mente abandonada al silencio. Ya era pasado el mediodía, una hora sin hambre, ahogada ésta por los mates que comenzó a tomar a media mañana. Pasó la tarde, y sin consultar a nadie como habitualmente hacía, en especial a sus hijos, decidió viajar. En menos de media hora sacó los pasajes de ida y vuelta, reservó tanto el remise que la acercaría a la terminal como el que la llevaría hasta la tranquera.
No quería esperar más. El tiempo pasaba muy rápido, el mes se había escapado con la velocidad de los segundos, y los días venideros no le garantizaban la libertad para decidir cuando ir o cuando volver.
Esa noche, después de encontrarse con una amiga en un café cercano, el viento comenzó a correr con violencia, cayeron gotas redondas como pelotas, suficientes para empapar cuerpos y almas.
Se hizo tarde, aún así, se tomó el tiempo de llenar la valija con pocas cosas, las necesarias para tan sólo tres días, nada de ropa porque allá tenía tanto para usar en días de calor como de frío, ventaja de haber guardado con cuidado prendas ignorando los ciclos de la moda. Llevaba sí aerosoles, espirales y repelente para dar lucha a los mosquitos, que, según le habían contado, eran grandes como aviones, inocentes como ovejas y molestos como moscas; los que invadieron el campo no son transmisores del COVID, plaga que dañó tanto el cuerpo y la vida de los sobrevivientes.
El viento fortísimo y la lluvia la amedrentaron frente a la posibilidad de viajar con su amiga en auto cancelando todas sus reservas. No había pasado el tiempo suficiente como para espantar el miedo que el accidente le incrustó en lo más profundo de sus emociones. Habían sido muchos años de una convivencia aniquilada en un segundo violento; dos autos, una ruta y una ruptura trágica. No quería que el dolor y el duelo la dominaran, pero no pudo evitar el miedo.
Así fue como partió al día siguiente con pasajes y reservas a cuestas.
Llegó de noche, noche sin luna ni estrellas. El blanco de la tranquera fue la señal que el chofer identificó para detenerse en destino. Ella venía con su valija y su bolso distraída con pensamientos ligeros y punzantes.
Anduvo despacio por el camino de entrada arrastrando la valija sin poder ver el monte de eucaliptos vedado por la oscuridad e intuido por el sonido de las hojas atravesadas por el viento.
Las únicas dos luces enmarcando la puerta le dieron la bienvenida. Entró a la casa a oscuras con el silencio por delante. Con la tranquilidad de haber llegado sin inconvenientes comenzó a desembalar y a ordenar. Una sensación en el vientre la interrumpió.
La heladera estaba prácticamente vacía, apenas había unas rodajas de pan conservadas en el freezer y frascos de mermelada de manzanas y de higos que abrió con cierta desconfianza. Sacó la tostadora, puso agua en la pava y sació el hambre con un té con tostadas y dulce. Terminó de acomodar todo con el deseo de acostarse y descansar.
Encendió la luz del dormitorio, la cama estaba perfectamente tendida para dos. Se detuvo en el lado que da hacia la puerta, ese lado que ya no se abriría cada noche, ese lado vacío, un vacío que se acostó con ella, que la inundó en lágrimas y la ahogó en sollozos hasta que la oscuridad de una noche sin luna ni estrellas se apiadó de su alma y se la llevó con ella.
Saladillo, 02 de abril de 2025